El lunes 2 de agosto se realizó el primer debate para la “consulta ciudadana” a realizarse el sábado 21 de este mes, que definirá quién representará a la Unidad Constituyente en la próxima elección presidencial del 21 de noviembre. La consulta tendrá lugar casi un mes después de realizadas las primarias legales de la centroderecha y de la izquierda, que eligieron a Sebastián Sichel y a Gabriel Boric como sus representantes.

La Unidad Constituyente está integrada por cuatro agrupaciones principales: el Partido Socialista, el Partido Por la Democracia, la Democracia Cristiana y el Partido Radical. En la práctica, son fuerzas fundamentales que en su momento formaron la Concertación de Partidos Por la Democracia, cuyo proyecto y épica fundacional aparecen narradas con (legítimo) orgullo en las páginas de Patricio Aylwin, El reencuentro de los demócratas. Del golpe al triunfo del No (Santiago, Ediciones B, 1998) y de Ricardo Lagos, Mi vida. Gobernar para la democracia II (Santiago, Debate, 2020), dos de los líderes más importantes de la coalición y gobernantes de Chile en 1990-1994 y 2000-2006, respectivamente.

En la actualidad, respecto de la Concertación hay dos nociones contradictorias que están más o menos instaladas en distintos niveles de la sociedad chilena: la primera sostiene que se trata la coalición política más exitosa del último siglo, tanto a nivel político como económico-social; la segunda, que tiende a imponerse en el último tiempo, rechaza esa experiencia –“no son $30, son 30 años”– por su continuidad con el régimen económico “instalado por la dictadura” y por la pervivencia “legitimadora” de la Constitución de 1980. Curiosamente, no está de más decir que tanto la apreciación positiva como la negativa son dos caras de la misma medalla, y las percepciones subjetivas muchas veces responden menos a datos de la realidad que a convicciones doctrinarias o ideológicas. La discusión actual se basa en parte en esas discrepancias, también en la disputa por la hegemonía ideológica y cultural de la última década, así como en la situación de cambio de época que vive Chile desde hace algún tiempo. Todo eso juega en perjuicio de la Concertación y beneficia a las nuevas corrientes de la izquierda.

Quizá por lo mismo el tiempo actual se presenta como particularmente duro para la ex Concertación, coalición de centroizquierda que tuvo políticos de talento así como una poderosa tecnocracia, durante sus dos décadas en La Moneda. En su origen, además, había tenido previamente una profunda penetración social, que se notaba con su presencia triunfal en las federaciones estudiantiles más importantes del país, en diversos colegios profesionales y en la Central Unitaria de Trabajadores. Tenía presencia en cada región y sector de la sociedad, y durante la segunda mitad de la década de 1980 –como Alianza Democrática, Concertación de Partidos por el No o con su nombre definitivo– sus dirigentes llenaban teatros, hoteles e incluso estadios, en medio de la lucha por la democracia en la que estaban involucrados casi todos los sectores políticos de Chile. No es el momento de reconstruir esa historia ni tampoco de los veinte años de la Concertación, sino a partir de ahí analizar las perspectivas de su consulta ciudadana y de las elecciones presidenciales de fin de año.

Lo primero que se advierte en el proceso electoral de 2021 es que muestra que la Concertación tiene más historia que futuro, al menos con los datos acumulados en las últimas décadas, años y meses. Esa es, sin duda, una de las peores cosas que pueden ocurrir en la política, cuya actividad se trata de construir propuestas y liderazgos de futuro, y no vivir ni administrar las glorias del pasado. Llama la atención la pérdida de vitalidad de la coalición –actual Unidad Constituyente– de la cual algunos resultados electorales son solo un reflejo, como ocurrió el pasado 15 y 16 de mayo en los comicios para la Convención Constituyente. Sin embargo, la situación venía de antes, tuvo su primera expresión nacional el 2010, con la derrota de Eduardo Frei Ruiz-Tagle frente a Sebastián Piñera y se consolidó con la creación de la Nueva Mayoría, que incluyó al Partido Comunista en la nueva alianza política, en un claro cambio respecto de la historia concertacionista. Los resultados de los comicios de mayo fueron pobres, dejando al conglomerado en la irrelevancia o bien en la obligación de sumarse a los dictados de la izquierda o de llegar a algún acuerdo puntual con las derechas, pero sin capacidad de definición propia en la Convención Constituyente, uno de los procesos políticos más importantes del último medio siglo.

Lo segundo es el trabajo mal hecho, en diversos niveles: la preparación de las primarias y la consulta final son claras manifestaciones de ello. El proceso vivido por la DC, el PS, el PPD y el PR ha estado marcado por las contradicciones, la desorientación e incluso intentos de romper la coalición. Varios temas ilustran esta realidad, siendo el primero la falta de respeto por los procesos democráticos internos de los partidos, especialmente por sus primarias para elegir candidato presidencial. En el PPD triunfó Heraldo Muñoz y en la DC venció Ximena Rincón, con gran participación de los militantes: el primero se bajó por la unidad del bloque progresista, mientras la segunda fue eliminada de la competencia sin consideraciones a su trayectoria ni a su victoria, ciertamente con escasa camaradería. Es verdad que ambas candidaturas parecían inviables, pero lo mismo podría decirse de la postulación de la socialista Paula Narváez, impuesta tras la clara señal –“dedazo” le han llamado algunos– de la expresidenta Michelle Bachelet. Pero las elecciones, durante las campañas, no son carreras corridas, y una de las cosas que permiten las primarias es, precisamente, debatir, competir y cambiar las preferencias de los electores o ampliar el radio de acción de los candidatos.

Paula Narváez (PS), Carlos Maldonado (PR) y Yasna Provoste (DC) son los tres representantes para la consulta ciudadana de la Unidad Constituyente. Los tres tienen experiencia política y gubernativa: el Presidente del Partido Radical Carlos Maldonado fue ministro de Justicia de Michelle Bachelet (2007-2010) y antes había sido subsecretario General de Gobierno; Paula Nárvaez fue ministra secretaria general de Gobierno en el segundo gobierno de la presidenta Bachelet (2016-2018); finalmente, Yasna Provoste fue ministra del presidente Ricardo Lagos (en el Ministerio de Planificación y Desarrollo, luego Planificación) y fue una de las firmantes de la Constitución de 2005, y luego fue ministra de Educación también en el primer gobierno de Bachelet; además ha sido diputada y senadora, incluso actualmente preside la Cámara Alta. Por esa misma trayectoria, muestra de experiencia, se les ha criticado por ser políticos de antes, las mismas caras o de “la Concertación” –con evidente tono crítico–, por no ser figuras nuevas ni representar lo que teóricamente requiere el Chile de hoy.

Si la falta de respeto a la democracia interna y la improvisación y trabajo mal hecho son observaciones consistentes, no parece que la experiencia sea una nota en contra como si la juventud o renovación por sí misma representara un aporte sustantivo. Se podría decir, en otro plano, que tanto Narváez (Osorno) como Maldonado (Valparaíso) y Provoste (Vallenar) no son capitalinos e hicieron su enseñanza básica y media en regiones. En un Chile hipercentralista como el que tenemos esto podría valer poco, pero me parece que es un tema de gran relevancia que, por cierto, pueden encarnar otras candidaturas, en tanto la descentralización y el desarrollo integral del país deberían ser hace tiempo prioridades nacionales. El problema es otro: la Concertación dejó de ser una palabra políticamente rentable, y la Unidad Constituyente no es tan unitaria ni tiene tanto peso en el proceso que vive la sociedad en la redacción de la nueva carta fundamental.

En el plano práctico, hay tres problemas adicionales. El primero es programático y doctrinal: la ex Concertación se ha sumado en buena medida al diagnóstico y propuestas de la izquierda, y en ese plano Gabriel Boric encarna mejor la crítica a los 30 años y los cambios estructurales que los mismos actores de ayer. El segundo problema es numérico, de gran relevancia, considerando que fueron las encuestas las que elevaron a Yasna Provoste a la lista de presidenciables, esos mismos estudios de opinión le restan posibilidades a futuro –ciertamente también a Maldonado y a Narváez–, donde aparecen claramente despegados Boric y Sichel. Finalmente, hay un tema político crucial, que no se debe olvidar: cuando antes de las inscripciones para las primarias legales Paula Nárvaez estaba negociando con el Partido Comunista y también dentro de la Unidad Constituyente, no solo estaba evaluando dos caminos políticos, o “traicionando” a sus socios, sino que respondía a una corriente dentro del socialismo, que privilegiaba el regreso a las alianzas de la izquierda previas a 1973 –la fórmula de Allende de la unidad socialista/comunista– en vez de la gastada Concertación. Además, es probable que muchos de sus electores ya se hayan volcado a las primarias de Apruebo Dignidad, votando por Boric o Jadue. A esto se suma un hecho contra cíclico: la candidatura de Narváez surge cuando el Frente Amplio ha superado a las dos fuerzas tradicionales de la izquierda, los Partidos Comunista y Socialista, tanto en materia electoral como en cuanto proyecto político. Algo similar, con otras explicaciones, podría decirse de las demás candidaturas de Unidad Constituyente.

Con todo, la elección no está terminada, sino en pleno curso. Por ejemplo, podría ocurrir algo extraordinario el próximo sábado 21 de agosto, y que llegaran a votar más de un millón de personas, acercándose a los números de las dos grandes coaliciones del 18 de julio. O quizá el ganador de la consulta ciudadana podría obtener más de quinientos mil votos, demostrando un gran respaldo popular. Habrá que esperar. En tal caso, la Unidad Constituyente volvería a ser competitiva y a formar parte del escenario presidencial de fin de año, al que se deben sumar necesariamente las elecciones parlamentarias. Con todo, es difícil –si bien no imposible– que todo ello ocurra, por cuanto el viejo talento de la Concertación se ha ido desvaneciendo y se ha visto contradicho con los errores, torpezas e incoherencias del proceso vivido por sus partidos este 2021. El tiempo tendrá la respuesta.

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