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Publicado el 5 enero, 2021

Vanessa Kaiser: La otra polarización

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

Cuando el ex ministro Enrique Correa dice que en Chile no existe complacencia con los violentos, pues los actores políticos participan y legitiman el sistema atribuyendo el desborde de las acciones violentas al fracaso de las policías, da muestras de la ya clásica polarización moderna entre realistas y buenistas. En otras palabras, la polarización se produce entre un grupo que evade la realidad y otro que la enfrenta.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
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“No hay fuerzas antisistema”, dijo Enrique Correa en una entrevista el domingo pasado, donde explicó el giro del FA hacia la izquierda más extrema, además de defender el derecho del PC a decir lo que quiera en vistas a que es un partido legal. Llama la atención que no haya relacionado a quienes promueven la violencia política con los actos que dieron origen al proceso constituyente. Y es que, cuando intenta explicarlos, habla de “una violencia que no nos invadió por complacencia, sino porque sobrepasó a la policía.” ¿Cómo entender las declaraciones del ex ministro?

Cuando Correa dice que en Chile no existe complacencia con los violentos, pues los actores políticos participan y legitiman el sistema atribuyendo el desborde de las acciones violentas al fracaso de las policías, da muestras de la ya clásica polarización moderna entre realistas y buenistas. Mientras los primeros tienen el coraje de mirar el caos y diagnosticar la crisis, los segundos encubren los hechos con una especie de manto de moralina que los invisibiliza. En otras palabras, la polarización se produce entre un grupo que evade la realidad y otro que la enfrenta. Su relación presenta algunas características claramente identificables en los casos de crisis políticas observadas durante el siglo XX, cuando las masas se incorporaron a la esfera pública y surgieron los proyectos totalitarios. Revisemos las más sobresalientes.

La evasión hacia la intimidad, una vida dedicada a la mera satisfacción de intereses personales y la adhesión irrestricta al buenismo son rasgos propios del hombre-masa que en las democracias modernas es siempre mayoritario. Por tanto, su relación con los realistas es asimétrica y es la regla de “los más” la que se impone como parámetro de normalidad. O sea que los buenistas tienen mayor peso en el marco democrático, donde las decisiones se dirimen por votación mayoritaria. Martin Luther King los identificó claramente al afirmar que lo “preocupante no es la perversidad de los malvados, sino la indiferencia de los buenos.” Y es que, en su escapismo de la realidad, los “buenos” (mayoría) suelen espolear el triunfo de los malos (minorías). ¿Qué explica tamaña paradoja?

Fue el estudio de los rasgos psicológicos de Adolf Eichmann, criminal nazi, el que llevó a Hannah Arendt a hablar sobre el mal banal de las personas normales o, en terminología del siglo XXI, buenistas. Se les reconoce porque carecen de pensamiento propio y adhieren a lo políticamente correcto, aunque de ello se siga un gran mal para los individuos en particular o para la sociedad en su conjunto. ¿Y qué mejor prueba de la existencia en Chile de una mayoría buenista que esa mitad de ciudadanos que no participó en el plebiscito, sumados los que votaron Apruebo con el fin de mejorar sus condiciones materiales de vida, cuando es obvio que la incertidumbre institucional tendrá el efecto contrario?

Parte de la misma mayoría buenista son los miembros de las élites que, tras la captura violenta de las principales ciudades del país, siguen negándose a reconocer la existencia de magnitudes políticas que escapan al radar del derecho y buscan el reemplazo de nuestro ordenamiento democrático por una dictadura de izquierda. Es en el imaginario de este último grupo donde se entiende que Correa atribuya, de forma simplona, casi inocente, la violencia incontenible desatada desde el 18 de octubre al fracaso de las policías. Como si el actuar de la fuerza pública fuese un mecanismo que opera con independencia de la autoridad y de la legitimidad que le confiere una ciudadanía hoy narcotizada con la idea de que una “magna nueva carta” tendrá el poder de asegurar los derechos sociales. No olvidemos que, según la Cadem post plebiscito, el 49% de los votantes por el Apruebo estaba convencido de haber hallado en el cambio de la Constitución a la gallina de los huevos de oro.

Si uno de esos buenistas estuviese leyendo esta columna, es muy probable que, en su fuero interno, resonaran adjetivos como “exagerada”, “extrema” o “radical”. Este es el otro rasgo que caracteriza las tensiones en el marco de una polarización muy distinta de la clásica izquierda/ derecha. Me refiero a la descalificación permanente desplegada en diversos medios donde los buenistas hacen alarde de su superioridad moral. Finalmente, su carácter antidemocrático queda en evidencia cuando exceden los límites del sano desacuerdo transformándose en jueces que silencian, agreden y exilian de la esfera pública a los pocos realistas capaces de sobrevivir a sus embates. El gran mal del que son gestores los buenistas y su banalidad se ha consumado una vez exiliadas las voces disidentes. Entonces es cuando los movimientos totalitarios tienen cancha libre para avanzar sus propósitos.

Respondiendo a Correa, en este contexto la “legalidad” o ilegalidad es irrelevante. No olvidemos que los nazis y bolcheviques eran tan legales como lo es el PC chileno y aquel sector de parlamentarios que votó en contra del proyecto que obligaba a los partidos a renunciar a la violencia como método de acción política. La diferencia entre nuestra enjuta mentalidad y la de los europeos es que ellos aprendieron que las democracias no resisten los embates de la violencia, sean éstos sistémicos o antisistémicos. De ahí que el Parlamento Europeo condenara al fascismo y al comunismo por igual. De modo que, a diferencia de los países desarrollados en que las opciones políticas no contemplan la destrucción de la democracia, nosotros, aún sumidos en épocas de cromagnon, estamos dispuestos a dejar abiertas las vías legales a la violencia política, aunque con ello legitimemos la violación de los derechos humanos básicos. Sólo resta por recordarle a esa minoría de ciudadanos siempre atentos a la realidad que, invariablemente, una vez desvestido de sus ropajes de moralina, el mal banal queda a la vista y la vergüenza ante la propia inmoralidad termina carcomiendo el alma de sus agentes.

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