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Publicado el 07 de febrero, 2019

Vanessa Kaiser: «No vote al pedo…»

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

Sí, no se preocupe; estoy consciente que el título de esta columna parece un arranque insolente y vulgar. Pero, como usted ya sabrá, no todo es lo que parece, y en ocasiones algo de humor es recomendable.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
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“No vote al pedo, vote Olmedo” es el lema con que el diputado nacional por la provincia de Salta Alfredo Olmedo ganó las elecciones para el período 2009-2013, cargo que ocupa en la actualidad tras haber sido reelecto en 2015. Este empresario argentino, que otrora se identificara como el “Steve Jobs de la soja”, es una mezcla destilada de Trump y Bolsonaro. De tendencia conservadora cristiana, afirma que su único líder es Dios y su identificación política es la de ser, ante todo, argentino. En su caso, como sucediera en Chile con Ibáñez del Campo (1952) -cuya promesa fue barrer con los políticos-, el enemigo es la clase política. La esencia de su lucha puede sintetizarse en la siguiente declaración: “La pobreza está generada por el sector político a propósito. Es el éxito de la política, porque cuanto más pobre es la sociedad, más depende del Estado”.

Para cualquier interesado en este tipo de asuntos resulta al menos sorprendente que en las próximas elecciones, a efectuarse en octubre de este año, los ciudadanos argentinos puedan elegir a un candidato que postula la castración de los violadores mientras, al más puro estilo Trump, plantea la necesidad de construir un muro en la frontera con Bolivia. ¿De dónde surge este personaje? ¿Es simplemente una copia de sus correligionarios brasilero y argentino?

De marioneta o imitador barato Olmedo tiene poco o, más bien, nada. Al mismo tiempo que Bolsonaro impulsaba proyectos de castración para los violadores, él hacía lo suyo en el parlamento argentino. Desde siempre se ha planteado en contra de lo que llama “ideología de género” y a favor del férreo control de la inmigración. Así, este diputado nacional parece venir de la misma familia o, al menos, haberse alimentado con los mismos nutrientes que los electos Trump y Bolsonaro. ¿Cómo explicar tamaña coincidencia?

La pregunta que queda en el aire y termina por justificar el título escogido es si, votando por Olmedo, los argentinos harán una inversión o si, una vez más, estarán votando “al pedo”.

Desde la teoría podemos citar a Kurt Weyland. En su libro Bounded Rationality and Policy Diffusion (2006) nos habla de paradigmas políticos que viajan entre distintos actores. Una vez el paradigma se ha instalado en los puntos neurálgicos del sistema de pensamiento -es decir, en los tomadores de decisión e instituciones- comienza un proceso a través del cual se da excesiva importancia a ciertos principios normativos, en este caso, a la demanda por una protección de los valores tradicionales que podemos resumir en cuatros ejes: trabajo, seguridad, familia e identidad del Estado-nación. La responsable del triunfo de un paradigma es una mezcla entre el éxito de otros actores que lo promueven con el poder de persuasión que ejerce sobre los tomadores de decisiones.

Pero también podemos saltarnos las explicaciones teóricas y observar que, efectivamente, la corrupción es un mal cuyas víctimas no salen a las calles, pero sí votan y, hoy por hoy, una parte importante está dispuesta a hacerlo por quien, como Olmedo, les diga que hay que reducir los ministerios a cuatro: Educación, Salud, Economía y Seguridad. Y es que, desde su perspectiva, toda creación de ministerios y secretarías (etc.) resuelve los problemas de los políticos, no de la gente, pues lo que se hace es asegurar partidarios que trabajan como operadores, clientelizando a votantes con el dinero de las arcas fiscales. El broche de oro de su campaña es la propuesta de que los parlamentarios trabajen ad honorem en vistas a que, según declara, tuvieron sólo 11 días laborales el año pasado y debiese “ser un honor servir al pueblo”. En suma, tiene los ingredientes de un candidato que detenta un alto poder de seducción dado el contexto trasandino donde los incendios por escándalos políticos de toda índole llevan mucho tiempo fuera de control.

¿Se imagina que tuviésemos una plataforma para, ya sea votar directamente o elegir a nuestro representante en cada uno de los temas que se esté legislando?

La pregunta que queda en el aire y termina por justificar el título escogido es si, votando por Olmedo, los argentinos harán una inversión o si, una vez más, estarán votando “al pedo”. Imposible saberlo, pero la imagen de un ejército de castradores estatales y reclutadores de vagos, la “dignificación de las Fuerzas Armadas” y otras ideas de esa índole no presentan un cuadro muy feliz. Nada nuevo bajo el sol de una historia que nos muestra que, cuando la democracia enferma, siempre son la tristeza, el dolor y la violencia quienes empuñan la brocha que pinta los destinos de los ciudadanos. En el contexto actual, los colores que preponderan son el de la pérdida de derechos civiles y de dignidad humana que comportan las malas acciones y el de una promesa de cambio sustentada en medidas tan radicales que alimenta el fantasma de un quiebre institucional.

Cabe preguntar si existe otro camino; alguna ruta nueva que nos aleje de las polarizaciones propias de las élites y devuelva el poder a los ciudadanos. De todas las propuestas que he oído, la única que parece deseable, aunque posible en el largo plazo, es la de la “democracia líquida”. Para explicarnos en qué consiste estuvo en Chile Thomas Malone, profesor en la MIT Sloan School of Management, a mediados de enero. Invitado por Fundación Tribu en el contexto del Segundo Seminario Democracia 50, Malone expuso el argumento central de su libro Superminds (2018). En él nos habla acerca de los beneficios y posibilidades que ofrecen los avances tecnológicos en diversas dimensiones de la vida; una de ellas, la política.

¿Se imagina que tuviésemos una plataforma para, ya sea votar directamente o elegir a nuestro representante en cada uno de los temas que se esté legislando? El modelo contempla incluso la posibilidad de retirar nuestro apoyo en caso de incumplimiento del mandato o malas prácticas. Asimismo, es posible postularse para representar a otros en los temas de discusión legislativa. O sea que podríamos tener a los entendidos hablando sobre lo que saben, lo que nos ahorraría sacos de plata hoy destinada a asesores y pondría un límite a una clase de la que los ciudadanos están cansados. Además, el proceso de selección mejoraría considerablemente, consolidando el principio de representación, la transparencia y la ciudadanía participativa que resuelve “esos problemas de desigualdad” de los que no se habla, porque implica repartir el poder político y “nadie” quiere eso.

Bajo el paradigma de la democracia líquida, sí recuperamos el valor del voto.

Un mundo político configurado según el paradigma de la democracia líquida integra el conocimiento general que caracteriza a la inteligencia humana con el conocimiento específico de la inteligencia artificial. Malone piensa en grupos de individuos estrechamente relacionados a través de las plataformas, trabajando juntos e integrando las posibilidades que ofrece la tecnología. Esta me parece una experiencia deseable, nueva y posible; donde el actuar inteligente surge de la integración y se manifiesta en cuatro etapas clave del desarrollo de una política pública: observancia de las condiciones existentes para su implementación, evaluación de todas las opciones, toma de decisión conjunta y aprendizaje sobre la experiencia. La plataforma no sólo registra cada paso de la toma de decisiones política. Además, provee de la información necesaria para que éstos se realicen de manera óptima considerando el contexto en que se aplican, sin mencionar que constituye una base de datos que luego sirve a la resolución de problemas similares. Una buena noticia para los cientistas políticos ¡Al fin alguien dio con la llave que abre la caja negra de David Easton! Y un maravilloso horizonte de vida común para las nuevas generaciones… pues, bajo este paradigma, sí recuperamos el valor del voto.

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