Las comisiones de la Convención Constituyente han estado particularmente activas y creativas este 2022. Esto les ha permitido presentar una serie de propuestas en los más diversos ámbitos, cuya característica más notoria es su marcado rupturismo con el sistema político y económico vigentes en Chile, que a muchos ha llamado la atención. Sin embargo, esto no sorprendería si se hubiera prestado más atención -y comprendido como tal- al proceso revolucionario que vive el país desde octubre de 2019, que devino luego en constituyente, cuyas manifestaciones vemos hoy a través de dichas propuestas de clara vocación transformadora.

Entre las ideas en marcha destacan la propuesta de nacionalizar el cobre y el litio; la voluntad de terminar con las concesiones de derechos de agua; el interés por fijar un nuevo marco al derecho a la educación; el rechazo a ciertas nociones de libertad económica y emprendimiento; la promoción de una cámara única a nivel parlamentario; nuevas normas e instituciones en materia judicial; indultos o amnistías a delincuentes y terroristas, a las que se suman otras de indudable relevancia. Como se ha afirmado tras la aparición de estas definiciones, solo se trata de resoluciones a nivel de comisiones y, para mayor seguridad, la Convención deberá aprobar cada uno de los artículos en el pleno, antes de transformarse realmente en una propuesta constituyente. Todo esto es verdad.

No obstante, el tema de fondo no es de carácter procesal, sino sustantivo; no se refiere al formato de las discusiones, sino al contenido de sus resoluciones. En la práctica, lo que está en juego no es solamente el proceso, sino el resultado de la revolución de octubre de 2019, en lo que podría considerarse la madre de todas las batallas: la nueva constitución. En ese plano las ideas mencionadas emergen con una fuerza inmensa y muestran la voluntad de cambio sin ambigüedades.

Con cierto buenismo, e incluso con argumentos sólidos de carácter histórico y constitucional, amplios sectores de la centroderecha y el propio gobierno de Sebastián Piñera se sumaron a la demanda por una nueva constitución. Por lo mismo, parecen no haber alcanzado a meditar que la revolución era contra ellos y contra la constitución vigente, que sostenía precisamente muchas ideas y principios valiosos para sus concepciones políticas. 

El ritmo de la actual revolución no es unidireccional ni estable. Tiene avances y retrocesos, éxitos y caídas, encuentra socios y compañeros de ruta, pero también adversarios. Sin embargo, el objetivo sigue siendo claro: se trata de cambiar el orden político y socioeconómico vigentes, para avanzar hacia una sociedad distinta. “Chile, que fue la cuna del neoliberalismo, será también su tumba”, fueron las palabras proféticas e indignadas del presidente electo Gabriel Boric a mediados de 2021. Por lo mismo, en estos análisis no debe haber equivocaciones ni medias tintas, pues para las izquierdas la Constitución de 1980 (o de 2005) sigue apareciendo como un obstáculo demasiado gravoso, que debe ser superado, no por su origen sino por su contenido. Por eso no bastan las reformas cosméticas, ni solo es relevante que sea una carta fundamental hecha en democracia: la verdadera medición estará en su capacidad efectiva de lograr cambios profundos.

Las comisiones -al proponer ideas que algunos descalifican como sesenteras o que pondrían en riesgo la economía nacional- son honestas en sus propuestas, coherentes con lo que las izquierdas han venido sosteniendo en las últimas dos décadas y los factores que gatillaron la revolución de octubre y su deriva constituyente. Adicionalmente, dichos sectores cuentan con una mayoría importante en la Convención, si bien no sabemos todavía si será decisiva o no, es decir, si lograrán los dos tercios necesarios. Sin perjuicio de ello, al menos están lejos de la irrelevancia de la centroderecha y de la antigua Concertación. Las izquierdas tienen ideas, votos y, lo que está siendo clave, muestran una clara determinación. ¿Será suficiente? Es muy temprano para saberlo, pero no cabe duda que el partido se está jugando con todo y se está tirando toda la carne a la parrilla.

No es posible saber todavía si eso será suficiente para consumar los cambios estructurales, considerando que muchas de las propuestas no solo atacan “la Constitución de Pinochet” o el “régimen neoliberal”, como dicen los críticos con decisión e indignación. También, de pasada, los cambios podrían barrer con muchos de los logros de la mejor etapa de la historia de Chile en términos socioeconómicos, levantada precisamente al amparo de reglas claras, estado de derecho, fomento de la iniciativa privada y respeto a la propiedad. Un periodo con logros importantes como la disminución de la pobreza y la miseria, la ampliación de las oportunidades educativas y un largo catálogo de éxitos que la mera indignación no puede borrar y la vorágine revolucionaria no pueden borrar.

¿Qué sucederá finalmente? No lo podemos saber. Solo conocemos parte del mecanismo, y tras las comisiones vendrá la propuesta final de la Convención: ahí será el pueblo el que dirá cómo y dónde termina la revolución y la constitución, al menos en esta fase de la historia. Y ese resultado permanece abierto, en medio de golpes que no son de ametralladoras, sino de una demolición constitucional y política de un sistema.

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