Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 01 de septiembre, 2019

Vanessa Kaiser: Pan y circo

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

Sobre la base de la reducción de las personas a la condición de víctimas hasta el ridículo y el absurdo, claramente no se puede construir la sociedad del mañana ni esperar una renovación de la democracia que anhelaba no sólo Maritain, sino, probablemente la gran mayoría de aquellos que la amamos.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Circula por redes la intervención del diputado Raúl Florcita Alarcón en la discusión de las modificaciones a la fracasada reforma tributaria del gobierno pasado. Se trata de una especie de canto desafinado que parece querer transmitir un mensaje de unidad entre los bandos opuestos. Las reacciones van desde la risa a la vergüenza; del malestar a cierta compasión extraña porque a nuestro representante “nadie lo entiende”. También hay quienes celebran el tragicómico episodio; son los que detestan la democracia precisamente por ser un tipo de industria del entertainment cuyos dirigentes manipulan al público sin asco.

Este no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de los regímenes democráticos. Ya en la antigua Roma el poeta Juvenal acuñó la frase panem et circenses («pan y juegos del circo») para apuntar al olvido del pueblo romano de su derecho a involucrarse en política. Incluso se dice que en 140 a.C los políticos romanos cayeron en la cuenta de que el entretenimiento explica parte sustancial del apoyo de los votantes. ¿Podría ser ésta la convicción que subyace el modo en que Florcita Motuda enfrenta las discusiones parlamentarias? Si así fuese, nuestro diputado sólo perdería el crédito que le otorga cierta pretendida inocencia, pero seguiría siendo atractivo para muchos por transformar una sala destinada a discusiones técnicas e ideológicas en el escenario de cánticos que torturan a los oyentes. (Incluso hay quienes confiesan experimentar cierto placer; pues de alguna manera, el cantante sí representa a quienes por su animadversión hacia el mundo parlamentario disfrutan viendo su decadencia.)

Más allá de lo anecdótico cabe reconocer que, en el formato Motuda’s entertainment, si hubiese segundas intenciones, éstas serían inofensivas y podrían sintetizarse en la construcción de una identidad que lo acerca más al patito feo del gallinero que al lobo de la Caperucita. Y puede ser que su estrategia no sea tan descabellada. De hecho, si lo comparamos con las actividades circenses de sus correligionarios, podríamos -desde la óptica del mal menor- terminar votando por el cantante. Revisemos dos ejemplos, representativos, que llaman la atención por varios motivos oscuros, entre los cuales observamos una manipulación descarada, sólo explicable a partir de la conciencia de que el público responde principalmente a estímulos emocionales vinculados a ciertos sentidos comunes previamente instalados en su imaginario, como el clásico “los ricos son malos y los pobres son víctimas”.

El primer caso sucedió a principios de abril de este año cuando los senadores Carmen Gloria Aravena y Francisco Chahuán acuñaron un nuevo tipo de dignidad: la <dignidad del consumidor>, vulnerada por los dueños de un pérfido comercio que ya no entrega bolsas y que a juicio de Chahuán están “ahorrando a costa de los consumidores” y aprovechando la ley para beneficiarse. Lo que en su amplia y profunda perspectiva de la dignidad humana podría reparar el daño a la población es la entrega de una bolsa biodegradable por parte de los supermercados.

Cuando escuché sobre el proyecto de los senadores tuve un shock: ¡¿La dignidad humana depende del número de bolsas que recibimos gratuitamente en el supermercado?! No puede ser verdad; o sea, al menos en el caso del senador Chahuán, las bases de su doctrina política se asientan en pensadores como Jacques Maritain, quien decía que la dignidad humana se fundaba en el hecho de que la “la persona es lo más noble y lo más perfecto en toda la naturaleza” y en que sólo ella “es libre”. Cambiar una concepción de tamaño significado por los gramos de plástico que recibimos de regalo para transportar nuestras compras es una decisión difícil de digerir.

Pasar, como lo hizo Chahuán, de una distinción metafísica entre individualidad y personalidad -fundamento de “una filosofía social que se edifica sobre la dignidad de la persona humana” (Maritain)- al brutal reduccionismo que implica hablar de dignidad que depende de si nos quitan o nos dan bolsas plásticas, puede mostrarnos una falta de preparación doctrinaria que cuesta explicar. El problema es que ese no es el “problema”. Lo que hay tras este tipo de ejercicio legislativo circense es el mal de las polillas, que impele a buscar la luz de las cámaras de modo compulsivo. Y éstas siempre se dirigen hacia aquellos que parlamentan despertando el interés de la gente desde un entertainment algo menos cruel que la voracidad de los leones del circo romano.

En su versión moderna el elemento central también son las víctimas, en este caso los consumidores cuya dignidad ha sido atropellada. Usted me dirá que nadie se compra ese cuento. Pues fíjese que cuando salió la noticia hice el ejercicio de repetir a varias personas, sin mayor preparación intelectual, los argumentos de ambos senadores como si yo misma estuviese de acuerdo. Al principio no lo podía creer; a quien le dijera que su dignidad humana había sido vulnerada, no sólo me encontraba la razón, sino que terminaba despotricando en contra de los ricos que siempre se aprovechan de los pobres. No importaba que ellos no hubiesen tenido nada que ver con la promulgación de la ley o que hayan surtido a los consumidores chilenos durante décadas con bolsas gratis. Tampoco aparecían los grupos ecologistas como los responsables. Los malos eran los ricos y ellos, las víctimas.

El segundo caso de entertainment político circense lo encontramos en el argumento del diputado Renato Garín frente a la presencia de Uber en nuestro país. Desde la perspectiva del parlamentario: “Uber es una corporación que busca obtener el mayor beneficio posible de sus trabajadores, a los que llama «socios». Tiene a trabajadores precarizados en el autoempleo y se lleva el dinero fuera de Chile sin pagar impuestos. En parte, en esto radica la importancia de la Ley Uber.”

El diputado Garín es un hombre inteligente; sabe que el mercado funciona y que Uber sirve hoy de sustento a más de cien mil familias. También está enterado de que, en una ciudad de las dimensiones de Santiago con los problemas que presenta el fracasado transporte público, Uber presta un servicio indispensable que ayuda a la generación de riqueza al bajar los costos en tiempo y dinero. ¡Para qué mencionar el argumento de que se lleva la plata al extranjero! Todas las empresas multinacionales lo hacen, los inmigrantes lo hacen y la diversificación de carteras de inversión lo exige. Además, Garín no puede ignorar que cada producto o servicio que nuestra economía importa implica sacar dinero del país. Pero el diputado no lo explica; tampoco le dice a la gente que Uber tiene costos asociados a la creación de su plataforma y al sinnúmero de seguros que entrega a sus socios -trabajadores y usuarios en caso de accidente, incapacidad y muerte. En lo que respecta a los impuestos, el diputado sabe perfectamente que apenas salga la ley que, digámoslo con todas sus letras, atenta en contra de la libertad de los agentes económicos, quienes pagaremos los impuestos somos los usuarios, no la empresa. Pero eso no le importa al diputado. Lo importante es que ha logrado instalar la idea de que Uber es pérfida e hipócrita: la empresa le dice a sus “trabajadores precarizados” que son “socios” y se lleva la plata del país.

Con esta estrategia, el público del circo queda convencido de que algo se debe hacer; el Estado debe intervenir. No ve la riqueza, ni los empleos o la mejor calidad de vida que provee Uber; tampoco cuestiona los dichos del diputado, de cuya lógica se sigue que ninguna empresa debiera sacar la plata del país (además de obviar que lo que ganan los conductores de Uber se gasta en el mercado interno). Aliviados aplauden el orden que ponen nuestros representantes a los crueles actores del mercado. No les importa que gracias a dicho orden el mercado esté capturado por grupos de privilegiados que asfixian la libertad económica como los taxistas.

Esta situación es preocupante. No sólo porque de tanto circo terminamos quedándonos sin pan sino, además, porque sobre la base de la reducción de las personas a la condición de víctimas hasta el ridículo y el absurdo, claramente no se puede construir la sociedad del mañana ni esperar una renovación de la democracia que anhelaba no sólo Maritain, sino, probablemente la gran mayoría de aquellos que la amamos. En este contexto qué duda cabe, es preferible el cuento del patito feo. De ahí que yo apuesto por la reelección de nuestro <cantautor legislativo>.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más