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Publicado el 25 de agosto, 2018

Vanessa Kaiser: Érase una vez… un gobierno sin relato

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

El problema radica en que el relato sólo tiene poder si es representativo, es decir, si proviene de un juicio que excede al individuo que lo emite. En otros términos, el relato requiere que su emisor se haya puesto en el lugar de otros, intentando comprender las distintas posiciones frente al asunto del que se quiere persuadir a los ciudadanos.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
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Cuando se revisa la prensa de las últimas semanas, fijarse en la balanza de la opinión pública es casi inevitable. Y es que parece no haber equilibrios entre la llegada de tiempos mejores y el peso de una noche que no amanece. Por dar algunos ejemplos, fuera de voces aisladas, a nadie le llama la atención el nuevo puesto en la ONU de una ex mandataria bajo cuyo gobierno el Estado violó los derechos de miles de niños en su red del Sename, que apoya la dictadura cubana y desconoce los derechos fundamentales de los venezolanos. Sin embargo, basta con que un converso -cuyo compromiso en la defensa de los mismos derechos humanos no puede ponerse en cuestión- haya planteado su desacuerdo con el modo en que se exponen las violaciones a dichos derechos en el Museo de la Memoria, para que la opinión pública rasgue vestiduras.

 

Un desequilibrio semejante encontramos en la situación del ministro que propuso “el bingo para un techo” al comparársele con la reacción mediática que ha provocado el conflicto entre Chile Transparente y un senado que se niega a dar cuenta del uso de fondos públicos en asesorías externas. Para qué hablar de las decisiones judiciales y las consiguientes acusaciones constitucionales que podrían haberse evitado si, simplemente, se hubiera hecho la pega en lugar de posponerla por atochamiento legislativo. Es como si pensaran, “total, aunque sean las instituciones y el régimen democrático los únicos capaces de defender los derechos humanos en una crisis, da lo mismo horadarlos mientras sirva a nuestros propósitos políticos”. De ahí que algunos piensen que, en ocasiones, los derechos humanos no son más que el medio para conseguir un fin: el poder. En ese contexto, el intento del Partido Liberal por establecer un piso mínimo de acuerdo con los demás miembros del Frente Amplio respecto a los derechos humanos cobra pleno significado.

 

Del escenario descrito surge la siguiente pregunta: ¿cómo explicar el carácter volátil y contradictorio de nuestra opinión pública?

 

Pareciera que el reclamo de la opinión pública es que ni hay pan, ni hay relato.

 

Todo parece indicar que nuestro sentido común, más que ser el resultado de las genuinas discrepancias que emergen en una sociedad democrática, responde a una especie acuerdo tácito: cuando no hay pan, gobierna la derecha. Pero como el hombre no vive sólo de pan, cuando lo hay, gobierna la izquierda. En síntesis, nuestro ciclo pasa de la acumulación del pan sin relato, al relato sin pan. De ahí que haya tanto desánimo en las encuestas frente a la situación económica que se espera la derecha arregle como en los cuentos de hadas, de la noche a la mañana. Así las cosas, pareciera que el reclamo de la opinión pública es que ni hay pan, ni hay relato.

 

La primera parte del reclamo no debiese de preocupar al gobierno actual. Ya Aristóteles dijo que “nadie está obligado a lo imposible”. Y es imposible subsanar los forados del gobierno anterior en el breve plazo de cinco meses y con un congreso en manos de una oposición más confrontacional que colaborativa. Es la segunda parte del reclamo la que debiera de preocuparnos, puesto que si el gobierno lograse aportar ese “algo” (además del pan) del que hablan las Escrituras, podría proyectarse más allá de su período.

 

¿Por qué importa el relato? Porque en política es la palabra la que configura el sentido común que encauza, potencia o disminuye las posibilidades de éxito de las acciones de quienes gobiernan. El problema radica en que el relato sólo tiene poder si es representativo, es decir, si proviene de un juicio que excede al individuo que lo emite. En otros términos, el relato requiere que su emisor se haya puesto en el lugar de otros, en un intento por comprender las distintas posiciones frente al asunto del que se quiere persuadir a los ciudadanos. Veamos los tres casos emblemáticos bajo este prisma.

 

Lo que debiera de preocupar a quienes requieren del contexto no es que las generaciones venideras sepan una u otra versión histórica, sino que conserven el hambre por pensar sobre el mal del que somos capaces los seres humanos cuando se ha sembrado el odio a diestra y siniestra y que fortalezcan el espíritu que los impulse a investigar los hechos que condicionaron nuestra tragedia.

 

Un relato alternativo sobre el Museo de la Memoria hubiera podido forjarse a partir de una comprensión más honda sobre las razones para no contextualizar la tragedia. La primera es que se considera la violación a los derechos humanos como un evento grado cero que marca el porvenir de toda una sociedad, generando un quiebre con la historia. La segunda razón de no contextualizar radica en el riesgo de que se banalicen las violaciones a los derechos humanos y se justifique lo injustificable. En este marco, el Museo de la Memoria cumple su rol. Nos muestra que jamás las violaciones a los derechos humanos son inevitables y de paso confirma la vigencia e importancia de nuestra libertad. De ahí que no se expongan causas, sino el horror causante de aquel sufrimiento que nunca tendrá un sentido, ni una explicación.

 

Lo que debiera de preocupar a quienes requieren del contexto no es que las generaciones venideras sepan una u otra versión histórica, sino que conserven el hambre por pensar sobre el mal del que somos capaces los seres humanos cuando se ha sembrado el odio a diestra y siniestra y que fortalezcan el espíritu que los impulse a investigar los hechos que condicionaron nuestra tragedia. En ese marco será cada ciudadano el que conforme su propia perspectiva, mientras el Museo de la Memoria seguirá sirviendo a los fines para los que fue creado: mostrar que hay un punto de no retorno y que ninguno de nosotros quisiera encontrarse en él. Probablemente, si el ministro hubiera contado este relato, su historia en el corto plazo habría sido la misma (eso de ser converso puede ser imperdonable), pero nos habría dado la oportunidad de comprender, acercarnos al dolor y aprender de esta herida que tanto duele.

 

Pensar un relato alternativo para el bingo que propuso el ex ministro de educación es bastante más simple. Habría bastado con que la propuesta se hubiese planteado en el marco de la colaboración público-privada que nos caracterizaba. ¿Alguien recuerda que la izquierda siempre le ha echado la culpa al neoliberalismo por la destrucción de los lazos comunitarios? Mostrar la falsedad de dichas acusaciones hubiera contribuido a un cambio en el sentido común. Y es que los lazos comunitarios existen donde la comunidad sea capaz de darse un propósito y trabajar por él. Al revés, cuando el Estado interviene suprimiendo la necesidad de establecer un objetivo al que todos contribuyen, el individualismo, la soledad y la dependencia de un Estado paternalista se enquistan en las relaciones humanas. Y, ya lo decía Burke, no hay nada más fácil que gobernar a sujetos aislados, puesto que el poder político no son los arsenales de armas, sino los ciudadanos reunidos. Por algo hubo quienes, desde la otra vereda, propusieron suprimir los bingos hace no tanto tiempo atrás.

 

Finalmente, el caso de las acusaciones constitucionales termina por sellar este breve intento de relatar los hechos desde una perspectiva que aporte a ese “algo” del que también viven los ciudadanos en una democracia. Digna de ser señalada como protagonista en esta historia es la irresponsabilidad de quienes horadan las instituciones democráticas y desconocen los instrumentos de un derecho internacional que no prohíbe la misericordia; o, planteado, en otros términos, que permite a quienes puedan desarrollar el nivel de empatía más difícil y escaso en el mundo humano: aquella que no sólo se compadece de los justos, sino también de los pecadores. Quizás, el relato podría dejarnos pensando si acaso dicha virtud deba permanecer excluida de nuestra consciencia común o, por el contrario, formar parte de su riqueza, a sabiendas de que, además, es el fundamento ulterior de nuestra férrea creencia en la importancia de esos derechos que se reconocen a todo humano por su mera condición.

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