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Publicado el 15 de noviembre, 2018

Vanessa Kaiser: ¿Quo vadis, Bolsonaro?

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

La nueva distopía muestra un mundo que se ha derrumbado, despertando la necesidad de un líder que Weber tipificó como carismático. Este líder se caracteriza por un encanto personal. Su legitimidad no está dada por la tradición o debido a que sus seguidores le atribuyan conocimientos especiales, sino por la fe de que podrá reconstruir el mundo caído. Este tipo de liderazgo no suele encontrar cabida en sociedades con instituciones fuertes y culturas profundamente democráticas.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
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“Defecaban en las iglesias, gritaban ‘muerte al macho’ semidesnudas; en las escuelas los profesores obligaban a los niños a ponerse los vestidos de sus compañeras y viceversa. Empezaron a atacar a la familia y a promover, sin miramientos, la teoría de género. Y cuando te digo ‘sin miramientos’ me refiero a que no respetaron ninguna sensibilidad que no fuera la suya. Y a quien se manifestara en contra, le caían con todo el peso de las funas en redes. Yo se los advertí, les dije que iban a despertar a los conservadores. Pero ellos me respondieron que en Brasil el conservadurismo estaba liquidado, mientras se reían”. Así más o menos fue la historia que un académico brasilero nos relató a un grupo de colegas mientras le oíamos atónitos. Para explicarnos su visión del éxito de Bolsonaro, no hablaba de economía, tampoco ponía un énfasis desmedido en la corrupción, aunque tanto estos temas como los 60 mil homicidios que se cometen al año en Brasil subyacían a su relato.

 

A unos días de transcurrido el encuentro, algo en mi memoria exigía ser recordado: ¿dónde fue que leí una historia similar?, me preguntaba, mientras Gramsci extendía su sombra, siempre en pugna con mi propia racionalidad, que intenta depurarse de los fantasmas del “marxismo cultural” y prefiere dar espacio a una interpretación de la vida desde la imperfección humana. Y es que nadie que aprecie la libertad de las personas y respete su dignidad podría estar en contra de principios como la inclusión de las diversas formas de vida, su legitimidad e igual derecho a existir en una comunidad que no les discrimina y reconoce su condición de iguales ciudadanos. Del mismo modo sucede con la igualdad de género, que podemos entender como una forma de poner énfasis en el cumplimiento de la meritocracia y de la existencia de un estado de derecho ordenado por criterios de justicia equitativos entre hombres, mujeres y minorías diversas.

 

El respeto que merecen los principios de inclusión e igualdad no sólo se explica porque su violación genera una herida social de proporciones que luego se convierte en fácil instrumento de sectores políticos, cuyos miembros no trepidan en la manipulación del dolor ajeno para conseguir el poder. En la defensa de estos principios también se juegan los fundamentos de una forma democrática de convivencia. Me refiero a la igual libertad de sus ciudadanos para vivir conforme a sus preferencias y a la promesa implícita de que el esfuerzo individual, la especialización, los estudios y el conocimiento sustentan la emergencia de mercados más profundos, diversificados y estables. De ahí que las discriminaciones de género o aquellas que afectan a las minorías socaven las posibilidades mismas de los mercados, al tiempo que generan distorsiones importantes al excluir a una parte de los actores de la posibilidad de aportar desde sus talentos y capacidades. De ello se sigue que la discriminación es anti-mercado.

 

El problema se presenta cuando vemos que esta búsqueda permanente por mejorar la vida individual y común desde nuestra imperfección tan humana nos lleva de un mundo indeseable o “distopía” a otro. ¿Será porque nos tomamos demasiado en serio la idea weberiana de que en política, para lograr lo posible, se requiere de intentar lo imposible una y otra vez?

 

La pregunta planteada nos conduce a observar el fortalecimiento del conservadurismo y consecuente éxito de sus representantes desde otro foco. Éste encuentra sus orígenes en una constitución psicológica que nos habla de que quizás cometemos un error cuando, en lugar de mirar la realidad intentando lo posible, luchamos por lo imposible usando siempre las mismas herramientas. De ahí que cambiamos todo sin lograr una transformación real. Por dar un ejemplo, para zanjar el problema de la discriminación de las minorías, usamos el mismo despotismo que antes servía a su exclusión, pero ahora en favor de su inclusión sin reparar en las mayorías que silenciosas se retiran del acervo democrático y buscan refugio en los sectores conservadores.

 

Así es como la nueva distopía muestra un mundo que se ha derrumbado, despertando la necesidad de un líder que Weber tipificó como carismático. Era esa la lectura que mi memoria había estado tratando de recordar. Este líder se caracteriza por un encanto personal. Su legitimidad no está dada por la tradición o debido a que sus seguidores le atribuyan conocimientos especiales, sino por la fe de que podrá reconstruir el mundo caído. Este tipo de liderazgo no suele encontrar cabida en sociedades con instituciones fuertes y culturas profundamente democráticas.

 

¿Cuánto importan los atributos del líder carismático? Evaluémoslo en el marco de la distopía que le antecede. Una breve descripción nos muestra imágenes de las conductas impropias de las mujeres en las Iglesias, a los niños siendo parte de experimentos sociales y a una autoridad jerárquica que sólo ha cambiado su función: en lugar de distribuir privilegios, distribuye igualdades. Y lo hace de la misma forma despótica de antaño, pasando a llevar el derecho a la disidencia que se manifiesta en la libertad de expresión. Peor aún, lo hace negando la veracidad de la vida tradicional a la que las personas estaban habituadas. De ahí el alto valor que desde los despojos del viejo mundo se confiere a los atributos del líder carismático. ¿O es que usted no ha pensado en lo que le pasa a alguien que sabe poco sobre estos temas cuando le dicen que la heterosexualidad es modelo, un constructo, y que, muy probablemente, él mismo no sea más que su encarnación?

 

Dar mi propia respuesta me lleva a la cita que Hannah Arendt hace de un Churchill aún atontado tras la primera Guerra Mundial: “Casi nada, material o establecido que creí permanente y vital, ha durado. Todo lo que estaba seguro o me enseñaron que era imposible, ha sucedido”. En medio de tal descalabro no es raro que se abra el espacio a líderes carismáticos. Es el caso de Jair Bolsonaro, cuyo nombre de pila significa «Jehová ilumina». Tampoco extraña que los brasileros esperen su milagro: la vuelta al antiguo mundo. Sólo el futuro podrá decirnos si es que su nuevo Presidente logrará recomponer los lazos del mundo perdido o si terminará como aquél al que le preguntaran quo vadis, sacrificado en los aparatajes de la nueva distopía.

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