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Publicado el 21 de abril, 2020

Vanessa Kaiser: Intocables y miserables

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

Lo que sí pueden hacer los miembros de esta nueva casta social es aparentar una solidaridad y compasión totalmente desmedidas que combinan con sus capas de superhéroes. Es esta moralina la que sirve de cebo a sus víctimas entre las que se cuentan todos aquellos que declaran estar a favor de las movilizaciones violentas en la última Cadem, un 42% de los chilenos.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma

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Rasgan vestiduras con los añejos antagonismos de una lucha de clases cuyo relato – en Chile, el país con mayor movilidad social de la OCDE-, puede ser considerado parte de una categoría que he denominado “los mitos rojos”: roja la capa de Superman y el traje del Hombre Araña, rojo el Pascuero y la lucha por el pueblo, rojo el pelo de la Quintrala (que llevaba su nombre por una planta de ese color, el Quintral), también es rojo el corazón de quienes palpitan con la moralina del emotivismo político. En otra versión del mismo tono, colorado el Chapulín que podrá salvarnos. También son rojos los marcos de unos lentes ópticos que no sirven para mejorar la visión de su dueña, una conocida diputada defensora de los mismos oprimidos que le pagan suculentos sueldos a ella y a sus compañeros. ¡Y cómo olvidar el rojo de las banderas flameando sobre una miseria que acampa sin excepciones en todo lugar donde se haya intentado poner en práctica una ideología mítica cuya fuerza es la utopía y sus medios, la violencia! Su punto cúlmine se expresa en el mismo color que desgarran de dolor esos números teñidos por la sangre de millones, herencia imborrable que la mítica lucha de clases legó a la historia del sufrimiento de la humanidad.

La teoría del color vincula el rojo a la pasión, cierta valentía y audacia. Pero lo cierto es que no hay nada más pueril y cobarde que el usar cualquier disparidad entre las personas para herir a los ciudadanos y transformarlos en enemigos. No importa si es por diferencias en el poder adquisitivo o por aquellas relacionadas a la existencia de hombres y mujeres; si dicen relación con la pertenencia a una institución académica o religiosa. Tampoco si se trata de formas de vida representadas en el simbolismo de diversas vestimentas: uniformados, pacifistas, encapuchados, trabajadores de la salud con alta probabilidad de contagio o vecinos con ropa de calle que se creen inmunes. Quienes adhieren al mítico relato que tuvo al mundo al borde de la destrucción hace apenas un par de décadas atrás saben cómo profundizar o infligir heridas incurables al tejido social. Baste de ejemplo el abuso y manipulación políticos de la herida de aquellas mujeres que hoy no sólo declaran su guerra a los hombres sino, además, levantan armas de funas colectivas en contra de mujeres uniformadas y de aquellas que declaran su desacuerdo ante propuestas de un feminismo que hace mucho superó y tergiversó los principios de la igualdad de género.

De los colorados relatores y representantes que adhieren a la mitología descrita podemos decir son todos miembros del club de los superhéroes intocables. Litros de moralina y buenismo diario fortalecen ese falso gesto de dolor tantas veces practicado para seducir a los inocentes. Su fortaleza se observa también en la capacidad que tienen de torcer el poder una vez consiguen el cetro y se sientan en el trono, ambos obtenidos bajo la promesa de ayudar a los mismos que luego matan con hambrunas, destruyendo su fuente de trabajo y expropiándoles lo que tengan para beneficiarse ellos y a su club. Así, estos superhéroes intocables cumplen fielmente con el mandato de su fascista inspirador, Carl Schmitt. El ex jurista, miembro del partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, afirma en su obra El concepto de lo político que lo propio de la relación política emerge cuando se otorga “sentido polémico” a una situación concreta generando una rivalidad cuya “última consecuencia es un agrupamiento del tipo amigo-enemigo (que se manifiesta en la guerra o en la revolución) […] Toda contraposición religiosa, moral, económica, étnica o de cualquier otra índole se convierte en una contraposición política cuando es lo suficientemente fuerte como para agrupar efectivamente a los seres humanos en amigos y enemigos” que, lo afirma explícitamente, tienen por finalidad destruirse los unos a los otros.

Periodistas, comunicadores, artistas, académicos, políticos, analistas, profesores, jueces, fiscales y un largo etcétera de victimarios que hieren del tejido social nuestros órganos más importantes, la instituciones, han terminado constituyendo una nueva casta: la de los intocables. Lograron llegar a la cima capturando toda caja de resonancia mediática que amplifica los efectos de su mítico relato -televisión, radio, prensa escrita, aulas universitarias, mesas de diálogo, sindicatos, salas de clases, etc- para polemizar alimentando la sensación de frustración y desgracia de quienes tienen pocas herramientas que sirvan a un análisis de la verdad. Los intocables, seducidos por la promesa del poder mitológico que captura sus mentes bajo una camisa de fuerza carmesí, violan el cuerpo social a diario, polemizando sobre cualquier diferencia con el fin de configurar a grupos de ciudadanos enemigos. Los demás nos preguntamos estupefactos, si no les duele la consciencia hacerlo en estos momentos cuando necesitamos ser solidarios para salvar vidas, reconstruir nuestra economía desgarrada por la violencia de la que estos intocables son sus parteros y recobrar la paz.

No, a los intocables ni les duele hoy asestar golpes asesinos al tejido social, ni se arrepentirán mañana cuando millones luchen en una guerra fratricida o mueran bajo los preceptos de su mítico gobierno mentalmente uniformado por las camisas rojas. Y es que no tienen en su ADN la capacidad de preocuparse por el prójimo. De ahí que no les importen los casi 300 mil chilenos que quedaron en una situación miserable tras perder sus empleos después del 18 de octubre, mientras los miembros de la primera línea ostentaban su carnet de intocables. Tampoco les preocupan los mapuches tratados miserablemente como yanaconas por grupos terroristas que comparten con la primera línea el mismo carnet que les asegura inmunidad frente al Estado de Derecho. Menos van a empatizar con los millones de miserables que pagan impuestos para sostener a burócratas que, en su mayoría, no muestran el más mínimo interés por hacer bien la pega; y es que ellos también son intocables. Lo que sí pueden hacer los miembros de esta nueva casta social es aparentar una solidaridad y compasión totalmente desmedidas que combinan con sus atuendos de superhéroes. Es esta moralina la que sirve de cebo a sus víctimas entre las que se cuentan todos aquellos que declaran estar a favor de las movilizaciones violentas en la última Cadem, un 42% de los chilenos. La imagen del espectáculo tras el telón de fondo es escalofriante: todos ellos bailando cual marionetas alrededor de una fogata cuyo violento combustible es el buenismo, mientras la dignidad de los comensales sirve como moneda de cambio para que los intocables compren su pan de cada día, arrienden casas de lujo, manden a sus hijos a los mejores colegios, cobren sueldos millonarios y consoliden aquella posición en la cúspide del poder que termina por desigualarlos en todo de esos otros, los “miserables”.

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