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Publicado el 08 de febrero, 2017

Viajar a dedo

Quizás, sin proponérselo, Javiera Blanco ha terminado haciéndole un favor al CDE y llegó el momento de que el mecanismo de frenos y contrapesos funcione también ahí.
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La costumbre de viajar “a dedo” está cada vez más en desuso, producto de diversos factores, como mayor acceso a automóviles, aplicaciones móviles que permiten conectar a quienes comparten una misma ruta y, por supuesto, la falta de seguridad. Sin embargo, en ciertos círculos sociales se nota cierta resistencia a abandonar esa forma de coordinación social. Es el caso del Gobierno de la Nueva Mayoría, que ha sufrido una fiebre de revival ochentero tras el nombramiento de Javiera Blanco como miembro del Consejo de Defensa del Estado (CDE), justamente, a dedo.

Son muchas las cosas que han indignado a la opinión pública a raíz de este episodio. Algunos han alegado la incapacidad de la actual administración para encontrar personas con “dedos para el piano”, pensando en el cargo que se va a ejercer, en vez de premiar la lealtad política. Otros han puesto el acento en el infortunio de haber nombrado a quien, como ministra, estuvo lejos de resolver problemas, como pasó con el Sename o Gendarmería. No hay precedente de otro miembro del CDE que, poco antes de asumir su cargo, haya sido interpelado por gran parte de la Cámara de Diputados por su mala gestión.

También se ha censurado el carácter casi inagotable del galardón, que le asegura a la jurista Blanco un exorbitante sueldo de al menos siete millones de pesos por 31 años. Y, por último, está el reproche al proceso de su investidura, que -como hemos dicho- fue totalmente a dedo y sin la participación de otros miembros del Estado.

Uno de los valores propios de la democracia moderna es la aceptación de la teoría de separación de poderes, inmortalizada por Montesquieu en El espíritu de las leyes. Lejos del absolutismo, Montesquieu sostenía que el Estado moderno debía estar conformado por órganos autónomos, pero con capacidad para supervigilarse mutuamente. De ahí que se hable de una interdependencia entre poderes, que se lleva a cabo a través de un “sistema de frenos y contrapesos”.

Estos frenos y contrapesos son los que llevan a que el Senado participe en distintos nombramientos que debe hacer el Ejecutivo, como sucede con los consejeros del Banco Central, que son elegidos por el Presidente, pero con acuerdo del Senado, por un período de 10 años.

La falta de frenos y contrapesos en el nombramiento de Javiera Blanco le ha hecho un flaco favor a la institucionalidad del CDE. Si en la designación de sus miembros interviniera el Senado, tal como en el Banco Central, no sólo se acabarían las nominaciones “a dedo” en dicho organismo, sino que además se conseguirían dos importantes beneficios.

Por un lado, el Senado funcionaría como filtro, para asegurar que los postulantes cuenten con los pergaminos y la expertise necesarios para el cargo. Hasta los economistas más acreditados deben presentarse ante el Senado antes de conseguir un asiento en el Consejo del Banco Central, luego no hay razón para que los mejores abogados de la plaza no hagan lo mismo. Además, la participación de este cuerpo político en la designación de los miembros del CDE puede ayudar a que se asegure la debida representación de las distintas sensibilidades políticas dentro del organismo, tal como sucede en el Banco Central. Acá hay que ser muy claros: no estamos hablando de cuoteo, que sería el resultante de asegurar un asiento para un determinado color político, sin importar quien lo ocupe. Al contrario, se trata de reconocer que en corporaciones como el Central o el CDE son importantes los equilibrios políticos, y que la única forma de conseguirlos es evitando que el Presidente de la República, sea quien sea, siga nominando a dedo.

Quizás, sin proponérselo, Javiera Blanco ha terminado haciéndole un favor al CDE. Tal vez llegó el momento de lograr que el mecanismo de frenos y contrapesos funcione también en esta entidad, lo que puede ayudar a atenuar un presidencialismo tan marcado como es el chileno. Estamos lejos de tener un Estado absolutista, de eso no cabe duda, pero de todas formas, nombramientos como el de Blanco nos recuerdan a Lord Acton, quien dijo alguna vez: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

 

Roberto Munita, abogado, magíster en Sociología y en Gestión Política, George Washington University

 

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