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Publicado el 02 de mayo, 2019

Vanessa Kaiser: Privilegiados

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

Nuestro país no se salva de la larga lista de democracias al servicio de políticos que, gracias a una “redistribución de privilegios”, se sitúan entre el 3% de mayores ingresos. El origen de dichos ingresos es el bolsillo de los ciudadanos.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
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En todos los países del mundo los políticos son parte del grupo de los ricos. Por dar un par de ejemplos, México tiene sumidas a más de 50 millones de personas en la pobreza, mientras paga casi US$18 mil de sueldo mensual a sus parlamentarios. Con un PIB per cápita de US$3.516, el sueldo de los parlamentarios en Kenia es de US$13.740 mensuales. Nuestro país no se salva de la larga lista de democracias al servicio de políticos que, gracias a una “redistribución de privilegios”, se sitúan entre el 3% de mayores ingresos. El origen de dichos ingresos es el bolsillo de los ciudadanos, donde mes a mes se guardan, en promedio, $518.000, de los cuales una parte sirve para costear los algo más de $9 millones de pesos mensuales (bruto) que les pagamos. O sea que, como en el mundo al revés, el que tiene menos paga al servidor público un sueldo doce veces mayor que el propio.

Gracias a tan generosos ingresos los parlamentarios, por el solo hecho de salir elegidos, pasan a formar parte de la cúspide piramidal que habitan los que han llegado a la cima producto de su esfuerzo personal y, en ocasiones, el de sus familias. Esta historia se repite con distintos matices en todas las democracias del planeta; basta darle una mirada a la mansión de Pablo Iglesias avaluada en 600 mil euros. Usted dirá que no sólo es un problema de las democracias -sucede en todo tipo de regímenes- y estará en lo cierto; la diferencia es que sólo en la democracia el político declara ser un servidor público. Y este es un aspecto fundamental puesto que sobre dicha declaración cimenta su legitimidad.

Ciertamente, todos sabemos que los políticos viven de la riqueza que producen otros, pero se nos olvida. A modo de recordatorio anda circulado en redes un meme que compara a un conocido empresario con uno de los íconos del FA. El recuadro muestra que mientras el empresario ha creado 43.820 puestos de trabajo, el político ha creado cero. Los mismos resultados se observan en la cantidad de dinero donada en filantropía, 3.570 millones versus cero y, naturalmente, se repite casi con la misma exactitud en el caso del pago de impuestos. Por último, mientras el empresario no tiene familiares apitutados en el Estado, el político ha conseguido pega para dos de sus cercanos. No viene al caso divulgar sus nombres, no sólo porque tendríamos que verificar la información, sino más bien debido a que no hace falta. Lo que aquí interesa es que el meme grafica la sensación que tienen muchos ciudadanos miembros de la mayoría silenciosa que ve en nuestros políticos a personas cuyos privilegios las ubican más cerca de la aristocracia decimonónica que del servicio público. Demos una mirada a sus privilegios sin olvidar que, en su mayoría, nuestros parlamentarios rasgan vestiduras mientras entonan el himno de la igualdad, al tiempo que se sirven de un espacio público que los desiguala en todo respecto de los demás ciudadanos.

El privilegio de los privilegiados consiste en recibir un sueldo asombrosamente líquido. Y digo que una se asombra de lo líquido que es, puesto que no les sirve para pagar ningún costo asociado al ejercicio de su labor.

Seguir con la revisión de las cuentas nos lleva al caso de los viáticos, que puede explicar parte del alto costo anual de cada senador, $374 millones, y cada diputado, $296 millones. Fíjese que, según la prensa, el año pasado entre marzo y octubre la cámara gastó $944 millones en viáticos. En una entrevista realizada por la radio Bío-Bío en diciembre pasado, Mario Venegas, segundo vicepresidente de la Cámara de Diputados, hizo una serie de curiosas declaraciones que sirven para comprender cómo se vive una situación de privilegio. Decimos que su situación es de privilegio porque a pesar de que su sueldo es extremadamente generoso, luego, ni una mínima fracción del mismo puede ser destinado a su labor parlamentaria. De ahí que, en la mente del diputado, el viático que promedia los $80 mil pesos diarios, se justifique, pues el privilegio de los privilegiados consiste en recibir un sueldo asombrosamente líquido. Y digo que una se asombra de lo líquido que es, puesto que no les sirve para pagar ningún costo asociado al ejercicio de su labor. Como si fuera poco, su sueldo es tan líquido que sus viáticos se multiplican mágicamente desde los $8.000 a $12.000 pesos promedio que reciben los ciudadanos normales hasta los casi $90.000 pesos diarios. La entrevista continúa y el periodista le recuerda al parlamentario que con tres viáticos está ganando el sueldo mínimo de un chileno: “Usted está completamente fuera de la realidad de este país”, le dice, al tiempo que le recuerda que con $230 mil pesos, podría arrendarse un departamento por el mes completo en Valparaíso. Ni qué decir cuando le propone que “una bancada puede arrendar departamentos de cuatro a cinco habitaciones…” En ese momento vemos que las incomodidades del colectivismo tan querido por ciertos sectores políticos no los ha seducido a la hora de legislar sus propias condiciones laborales. De forma muy honesta el parlamentario responde que “cada uno tiene derecho a su intimidad”.

El mercado exige para cualquier cargo de responsabilidad un examen psicológico y, en trabajos como ser piloto de una aerolínea, tests de drogas. ¿Por qué dirigir un país, distribuir los más de 50 billones de nuestro presupuesto anual, declarar guerras y facilitar o hacer imposibles las vidas de los ciudadanos requiere menos requisitos que volar un avión?

Y así sigue el diálogo con un periodista que le hace ver que muchos han comprado su segunda vivienda gracias al viático, e insiste en que los parlamentarios están fuera de la realidad. Y es que de su sueldo no tienen que pagar el teléfono, chofer, pasajes en avión ni el estacionamiento en el aeropuerto, el vale de bencina o el almuerzo. La tensión aumenta cuando el entrevistador le dice que es “pornográfico” que el viático de un día de un parlamentario sea equivalente a la pensión mensual de un abuelito. “Diputado, ustedes tienen una vida de lujo, tienen un sueldo que tiene el 3% de los chilenos…”, para terminar recordándole: “Usted está alojando con mi plata, señor”. La respuesta del parlamentario se ampara en la ley, esa misma que legislan ellos a su favor, exigiendo el respeto a una institucionalidad diseñada por ellos. Para empeorar las cosas, habla de no sé qué tipo de dignidad asociada a la calidad del alojamiento y justifica lo injustificable afirmando que en los países donde se paga poco a los políticos hay altos niveles de corrupción. ¿Amenaza velada o ignorancia supina? Quedémonos con la segunda; él no sabía que el vicepresidente de EE.UU. gana menos que nuestro flamante nuevo secretario del Senado, Raúl Guzmán, cuyo sueldo asciende a los $16 millones de pesos mensuales.

Pero no todo se trata del monto del sueldo ni del especial significado que “líquido” tiene para nuestros parlamentarios. A estos privilegios hay que sumar otros que constituyen un complejo cuadro de desigualdad laboral. Por ejemplo, las ausencias al trabajo. Si usted y yo faltamos sin justificación, nos despiden. Los privilegiados nunca ven sus puestos en peligro. Pero, además, el mercado exige para cualquier cargo de responsabilidad un examen psicológico y, en trabajos como ser piloto de una aerolínea, tests de drogas. ¿Por qué dirigir un país, distribuir los más de 50 billones de nuestro presupuesto anual, declarar guerras y facilitar o hacer imposibles las vidas de los ciudadanos requiere menos requisitos que volar un avión? No necesitamos leer “Der Totale Rausch”, donde se nos explica el nivel de locura y drogadicción de los nazis para saber que muchos de los lunáticos más sanguinarios de la historia reciente no hubieran llegado a sus cargos de haber habido las mismas exigencias de entrada a sus cargos que impone el mercado a quienes realizan trabajos de alto riesgo.

Finalmente, si a la desigualdad laboral sumamos el fuero parlamentario, que hoy tiene a Cristina Kirchner entre los aspirantes a la Casa Rosada en lugar de tras las rejas, hemos terminado por describir la lista de privilegios de los más desiguales entre los iguales que, en lugar de preocuparse por avanzar en los proyectos que sí cambian la vida a los más de un millón y medio de chilenos que viven en la pobreza, destinan su valioso tiempo a cambiarle el nombre a la Cámara Baja. Nadie puede decir que los simbolismos no importan, pero a partir del análisis aquí realizado vemos que claramente la desigualdad sí implica un problema: una pérdida total de la empatía que sirve para definir prioridades.

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