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Publicado el 22 diciembre, 2020

Vanessa Kaiser: Predicadores

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

¿Cuál es el origen de ese torrente que arrasa con toda posibilidad de volver a la sensatez mínima que demanda una práctica política al servicio de la ciudadanía?

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
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Se dijo que Chile despertó, que al fin la toma de conciencia del pueblo daba sus frutos y empujaba los destinos hacia un futuro más justo e inclusivo. Los predicadores reemplazaron a Dios por el Estado, el lugar del demonio lo ocupó el capitalismo y el podio de la Virgen, la igualdad. La nueva religión irrumpió violentamente desde un discurso hegemónico cuya fuerza parece incontenible. Cabe preguntar, ¿cuál es el origen de ese torrente que arrasa con toda posibilidad de volver a la sensatez mínima que demanda una práctica política al servicio de la ciudadanía?

Siguiendo nuestra analogía, en un marco religioso se diría que la intensidad proviene “del Espíritu Santo”, la voz que comunica la imagen de la buena nueva. Y qué duda cabe; en Chile el espíritu lo encarnan los medios de prensa y, especialmente, su sección de matinales. De ahí que cualquiera que haga su aparición en el escenario mañanero de las copuchas y problemáticas mundanas se insufla de una nueva vida que hipnotiza a millones de adeptos. Éstos repiten los cánticos escatológicos sin reflexionar sobre sus falsas promesas, enceguecidos por la luz de una esfera pública degradada por el triste espectáculo de la genuflexión practicada por los nuevos predicadores. Ellos, vestidos con el manto sagrado de la sensibilidad social, tejen las redes del colectivo que reemplaza a la otrora comunidad.

Los mesías de la nueva religión observan rigurosamente los principios de una religión fundada en la caída del cristiano original. Esta “caída” debe pensarse como aquella ruta que Jesús rechazara cuando el diablo lo tentó tres veces. En palabras de san Agustín, lo que rechazó el primer cristiano fue el ejercicio de aquel poder –cupiditas– que mueve a los humanos sedientos por dominar a su prójimo y ocupar el lugar de Dios desde la omnipresencia y omnisciencia estatal. De ahí que no importe mentir esparciendo a los cuatro vientos falsos milagros. El más famoso y fervorosamente aplaudido es aquél que explica cómo el déficit fiscal, la corrupción del aparato público, los efectos de la crisis provocada por la pandemia y el despilfarro de recursos, que dignificamos con el nombre de “políticas públicas”, se van a transformar en un nuevo Chile donde todos tendrán acceso a los mismos derechos universales y garantizados. Y como toda mentira encubre una verdad, lo que en este caso se oculta es que los recursos que el Estado repartirá vienen de los bolsillos de los mismos contribuyentes. Tampoco se dice que los niveles de desigualdad no mejoran porque los recursos que se extraen no se distribuyen, sino que son capturados por miembros de élites y burocracias políticas. Lo único que importa a los nuevos mesías es que la gente crea que, entre los humanos, hay algunos con el don de transformar las piedras en pan y “hosanna”, ya tienen los votos.

El problema es que, como reconoce con fervoroso placer el maléfico Inquisidor de la obra “Los hermanos Karamazov” (F. Dostoievski), cuando el pan es repartido por una entidad superior, cuyo fin es ejercer el poder sobre los individuos, se extingue la libertad y se impone el abuso como modo de vida. “Vengan cadenas, pero dadnos pan”, lloran los empobrecidos ciudadanos cuando se imponen el hambre y la miseria. Y es que el pan siempre escasea en los países donde campea la esclavitud. Es el hambre el que lleva a la segunda tentación. Desde milagros falsos y misterios creados para conservar sus privilegios, los predicadores dan cuenta de la existencia de un dios, un líder superior capaz de nutrir, ya no sólo los estómagos, sino el hambre de las almas. La imagen de los venezolanos, los argentinos, los cubanos y todos quienes carecen de libertad esperando que el dios Estado resuelva sus angustias, constituye la prueba empírica del éxito del tentador.

Lo que las dos tentaciones anteriores nos muestran de la naturaleza humana es su fragilidad frente a sí misma. En palabras del Inquisidor, estamos frente a un deseo irrefrenable por inclinarse ante un amo que se haga cargo de su libertad y les regale un motivo para vivir. Esta tentación, en el marco de la fe de la nueva extrema izquierda aliada con la derecha antiliberal, otorga a sus feligreses un nuevo significado a sus vidas a través de la lucha por avanzar un tipo de justicia social que siempre aumenta las injusticias. De modo que los nuevos predicadores, tras dar de comer piedras a quienes prometieron panes, logran despojarles del peso de tener que pensar y elegir entre el bien y el mal. Ellos son los que indican el camino de la pulcritud celestial usando los artilugios del misterio y los falsos milagros.

Finalmente, la tercera tentación ofrecida por satanás, “el poder y la gloria sobre todos los reinos del mundo” (que para los predicadores antiliberales es siempre la primera), consolida el infierno terrenal, los abusos y los principios de una justicia cuyo sínodo termina siendo la despiadada crueldad de los mismos mesías que, tentados por la tentación, prometieron un paraíso en la tierra.

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