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Publicado el 02 de junio, 2020

Vanessa Kaiser: Pobres y felices

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

El chileno que antes de octubre gozara de un país estable, con problemas y abusos, ¡qué duda cabe!, pero con libertad de movimiento y trabajo, libertad para rendir una prueba y entrar a la universidad, hoy encerrado por la pandemia, esperando ayuda estatal, hablando de “hambre”, es un espectro del ciudadano que fue.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma

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“¡A la hoguera!” es el grito gutural que exige la quema y el derrumbe de las instituciones en que se han sostenido las últimas tres décadas de democracia, período de nuestra historia que cuenta con los mayores logros en estabilidad, superación de la pobreza, disminución de la desigualdad y mejoras sustantivas en calidad de vida. En la hoguera arderá la Constitución reduciendo los derechos ciudadanos a una hoja en blanco. Hecho cenizas quedará el modelo y su principio fundante según el cual la relación Estado-mercado responde a “una fórmula coherente e integrada de cómo lograr una economía descentralizada que permita utilizar los recursos con que cuenta el país a su máximo nivel de eficiencia, para alcanzar así tasas aceleradas de desarrollo que permitan no sólo elevar la condición media de vida de los chilenos, sino también erradicar del país las condiciones de extrema miseria en que vive un sector importante de la población” (El Ladrillo; CEP, 2002).

Arrasar con las AFP nacionalizando (¿expropiando?) los fondos de los trabajadores. Destruir los incentivos para la inversión con un impuesto al patrimonio que ha fracasado en todos los países del mundo. Importar delincuencia y pobreza, sin ninguna ley que ponga razonabilidad a los procesos de inmigración y establezca condiciones básicas de vida buena para quienes buscan oportunidades en nuestro país. Transformar la educación en adoctrinamiento y a los estudiantes en agitadores sociales. Desmantelar el Estado de Derecho, promoviendo la discriminación positiva de minorías, dejando libres a terroristas e incendiarios. A ello se suma el estrepitoso quiebre del principio democrático <<una persona un voto>> que resulta de imponer una quimérica igualdad de resultados en la elección de los constituyentes, basada únicamente en el criterio hombre/mujer. ¿Y qué pasa si a usted o a mí como mujer nos representa mejor un hombre?

Nada de eso importa en este nuevo Chile que se hunde bajo el peso de proyectos de ley más propios de una institucionalidad autoritaria, en cuyo marco las élites aumentan su poder y las personas de a pie experimentan la merma de una ciudadanía cada vez más escuálida en sus derechos a una vida en paz, a disfrutar el fruto de sus esfuerzos y a gozar de aquella igualdad cívica que el fascismo asambleísta ha logrado destruir. El chileno que antes de octubre gozara de un país estable, con problemas y abusos, ¡qué duda cabe!, pero con libertad de movimiento y trabajo, libertad para rendir una prueba y entrar a la universidad (aunque fueran ya muy pocas las instituciones donde estudiar y desarrollar el pensamiento propio); hoy encerrado por la pandemia, esperando ayuda estatal, hablando de “hambre” -palabra olvidada frente a la verborreica desigualdad-, es un espectro del ciudadano que fue. No sólo se ha atentado sistemáticamente en contra de sus libertades con un Estado permisivo que, junto con incumplir su rol principal cual es el resguardo del orden público, ha seguido cobrando impuestos, aunque pocos sean los sectores de la economía que pueden funcionar. Además, nuestros congresistas sin vergüenza por aparecer desnudos de un mínimo de legitimidad, se dan el lujo de promover proyectos que asfixian las pocas libertades que nos quedan. Basta detenerse en la iniciativa “Fake News” impulsada por los diputados UDI Álvaro Carter y Nino Baltolu, para que se castigue al ciudadano común con cinco años de cárcel si publica o retwittea una noticia considerada fake por alguno de los jueces de la República que hoy deja libres a sicarios y terroristas de primera línea. Así, paso a paso, en medio de una fiesta tribal que destruye los cimientos del éxito de tres décadas de democracia, avanzamos inexorablemente hacia esos años ya pasados en que nos gobernaba el autoritarismo. ¿De qué estoy hablando?

El simple sentido común vincula el autoritarismo a una merma significativa de la democracia y, en el extremo, a la desaparición de aquellos procesos que por vía dialogante, mayoritaria y pacífica conducen al recambio de las autoridades y a la toma de decisiones legislativas que resultan de demandas ciudadanas. Para evaluar nuestra regresión autoritaria basta retroceder en el tiempo y ampliar nuestra perspectiva.

El caso es que en las últimas elecciones la mayoría no apoyó al candidato que llevaba en su programa la redacción de una nueva Carta Magna, sino a aquél que prometía profundizar en los aspectos del modelo económico a la base del bienestar mermado en el gobierno anterior por las políticas de la retroexcavadora. Así, el elegido con más votos desde el retorno de la democracia no fue «El Presidente de la Gente», sino quien representaba la opción de recuperar el impulso para volver a los «Tiempos mejores». Creo que es importante recordarlo para que no confundamos la salida institucional a una crisis que sólo encontró contención en la pandemia con la voluntad democrática de los ciudadanos. En este sentido el Acuerdo por la Paz fue un completo fracaso, pues no logró el restablecimiento del orden público. ¿No es ello una muestra de su escasa legitimidad?

El punto es que, a nivel institucional, la realización del plebiscito y el comienzo del proceso constituyente no son resultado de dinámicas democráticas bottom-up (demanda ciudadana y respuesta política), sino top-down (demanda política y respuesta ciudadana). Esta última forma de ejercer el poder que contempla reducir a cenizas el Chile que fue sí puede ser considerada como una regresión autoritaria, sobre todo cuando contraría la decisión mayoritaria de chilenos que en las últimas elecciones se manifestaron a favor del modelo y de nuestro ordenamiento institucional.

Quizás el exceso de los abusos, la merma en el cumplimiento de las expectativas en torno a una mejora de la calidad de vida producto del bajo crecimiento que producen, sin excepciones, las políticas socialistas y la total falta de respeto de parte de nuestros representantes, a quienes poco o nada afectan las mismas leyes que legislan, haya producido lo que Max Weber llamó una “crisis de legitimidad”. En este contexto tendría sentido un cambio de símbolos y el nacimiento de un nuevo mito que sirva a la cohesión social. Sin embargo, será triste si a partir de ellos se establecen condiciones autoritarias dictadas por minorías violentas e influencias de la narcopolítica. Peor aún si abraza la nueva consigna de quienes viven en las nubes: “más pobres, pero más felices”. Y es que en la pobreza sólo acampa la violencia, el abuso de poder de quienes manejan los escasos recursos con que manipulan a los más vulnerables, la angustia por un mañana con el estómago vacío y el clientelismo populista de quienes, por su trastornado espíritu mesiánico, abrazan una fe torcida según la cual, para millones de hambrientos y desvalidos, el pan que reciben en la forma de dádivas estatales bien vale su libertad. Dostoievski expresa su fórmula por boca del Inquisidor: “Vengan cadenas, pero dadnos pan”; todos más pobres, más iguales y … ¿más felices?

Dicen que hay un tipo de vida que es peor que la muerte… si ese es el rumbo que terminan por imponer los mezquinos intereses de nuestras élites gobernantes, entonces el nacimiento del “nuevo Chile” no será más que el origen de nuestra futura tragedia.

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