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Publicado el 26 de febrero, 2020

Vanessa Kaiser: La culpa es de los viejos

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

Las nuevas generaciones nos merecíamos un mea culpa de aquellos que destruyeron la República, pero en su lugar nos dejaron los muertos, una democracia hecha cenizas y un silencio del que nada pudimos aprender (…). Tenemos derecho a pedirles a nuestros viejos queridos un acto de amor por nuestro país y su gente: su relato contenido en una sala del Museo de la Memoria que nos ayude a entender cómo puede destruirse el destino democrático de una nación. El reloj de la historia ha comenzado su cuenta regresiva… de ustedes, los viejos, depende que no se repita.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma

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Desde el 18 de octubre la gran mayoría de los intelectuales, economistas, políticos y todo tipo de estudiosos han intentado dar una explicación al estallido social. Las conclusiones apuntan a los llamados abusos, el descrédito de la clase política, la falta de igualdad material y de trato, una crisis de las instituciones, etc. De ahí que el gobierno pusiera sus fichas en soluciones que han contemplado una agenda contra delitos de cuello y corbata, el llamado a plebiscito y una serie de políticas públicas que tiene por finalidad avanzar en la satisfacción de las demandas sociales. Pero todo ha sido en vano.

La violencia no cesa, un plebiscito democrático y el respeto a sus resultados se parecen cada vez más a las ilusiones de los idealistas románticos, mientras una generación entera sufrió el acoso político de grupos minoritarios que les impidieron rendir la PSU, la economía se derrumba y, con ella, las vidas de miles quedan sumidas en la cesantía. Lo peor, es que, según los expertos, las medidas tomadas con el fin de restablecer el orden público no sirven para el propósito que fueron creadas. Así las cosas, los golpes del martillo político no han podido dar en el clavo. Ello nos lleva a concluir que ninguno de los aspectos de nuestra vida común ya mencionados (y tampoco la suma de ellos) es causa fundamental de la crisis. De ahí que volver a la pregunta inicial tenga tanto sentido: ¿cómo explicar lo que ha pasado en estos últimos meses?

Además de las variables ya enumeradas algunos buscan la causa fundamental en la influencia ideológica externa y otros, en el fracaso de nuestro Estado decimonónico. Lo cierto es que todos los países han pasado por crisis económicas e institucionales y en muchos no sólo la desigualdad, sino que la pobreza es mucho mayor que la nuestra. Para qué hablar de la existencia de empresas mal reguladas y del vínculo siempre nefasto entre políticos de mala vida y ciertos grupos económicos cuya mentalidad extractivista los lleva a prescindir de la competencia y la generación de valor para elevar sus ganancias.

Sin embargo, en ninguno de ellos (ni siquiera los que tienen una influencia directa del socialismo bolivariano como Colombia o Ecuador) el centro de las ciudades más importantes ha sido destruido, la red de metro incendiada, el patrimonio cultural arrasado y la vida de los más vulnerables reducida a la miseria por grupos que las fuerzas estatales no logran controlar. Al punto que, desde la Ciencia Política, podemos decir que el de Chile es, hoy por hoy, un Estado fallido y, consecuentemente, la democracia se encuentra en peligro.   

Un análisis de política comparada entre diversos países implica hacerse cargo de aspectos complejos, difíciles de desarrollar en estas pocas líneas. Lo que sí podemos hacer es comparar este momento con otros de nuestra historia y ver si ésta se repite. De modo que nuestro viaje será a los tres años previos al quiebre institucional del ’73. Desde el día uno el flamante Presidente Allende se puso la banda de la división social al declarar que él no era Presidente de todos los chilenos, inaugurando tiempos de polarización que en sus primeras fases también rasgaron los muros de la ciudad con mensajes violentos. La guerra contra la democracia duraría mil días. Las balas de esas épocas no provenían sólo del MIR, el FPMR o Patria y Libertad, sino de las bocas de políticos cuya irresponsabilidad pavimentó el camino a los diecisiete años de régimen militar que siguieron.

Esos mismos políticos que en lugar de usar la palabra para persuadir la transformaron en balas contra sus enemigos son los viejos de hoy. Ellos tienen la culpa porque nunca nos contaron qué pasó. Con su silencio privaron a las nuevas generaciones de la experiencia que condujo a Chile, en el breve plazo de mil días, al despeñadero. Usted me dirá que eran otros tiempos, intentará recordarme que vivíamos en medio de una Guerra Fría y que, a diferencia del actual Presidente, fue Allende quien llevó a los militares a la arena política nombrándolos ministros de diversas carteras. Todo eso es cierto. Las comparaciones nunca son fáciles. Lo que sí puedo decir a favor de mi hipótesis es que, tal como sucede en la actualidad, eran muchos los que despreciaban la democracia y no pocos los que destruyeron los fundamentos en que se sostenía una vida común con declaraciones incendiarias y su apología al odio. Como botón de muestra recordemos una famosa canción de Víctor Jara, “La Bala”: “Mucho daño le ha hecho al pueblo la gente rica, la gente rica, usando el confesionario de los curitas, de los curitas. […] Y acabando con la bala, ella no es mala… todo depende de qué, cuando y quién la dispara, quién la dispara.”

Las nuevas generaciones nos merecíamos un mea culpa de aquellos que destruyeron la República, pero en su lugar nos dejaron los muertos, una democracia hecha cenizas y un silencio del que nada pudimos aprender. Cuando estudiaba periodismo, a los pocos que revisamos la prensa de la época, nos quedaba la impresión de no haber habitado nunca en ese país donde la rabia, las descalificaciones y la sed de sangre de los diversos bandos políticos eran la tónica de la convivencia. Hoy nos empezamos a parecer cada vez más a ese Chile. Volvemos a despreciar nuestra democracia del mismo modo que lo hicieron los viejos. Ello sucede cuando el lugar del debate lo ocupa el acoso político (funas), el tono de las declaraciones en la esfera pública se extrema y las amenazas a la integridad física y psicológica se convierten en una realidad que asfixia cada vez a más ciudadanos.

De todo esto los viejos tienen la culpa porque ese silencio que les sirvió para acallar sus consciencias nos dejó sin historia, privándonos de la posibilidad de comprender por qué tanto dolor. Lo dramático es que, si estos viejos hablaran, si pidieran que sus nombres fueran puestos no sólo en las listas de los exonerados y los exiliados, sino además, en las de quienes destruyeron nuestra democracia, nos darían una oportunidad de virar en una dirección distinta, de recuperar la paz y defender un Estado de Derecho convertido hoy en sal y agua porque los chilenos han caído presos de quienes los manipulan desde la división social, al punto que ya tenemos primeras, segundas y terceras líneas de ciudadanos.

De modo que hago un llamado como miembro de las generaciones que les siguieron a los jóvenes de antaño; porque tenemos derecho a pedirles a nuestros viejos queridos un acto de amor por nuestro país y su gente: su relato contenido en una sala del Museo de la Memoria que nos ayude a entender cómo puede destruirse el destino democrático de una nación en tan sólo mil días. De ahí obtendríamos el poder para refrenar las balas que ya sabemos sólo en una democracia constitucional con un Estado que use la fuerza en defensa de los derechos de sus ciudadanos, no son siempre malas ni dependen de quién las dispara.

El reloj de la historia ha comenzado su cuenta regresiva… de ustedes, los viejos, depende que no se repita.

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