Si hay algo que ha definido a la política chilena tras la revolución de octubre de 2019 es la crítica abierta y lapidaria sobre los “30 años” desde el inicio de la democracia. Por cierto, se trata de un análisis político y, como tal, es discutible, y siempre se pueden encontrar argumentos en esa dirección, especialmente si se observan los vacíos, errores y limitaciones. Por lo mismo, el resultado cambiará si el análisis se centra en los importantes éxitos políticos y socioeconómicos del periodo, destacando los avances en diferentes áreas, al punto que hoy Chile es muy distinto al país pobre de mediados del siglo XX y de las décadas siguientes.

En cualquiera de los casos, hay un hecho político que tiene una gran relevancia histórica: la Concertación tuvo como ejes centrales de su proyecto a la Democracia Cristiana y Partido Socialista. En esta segunda “alma” del conglomerado sería conveniente ubicar también al PPD, que en términos generales se ubicó en el mundo de la socialdemocracia. Esa fórmula política se acabó, tras sufrir defecciones durante el proceso electoral de 2021, cuestión que se ha consolidado con el ingreso de los socialistas al gobierno de Gabriel Boric.

Hasta 1973 la tendencia habitual de la izquierda fue consolidar el eje entre el Partido Socialista y el Partido Comunista, primero a través del Frente de Acción Popular (FRAP) y luego de la Unidad Popular (UP). Para Salvador Allende, candidato presidencial de ambos conglomerados, el éxito de la revolución se basaba precisamente en la unidad entre socialistas y comunistas. Así fue hasta el 11 de septiembre de 1973.

Posteriormente, ambos partidos sufrieron el exilio, la cárcel y la represión, en tanto la Unidad Popular siguió existiendo como fuerza política, realizaba encuentros en el exterior y redactaba importantes documentos. Con el paso del tiempo las cosas fueron cambiando y el camino de socialistas y comunistas fue bifurcándose: mientras los primeros experimentaron un decisivo aprendizaje político y transitaron hacia la valoración de la democracia (occidental) y los derechos humanos, los segundos reafirmaron su credo bajo la órbita soviética y cubana, asumiendo la tesis de “todas las formas de lucha contra la dictadura”.

En el plano de las alianzas también existió un cambio histórico: los socialistas -en su amplia mayoría- optaron por unir fuerzas con la Democracia Cristiana, partido con el cual habían sido grandes adversarios bajo los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y de Salvador Allende. En la década de 1980 la lucha era “contra Pinochet” y había que enfrentarla unidos, para lo cual nació la Alianza Democrática, que tuvo entre sus principales líderes a Gabriel Valdés y a Ricardo Lagos. Con el paso del tiempo, ella daría vida a la Concertación de Partidos por el No (para el plebiscito de 1988) y la Concertación de Partidos por la Democracia. Esta última fue la que triunfó en las elecciones de 1989, con Patricio Aylwin a la cabeza, y dio cuatro gobiernos a Chile, sumando a Eduardo Frei Ruiz-Tagle, el mencionado Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. Dos del alma DC y dos de la socialista.

Debatir los méritos y limitaciones de esta fórmula deberá ser parte de un análisis más amplio y necesario. Fue un proyecto nacido con una vitalidad -incluso una épica- pocas veces vista, consolidado con éxitos indiscutibles, pero que se fue apagando, en medio de la falta de ideas, burocratismo y ausencia suicida de renovación generacional.

Este 2022, una noticia que no ha sido destacada como corresponde, es el quiebre final del proyecto histórico PS-DC. La integración de militantes socialistas al gobierno de Apruebo Dignidad -compuesto por el Frente Amplio y el Partido Comunista- representa a la vez una ruptura y una reivindicación. En el primer caso, por la mencionada muerte de la unión entre socialistas y demócrata cristianos; en el segundo, por la conformación de una nueva izquierda, tan amplia como la Unidad Popular, si bien distinta a ella.

A diferencia de Allende, Gabriel Boric obtuvo una amplia mayoría en las elecciones presidenciales, frente al carácter minoritario del histórico líder socialista; en materia parlamentaria, ambos gobiernos de izquierda contarán con una minoría. Ya veremos cómo avanza esta nueva experiencia. El tema más complejo es el que vive la Democracia Cristiana, partido con más historia que futuro, que ha perdido sus fuentes doctrinales y ha experimentado dolorosas derrotas electorales. Aunque izquierdizada, la DC aparece en el centro -entre la oposición de derechas y el gobierno de izquierdas-, minoritaria aunque eventualmente decisiva en los próximos años.

La ruptura del eje PS-DC es un acontecimiento clave en la historia política chilena de los últimos 40 años. Algunas de sus consecuencias ya se pueden percibir, las otras emergerán con fuerza en los tiempos que vendrán.

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