El viernes 11 de marzo de 2022 marcará el inicio de un nuevo período para los chilenos. Para entonces se cumplirán 32 años desde el retorno de la democracia en 1990. En esa fecha –faltan poco más de siete meses para el cambio de mando que tendrá lugar ese día–, los jóvenes que votaron por primera vez en 1989 serán adultos cincuentones, y ya habrán sido testigos de la octava elección presidencial consecutiva en poco más de tres décadas de plena normalidad democrática.

Desde entonces sólo cinco presidentes, y no siete, han gobernado desde La Moneda. La razón de esto, cómo se sabe, es la reelección de Bachelet y Piñera en las dos últimas contiendas electorales. Al término del actual período presidencial ambos habrán dirigido los destinos del país durante 16 años, algo inusual en un régimen democrático presidencialista, justo en un tiempo en el que se han verificado profundos cambios en la sociedad.

Desde que se inició la alternancia entre Bachelet y Piñera, en 2006, ha pasado mucha agua bajo los puentes, más de lo que pensamos a primera vista. Fue este un periodo notoriamente más intenso que el que le antecedió. Aspectos trascendentales de la vida del país cambiaron significativamente. Cuando ese año la primera mujer chilena tomó las riendas del gobierno la sociedad chilena era tan distinta a la actual que nos costaría reconocernos en ella. El IPhone sería presentado por Steve Jobs recién el año siguiente –llevar una Blackberry era entonces la máxima expresión de modernidad –, mientras que las redes sociales tendrían que esperar un tiempo para que sus algoritmos explotaran nuestros sesgos cognitivos y alcanzaran la temible capacidad de influir decididamente en el curso de los acontecimientos.

Desde entonces, una pasmosa secuencia de eventos –terremoto 28-F, movimiento estudiantil, colusiones varias, caso Karadima, caso Caval, estallido social, terrorismo en La Araucanía y pandemia, entre otros–, ha sacudido al país hasta sus cimientos. Pero sorprendentemente, aunque golpeado y a punto de desmembrarse, Chile parece estar todavía de algún modo entero como para adentrarse por el sendero ignoto que fue acordado el 15 de noviembre de 2019 –ampliamente ratificado en octubre pasado –, para dotarse de un nuevo pacto social, que la República no ha transitado antes y que dará paso al nuevo ciclo cuyos destellos ya se avizoran.

Sería una sorpresa mayúscula que en la próxima elección presidencial los electores pusieran fin a la alternancia por la que hemos optado en perfecta cadencia, desde que Bachelet le entregara la banda presidencial a Piñera en 2010, y este se la devolviera cuatro años más tarde, repitiéndose la escena con los mismos actores por tercera vez en 2018. La interrupción de esa alternancia tiene ahora un solo nombre posible: Sichel. Su elección daría origen por primera vez en nuestra historia moderna a dos gobiernos de derecha consecutivos, una aspiración declarada durante los primeros meses del actual gobierno, pero que pareció cancelarse irremisiblemente después del 18-O, y más todavía con el contundente resultado del Apruebo en el plebiscito. Que una candidatura de derecha se haya vuelto de pronto competitiva no estuvo en los cálculos de nadie hasta que las primarias dieron un campanazo (por partida doble, además) y pusieron incertidumbre allí donde parecía todo atado y bien atado.

Pero incluso lo que sería del todo inesperado en la próxima elección presidencial –después de un gobierno con la baja aprobación del actual la alternancia en el poder es el resultado lógico–, el nuevo ciclo que inaugurará el país en 2022 no está en duda. Ese viernes 11 de marzo el nuevo gobernante, con altas probabilidades el más joven de nuestra historia, asumirá un mandato cómo ninguno que haya habido desde 1990, uno en el que a poco andar un plebiscito de salida seguramente dará forma a un país muy distinto al que nos tocó en suerte habitar hasta aquí. Será el primer gobierno del nuevo ciclo en el que Chile podría alcanzar el pleno desarrollo, la tarea más desafiante que enfrentará la elite política que ya está asumiendo sus funciones, o caer en la trampa de los países de ingreso medio de la que pocas naciones libran indemnes.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta