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Publicado el 12 de diciembre, 2018

Vanessa Kaiser: El abrazo de la serpiente

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

Antes de subirnos los impuestos transformen las empresas estatales en entidades productivas que sirvan al propósito para el que fueron creadas o, más simple aún, por puro amor a la igualdad, véndanlas para que desaparezcan los “mejor situados”.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
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Risueño e inocente, el encantador de víboras manipula una boa que coloca alrededor de su cuello. Tal como lo hacemos los contribuyentes cuando le entregamos un poder irrestricto a la autoridad política de “meternos las manos en los bolsillos”, él juega con la idea de beneficiarse corriendo un riesgo que cree poder controlar. Pero nuestro escamoso reptil tiene su propia naturaleza. Del mismo modo la tiene el capitalismo de Estado que sabemos es de naturaleza expropiatoria. Hannah Arendt, ferviente defensora del derecho de propiedad, nos dice que el Estado expropia a través de instrumentos como la devaluación de facto de la moneda, la inflación emparejada con recesión y los impuestos excesivos, cuya alza paulatina, al modo de una serpiente, estrangula a sus víctimas. Curioso que se le olvide mencionar las empresas estatales como uno de los instrumentos más eficaces en la “redistribución de recursos” de los más trabajadores y productivos a los “mejor situados”. Usted se preguntará, ¿quiénes son los “mejor situados”? Aquellos que, teniendo magníficas condiciones laborales vitalicias, sus necesidades cubiertas por bonos de productividad que nunca se ganaron, sueldos muy superiores a los de sus equivalentes en el mercado y a toda la parentela ocupando cargos similares, viven de la billetera de la señora Juanita y del señor Moya.

 

En contraste con estos bendecidos por el capitalismo de Estado, la dupla Juanita/Moya es la que, en buen chileno, se parte el lomo trabajando, asume riesgos y, cuando logra ganar plata, abrir empresas, beneficiar a la sociedad con mejores productos a menores precios, es demonizada. Muy cerca de ellos encontramos a los 2,5 millones de trabajadores informales, el medio millón de cesantes y los dos millones de pobres; todos contribuyentes hoy asfixiados por la irresponsabilidad de reformas tributarias que parten de la premisa de que el único modo de aumentar el presupuesto a repartir es extrayendo más dinero del ciudadano. ¿Será cierto? Demos una mirada a los números de “nuestras” empresas estatales a septiembre de este año. Una de las joyitas es Enap, que arroja pérdidas por $32.838 millones. Mientras, las cifras rojas de EFE alcanzan los $37.658 millones, las de Enami $11.215 millones y de TVN los 11.159 millones.

 

El problema es hacer reformas en un país donde los ciudadanos son educados en la religión del Estado.

 

En el caso de TVN, los “mejor situados” tienen sueldos secretos y el presidente de su directorio ganaba el doble que el Presidente de la República. Eso a pesar de que hace cinco años que acumula cifras rojas. Más de $56.409 millones en pérdidas que podríamos repartir a las 350 mujeres que hoy tienen cáncer de mama metastásico y no pueden pagar los 30 millones que cuesta su tratamiento o entregar en beneficios sanitarios de vivienda, salud y educación a los dos millones de compatriotas que viven en la pobreza. Pero no es posible porque los promotores de la igualdad, la distribución y la justicia social cuidan de esta casta de “mejor situados”, al punto que la mitad de lo recaudado gracias a la reforma tributaria anterior se destinó a engrosar sus filas. Como el gobierno actual no tiene mayoría parlamentaria, es poco lo que puede hacer al respecto. En el intertanto la economía trata de repuntar, a pesar de que la asfixia se torna cada vez más insoportable, impide la creación de empleos y desincentiva la inversión. A ello se suma que son muchos quienes, en su idolatría al Estado, afirman que no es posible bajar la carga tributaria. El ex ministro de Hacienda Rodrigo Valdés es uno de ellos. Y una tiene todo el derecho a preguntar: ¿por qué, en lugar de seguir haciendo reformas tributarias (cuatro en cinco años), no han puesto esa misma energía en las reformas que requiere el Estado y sus empresas?

 

La pregunta cobra relevancia si damos vuelta las cifras. Así, suponga usted que el Transantiago no nos hubiese costado US$6 mil millones. Tendríamos para pagar casi dos reformas de pensiones al tiempo que podríamos pensar en ir bajando la carga tributaria. Si hacemos este ejercicio con todas nuestras empresas estatales deficitarias, quizás podríamos hasta bajar el IVA en un par de puntos beneficiando… adivine a quién: a los “peor situados”. Ellos son los pobres que nuestros políticos dicen querer ayudar, pero que siempre terminan bajo la línea de flotación gracias al capitalismo de un Estado cuya captura es escandalosa.

 

Antes de subirnos los impuestos transformen las empresas estatales en entidades productivas que sirvan al propósito para el que fueron creadas o, más simple aún, por puro amor a la igualdad, véndanlas para que desaparezcan los “mejor situados”.

 

Y es que, como bien plantea Hayek en su libro Camino de Servidumbre, la intervención del Estado sobre las fallas de mercado siempre termina por profundizar el problema, lo que exige una inyección de recursos cada vez mayor. Usted puede pensar que exagera, pero lo cierto es que cuando analizamos las empresas del Estado la crítica es, cuando menos, atinada. En contraste, las voces que exigen aumentar la carga tributaria son irresponsables y deslegitiman el principio de representatividad en que se fundamenta la democracia. El problema es hacer reformas en un país donde los ciudadanos son educados en la religión del Estado, donde un estudiante de primer año de universidad tiene clarísimo que todos los males vienen del capitalismo, pero jamás ha oído hablar de otros “ismos”, como el paternalismo o el clientelismo. Lo que sí nos queda claro tras este análisis es que la palabra igualdad pinta la portada de un cuento que termina con la mayoría asfixiada por el abrazo de una clase reptiliana, descarada y abusiva. Si pensamos en la moraleja como su antídoto, ésta se manifestaría en una sola y unívoca exigencia: antes de subirnos los impuestos transformen las empresas estatales en entidades productivas que sirvan al propósito para el que fueron creadas o, más simple aún, por puro amor a la igualdad, véndanlas para que desaparezcan los “mejor situados”. Ese sí que sería un aporte considerable para mejorar un índice Gini que nadie mide.

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO

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