La relatividad de Einstein postula que el tiempo no transcurre para un móvil que se desplace a la velocidad de la luz. Teóricamente, el tiempo retrocedería a una mayor velocidad, aunque eso lo postula imposible. Con expectación y orgullo nos estamos enterando que un conjunto de convencionalistas extranjeros que viven en el territorio actual de Chile, capitaneados por un señor Atria, están preparados para un experimento que comprobaría que sí se puede superarse la velocidad de la luz y, consecuentemente, hacer que el tiempo retroceda. Tal es así, que han diseñado reglas constitucionales para que Chile vuelva al siglo XVI y se convierta en un choapino de territorios indígenas autóctonos, además de tener fronteras porosas e ignorables para todos hacia otras regiones del imperio colonial español. Y las dos reglas con que lo lograrían serían la de restaurar territorios indígenas de entonces y prohibirle al estado que discrimine el acceso de extranjeros al ex territorio nacional.  

Es de notar que no solo se contentan con hacer retroceder a la historia y al tiempo, sino que además resucitan culturas indígenas autóctonas que, como ya hemos demostrado en otras reflexiones, murieron decapitadas al chocar en el espacio y en el tiempo con una cultura mucho más evolucionada como era la Europea de principios del siglo XVI. De ese modo, no solo derrotarían al tiempo y a Einstein, sino que superarían ampliamente a Jesucristo que solo resucitó muertos recientes mientras que ellos resucitarían a varias culturas fallecidas hace más de cinco siglos. 

En verdad, y bromas aparte, jamás me habría imaginado que existen presuntos chilenos que no titubean en apoyar la destrucción de nuestra patria, porque es indudable que ésta desaparecería de aprobarse  las dos aberraciones que he señalado. No solo las han apoyado, sino que han facilitado que restos fósiles y todavía no mestizados de esos pueblos autóctonos, se conviertan en legisladores para el resto de nosotros los chilenos que hoy miramos a los ponchos de la Convención Constitucional dotados de una representatividad muy superior a la que se nos otorga a los que vivimos en el siglo XXI.

Vistas las cosas desde ese punto de vista, el plebiscito contemplado para el próximo mes de septiembre tendrá el valor de un censo que nos dirá cuántos chilenos en realidad existimos, puesto que quienes aprueben esas aberrantes cláusulas no pueden si no ser extranjeros y enemigos viviendo hoy dentro de nuestras fronteras. Y ello, porque no puede caber duda de que un país con fronteras porosas y vedadas de ser discriminadas eficazmente y, además, subdividido en varios territorios con derechos, administraciones y leyes distintas, no puede subsistir largo tiempo como tal.

El ignorar la historia de cinco siglos de laborioso mestizaje de varias etnias para conformar un solo pueblo, nos lleva a considerar a personajes hoy icónicos –como B. O’Higgins, Manuel Rodríguez, los Carrera y Arturo Prat, etc.– como inútiles fantoches que sacrificaron sus vidas para crear una nación que sus lejanos descendientes desprecian.  

Consideración aparte merece el resucitar a esos muertos culturales, porque varias de las etnias comprendidas provenían y formaban parte de territorios más allá de nuestras fronteras actuales, de modo que sería raro que permanecieran indiferentes al retroceso histórico que propone ese grupo de extranjeros viviendo en Chile.

En consecuencia, el sentido común y el más mínimo sentimiento nacional hacen imposible aprobar un texto que contiene la desintegración de Chile, y ello, aunque el resto de sus cláusulas no fueran tan deplorables como en realidad son. Lo más extraordinario de todo es que esa mayoría convencionalista que aprueba esas destructivas reglas constitucionales se dice progresista, cuando en realidad están batiendo un record de retrogradación. Ni siquiera se dan cuenta de que el resto fósil del pueblo mapuche ya le declaró la guerra a Chile, anticipando a lo que haría si se le reconociera territorio y fronteras propias.

En verdad, si no fuera porque han sido investidos con solemnidad y gozan de sueldos pagados por todos nosotros, yo estaría en la posición de estimarlos un lote de mentecatos guiados por un obtuso megalomaníaco con complejo de profeta. Por consideración a esa investidura, me limito a recordarles que todavía habemos chilenos suficientes como para hacer honor a esos versos que dicen “y no tiembla la espada en la mano defendiendo de Chile el honor”.

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