La primera semana de 2022 ha llamado especialmente la atención por la elección de presidente y vicepresidente de la Convención Constituyente. A muchos llamó la atención la demora en las votaciones, la falta de orden en las diferentes facciones de la izquierda, la incapacidad de tener acuerdos sólidos entre el Frente Amplio y el Partido Comunista, todo lo cual se convirtió en “un espectáculo” que fue evaluado negativamente por la ciudadanía.

Me parece advertir dos críticas repetidas respecto de la situación que se produjo en esa elección. La primera se refiere al suceso mismo, que se sumaría a otras acciones o casos que han contribuido al desprestigio de la Convención, que no ha necesitado de campañas ni acusaciones externas, sino simplemente de sus errores o actividades que muchas veces resultan grotescas y poco comprensibles para la ciudadanía. La segunda crítica es un poco más compleja, y advierte que Gabriel Boric queda mal parado en el tema de la gobernabilidad, considerando que las dos agrupaciones principales de Apruebo Dignidad –el Frente Amplio y el Partido Comunista– no fueron capaces de ponerse de acuerdo para elegir la mesa de la Convención, lo que permitiría anticipar problemas de conducción política para los próximos cuatro años.

Sin embargo, el problema va por otro lado. En primer lugar, porque la Convención no tiene un liderazgo claro o un partido mayoritario que pueda ordenar las filas, por lo que se transparentan las diferencias y emergen nuevas alianzas. En segundo lugar, porque en el gobierno sí habrá un líder reconocido y con legitimidad democrática –como será Gabriel Boric– de manera que en los conflictos y diferencias alguien tomará las decisiones, y será el propio Presidente de la República. ¿Habrá dificultades dentro de la coalición de gobierno? Por cierto, como ocurrió muchas veces con Michelle Bachelet o Sebastián Piñera, pero nada augura, todavía, una situación más grave o ingobernable hacia el futuro. Al menos en este plano.

Lo que sí ilustra la elección de la mesa de la Convención es una tradición de larga data en la izquierda chilena: el faccionalismo. Se trata de una extraordinaria capacidad de crear partidos y grupos, tendencias o facciones, representativas de tradiciones más o menos similares, pero siempre dispuestas a privilegiar alguna bandera, líder o ideología que las hace diferentes a las demás. Las izquierdas, por lo mismo, son creativas y manifiestan una gran iniciativa a la hora de hacer política, lo cual lleva a algunos a privilegiar las grandes tradiciones –socialista y comunista–; las nuevas tendencias, como ilustra la potente irrupción y éxitos del Frente Amplio (a sus vez integrado por varios partidos); unos son más rebeldes, ultras, trotskistas o comunistas revolucionarios; otros de izquierda cristiana, socialdemócratas o de algún otro grupo con mayor o menor relevancia.

Basta mirar las universidades, y especialmente las elecciones de las federaciones estudiantiles, para darse cuenta de la proliferación de estas diversas corrientes, partidos, movimientos y colectivos. Con una cuestión adicional de fondo: ante una centroderecha pequeña o inexistente y una concertación en extinción, la verdad es que la lucha en la Universidad de Chile, la Universidad de Santiago o la Universidad de Concepción –por mencionar tres ejemplos relevantes, entre muchos otros– se suele dar entre distintas alternativas de izquierda, que asumen la presidencia y los demás cargos directivos, después de encendidas campañas y trabajo territorial, en un verdadero proceso de formación política de larga duración.

De hecho esa y no otra fue la forma como se desarrolló el liderazgo Gabriel Boric en su primera etapa, mucho antes de llegar a la Presidencia de la República. Su victoria decisiva se produjo a fines del 2011, cuando derrotó a Camila Vallejo en la elección para presidir la FECH, en circunstancias que la líder comunista había sido una figura nacional clave en el año de las movilizaciones estudiantiles. El 2021, exactamente diez años después, Boric derrotó a Daniel Jadue en las primarias para elegir al candidato de Apruebo Dignidad, también desafiando las tendencias que daban mayores posibilidades de triunfo al alcalde comunista. Después, y solo después, llegó la tarea de enfrentar a la derecha en la elección presidencial, acontecimiento que produjo un efecto “mágico”, aunque previsible: se unieron todas las izquierdas, democráticas o no, sistémicas o no, jóvenes y maduras, militantes o independientes.

En los próximos años seguirán existiendo muchas izquierdas en Chile, y con certeza veremos divisiones más o menos frecuentes, de carácter personal o temática. Sin embargo, a la larga se produce una confluencia guiada por los cambios estructurales que todas promueven, cual más cual menos, y por una atávica oposición a la derecha. Para todo ello quizá pueden contar –en muchos ámbitos– con el benévolo apoyo de la Democracia Cristiana. Sin perjuicio de ello, esto no evitará los problemas de gobernabilidad, divisiones y posturas contradictorias que suelen existir en los gobiernos multipartidistas y que aspiran a tener mayorías. La unidad de criterios y la pureza doctrinal solo existe, cuando existe, en grupos muy pequeños, pues a medida que una agrupación crece también se manifiesta la diversidad de la sociedad.

Los gobiernos de izquierda enfrentaron numerosos problemas en el siglo XX, por distintas razones. Gabriel González Videla llegó con los comunistas al poder, pero luego se produjo la división e incluso la proscripción del PC. Salvador Allende tuvo problemas incontables con su propia coalición, la Unidad Popular, en la cual destacaba precisamente el Partido Comunista por su fidelidad al programa y a Allende, tantas veces dejado de lado por su propio Partido Socialista. Más que gobierno de Allende, terminó siendo de la Unidad Popular, con todos los costos que significaba depender de la unanimidad de los partidos. En tiempos revolucionarios, llovían las descalificaciones: “reformistas”, llamaba el MIR a quienes eran más moderados en el gobierno y al propio PC, en tanto los comunistas respondían con un apelativo leninista, condenando a los “ultraizquierdistas”.

Los tiempos actuales son menos ideológicos en ese sentido, pero igualmente fuertes en otros planos, como se advierte en el peso adquirido por las diferentes minorías. Las propuestas maximalistas tenderán a chocar con la realidad, al igual que ese voluntarismo que supone que los gobiernos de la Concertación o de Chile Vamos no hacían las cosas por traición, servicio a los empresarios o acuerdos cupulares. La vida práctica es más difícil, y se hace necesario tener los votos del Congreso –que tendrá una clara minoría para Apruebo Dignidad– y el talento político de los ministros y del propio presidente Boric. A ello se sumará el resultado de la Constitución, tanto la propuesta que emane de la Convención como el resultado del plebiscito de salida. Y, por cierto, está pendiente lo que pueda hacer la centroderecha, como única oposición vigente contra el gobierno que se inicia el próximo 11 de marzo: si bien fue derrotado, logró un 44% en la segunda vuelta, tiene la mitad del Senado y un gran apoyo en la Cámara. Queda pendiente su capacidad de lucha, organización y renovación generacional.

Es probable que tenga razón Jaime Bassa cuando señala que la elección de la presidenta y el vicepresidente de la Convención Constituyente muestran formas democráticas desconocidas en el siglo XX y que la misma transmisión televisada de las negociaciones haya sido una manifestación de transparencia. Puede ser. Sin embargo, lo que sí es seguro es que el proceso también transparentó la vigencia de múltiples izquierdas y de debates que seguirán vigentes en un Chile que cambia de época, pero que tiene algunas prácticas políticas muy arraigadas por décadas.

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