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Publicado el 06 de marzo, 2019

Vanessa Kaiser: El peor de los mundos

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

Establecer un mecanismo democrático con reconocimiento internacional que despoje automáticamente del poder a las élites que destruyan las vidas de sus ciudadanos, podría evitar mucho sufrimiento, guerras y el caos que genera la migración masiva de personas.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
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¿Le ha tocado vivir ese extraño fenómeno en el que alguien se pone en sus zapatos? La empatía, tema central de La teoría de los sentimientos morales, obra de Adam Smith, es una facultad psíquica que puede ser espontánea o voluntaria. En el primer caso dar ejemplos es fácil. Basta con que recuerde su conmoción al ver el sufrimiento de alguien ya sea por la muerte de un ser querido o por estar enfermo. Ambas son situaciones cercanas y frecuentes. El segundo caso es distinto del primero en el sentido de que nuestras posibilidades de ponernos en el lugar del otro dependen de nuestra voluntad. Piense en lo que sucede, sobre todo, cuando se trata del dolor que provocan experiencias muy lejanas. Las guerras, el hambre y la pérdida de los hogares, son situaciones que los chilenos de hoy no hemos experimentado. De modo que debemos esforzarnos para reparar en la situación del otro, analizarla e imaginar cómo nos sentiríamos en sus zapatos. En otras palabras, si no decidimos prestar atención, el sufrimiento ajeno termina pasando desapercibido.

La semana pasada mientras sostenía una acalorada discusión por redes acerca de la inmigración venezolana, la empatía recobró su importancia como prisma que facilita comprender las distintas posturas políticas. Dio la casualidad de que estaba en Guatemala, donde uno de los choferes del evento académico al que asistí contaba que había cruzado dos veces la frontera mexicana para buscar trabajo en EE.UU. De hecho, la primera vez cayó preso; eso no lo detuvo para volver a intentarlo un par de años después. Lo que vive una persona que se arriesga como ese hombre es indescriptible. No sólo largas caminatas, días sin comer, el riesgo de accidentarse saltando a los trenes de carga y sobrevivir semanas durmiendo en los techos de sus vagones, sino, lo peor, las redadas de las mafias que capturan a hombres y mujeres para tráfico de personas y esclavitud laboral. Todas estas situaciones están muy bien representadas en la película La jaula de oro. Sus escenas también muestran los padecimientos de quienes, finalmente, logran llegar a la frontera y deben cruzar.

Lo curioso es que esta obra del séptimo arte termina mostrando que todos los esfuerzos eran inútiles: el chico que sobrevive y logra entrar a EE.UU. sólo cambia su población guatemalteca sumida en la pobreza por un frigorífico donde tiene que limpiar los despojos de la carne que caen al suelo mientras otros inmigrantes filetean los trozos. De ahí el título de la película que no pude dejar de conectar con el adjetivo que usaba uno de mis interlocutores en la discusión ya mencionada, para referirse a los inmigrantes venezolanos como “inmigrantes económicos,” o “inmigrantes fascistas”. Y es que lo que el protagonista hacía era cambiar su libertad en la pobreza -la misma que Maduro ofrece a los venezolanos- por la esclavitud del trabajo en una jaula de oro, como la que, a juicio de los creadores de la película, EE.UU. representa para los inmigrantes ilegales. O sea que, bajo el prisma de un sector de la izquierda, las más de tres mil personas que conformaron la caravana de migrantes el 2018 y los diez millones de indocumentados que actualmente viven en el país del norte, sumados los incontables soñadores que fracasan, tienen por único anhelo vivir en una jaula de oro donde se encuentra el paraíso de la esclavitud laboral.  

“¿¡Es en serio!?”, estará preguntándose. Sí lo es para quienes ven el mundo con las anteojeras ideológicas que los desconectan completamente de la realidad. De ahí que afirmen, con la misma fe que nuestro poeta Nobel en Literatura tenía en la grandeza de Stalin, que todos los problemas de Maduro se resolverían si EE.UU. despareciera del mapa. Así se acabaría el imperialismo y el tipo de explotación denunciado por la teoría de la dependencia.

La pregunta que surge es qué pasó con la empatía. Porque todo ser humano puede imaginarse que no ha de ser fácil perder los amigos, la familia, el lugar en el que se encuentra el mundo que amamos. ¿Tanto poder tiene la ideología en la mente que impide pensar lo que significa estar muriendo de hambre?

Sobre el hambre, Juan de Mariana escribía en 1609 que “la necesidad no conoce de leyes, el estómago no tiene oídos; su demanda no da pie a argumentos”. Personalmente creía que este era un sentido común compartido por todos y que nuestros esfuerzos por superar la desnutrición y mejorar las condiciones materiales de vida de las personas eran resultado de dicho conocimiento compartido. Pero después de mirar por las anteojeras desde las cuales es posible afirmar que existe algo como un “inmigrante fascista”, cuyo ideal de vida es una jaula de oro, he vuelto a la pregunta que formulaba a mis alumnos cuando estudiábamos la obra de Smith: Marx, que luchó en contra de las pésimas condiciones laborales características de las primeras etapas del capitalismo denunciándolas como explotación y alienación, ¿lo hizo porque empatizaba realmente con el dolor y la miseria de una vida en la que se trabaja para sobrevivir y se sobrevive para trabajar? ¿O, más bien, los móviles ocultos tras su propuesta de la violenta lucha de clases como manera de acabar con la propiedad privada eran el odio y resentimiento?

Creo que en ambos interrogantes se manifiestan las dos almas de la izquierda. Una, capaz de empatizar con el dolor, la escasez y las dificultades que enfrentan los peor situados en la sociedad. La otra, arrebatada por un ego descarriado no acepta que aquellas buenas intenciones, fundadas en la desaparición de la propiedad privada, terminan, sin excepción, aumentando el dolor de los seres humanos, destruyendo sus vidas, cercenando sus destinos y aniquilando a millones de disidentes. No cabe duda de que el fracaso rotundo de la propuesta marxista se asocia al empoderamiento de esta forma desalmada de enfrentar el dolor ajeno.

El peor de los mundos se encuentra en la creencia de que son ellos, los desalmados, quienes luchan por los que sufren. Usted me dirá que no hay nada nuevo bajo el sol; que todas las experiencias del pasado y el presente siguen el mismo padrón. Sin embargo, me parece que vale la pena ponerse a pensar en un camino institucional que ponga énfasis en la responsabilidad de quienes gobiernan frente al empeoramiento de las condiciones de vida provocado por el mal manejo económico. Esta idea no es nueva. Tomás de Mercado, teólogo dominico del siglo XVI, decía que los ministros “están obligados” a mejorar la situación económica y que son responsables si dilapidan los fondos públicos.

Establecer un mecanismo democrático con reconocimiento internacional que despoje automáticamente del poder a las élites que destruyan las vidas de sus ciudadanos, podría evitar mucho sufrimiento, guerras y el caos que genera la migración masiva de personas. Un mecanismo de esta índole se habría activado hace ya varios años en Venezuela, cuando el presidente Chávez atentaba en contra de los ciudadanos con sus famosos “exprópiese”, despojándolos de los bienes que eran suyos y les permitían vivir dignamente. En tanto no tengamos mecanismos institucionales como el propuesto, seguiremos en el peor de los mundos donde, como canta la canción, el llamado a los cándidos a liberar su rabia y redimir su lóbrega vida de lázaro, termina por despojarlos de todo, mientras los poderosos que decían luchar por su bienestar viven en la opulencia.

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