Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 07 de julio, 2019

Vanessa Kaiser: ¿Dónde están los fascistas? (Segunda parte)

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

¿Cómo resolver esta tensión entre las distintas voces de la derecha? Lo más lógico sería terminar con lo que Nietzsche llama el “Estado cultural”. En este punto, conservadores y liberales debiésemos estar de acuerdo: el fortalecimiento de la democracia, del mercado y la libertad requiere de una influencia limitada del Estado en las vidas de las personas, empezando por eliminar todo rol que, haciendo uso de una coerción que se financia con la plata de todos los chilenos, impone por la fuerza un tipo de vida, unas veces de las mayorías a las minorías, otras, de las minorías a las mayorías.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

El primer acercamiento a nuestra respuesta sobre “dónde están los fascistas” generó tres reacciones sobre las que vale la pena reflexionar.

La primera, visceral e irresponsable, se observa en el pataleo infantil de quienes saben que pierden una de sus armas más poderosas si las personas terminan por entender lo que realmente significa «ser fascista». Y es que decirle a alguien que es facho implica situarlo inmediatamente no sólo entre los enemigos -objetivo central de los fascistas- sino, además, en el lado oscuro de la humanidad; aquél en el que habitan seres desalmados, inmorales y maquiavélicos que se placen en el daño al prójimo. Todo esto opera, naturalmente, de manera inconsciente, pero lo cierto es que a nadie le gusta que le digan que es fascista.

¿Recuerda usted que una parte de la élite de izquierda acusó de “fachos pobres” a quienes votaron por el Presidente Piñera? Pues bien, en ese momento Gabriel Boric planteó que era un error gravísimo descalificar así a los ciudadanos. El maltrato que Boric tuvo que soportar por su atrevimiento fue digno de la práctica fascista: se transformó en el “enemigo” que buscaba dividir a la izquierda. Naturalmente, nuestro diputado frenteamplista no podía decirle a sus correligionarios que ellos mismos estaban siendo fachos en la medida que, inspirados en el odio, dividían el espectro, no entre ciudadanos con preferencias distintas, sino entre amigos, “zurdos pobres” y enemigos, “fachos pobres”. De esa manera los fascistas aprovecharon la rivalidad entre las preferencias políticas de los sectores bajos para dividir parte de la sociedad desde el odio mutuo y la exacerbación de los antagonismos. En consecuencia, lograron abrir la posibilidad de una identificación entre amigos y enemigos capaz de destruir el tejido social; otro éxito del fascismo político.

En un país donde los individuos consideran al otro un enemigo -no un opositor, antagonista o contrincante-, la democracia sucumbe.

La segunda reacción pudimos observarla en las reflexiones de Carlos Peña quien, en una columna que publicó por esos días y, siguiendo a Ortega, afirmó la posibilidad de la existencia de una democracia cuyos ciudadanos abrazan el fascismo mientras conviven respetuosamente. El problema en el que no reparó es que, en un país donde los individuos consideran al otro un enemigo -no un opositor, antagonista o contrincante-, la democracia sucumbe. Ello se explica, desde Hannah Arendt, por el hecho de que la etiqueta del “enemigo” logra difuminar la identidad de cada persona al punto que desaparece como ser único e irrepetible, por ello depositario de derechos inviolables. O sea, el fascismo con sus categorías invisibiliza al otro disolviendo su humanidad en la guerra de colectivos. Sólo así puede promover la negación del valor de su vida.

Planteado en términos más concretos, donde usted vea a un explotador, un dominador patriarcal, un comunacho o a una feminazi, habrá perdido la perspectiva de que se trata de un ser humano único cuya vida es inviolable. En palabras de Arendt, la destrucción de la esfera pública donde habitamos los ciudadanos “ocurre siempre que se pierde la contigüidad humana, es decir, cuando las personas sólo están a favor o en contra de las demás, por ejemplo, durante la guerra, cuando los hombres entran en acción y emplean medios de violencia contra del enemigo. En estos casos, que naturalmente siempre se han dado, el discurso se convierte en «mera charla», simplemente en un medio para alcanzar un fin, ya sirva para engañar al enemigo o para deslumbrar a todo el mundo con la propaganda […]”

Contrario a la tesis de Peña, hoy son pocos los espacios en que la violencia no acompaña todo tipo de crítica o reflexión.

En suma, el fascismo torna imposible el diálogo democrático, mientras logra que las etiquetas sirvan para nutrir el deseo de aniquilación sin problemas de consciencia. Si a ello se suma la violencia que hoy legitima un 65% de los jóvenes, la falta de confianza y de respeto que acampa en nuestras relaciones, debiésemos estar de acuerdo en condenar las prácticas políticas fascistas desde todos los sectores. Y es que, contrario a la tesis de Peña, hoy son pocos los espacios en que la violencia no acompaña todo tipo de crítica o reflexión. Un buen ejemplo es lo sucedido a un ex estudiante de mi cátedra en la universidad quien tuvo que enfrentarse a los insultos de un joven al que intentó explicar los argumentos de mi columna anterior. Después del altercado me envió un correo con el siguiente relato: “luego de improperios varios, consulté a mi interlocutor si conocía el pensamiento medular de la obra de Arendt, traté de explicarle con palabras mundanas el concepto de enemigo objetivo […] pero no fue capaz de entender y solo se quedó entre líneas, creyendo que usted defendía al Partido Republicano chileno. Demás está decir que compruebo fehacientemente que el ejercicio del libre pensar está fuertemente coaccionado por las predisposiciones teóricas y/o políticas y que muchos de los que la leyeron no entendieron un carajo. Lamentablemente, suele suceder más de lo que se quisiera. Un abrazo profesora. Estoy seguro de que quién me increpó hoy se fue a su casa al menos con una duda razonable acerca de lo que pensaba.”

Es en los límites al uso del poder coercitivo del Estado donde se abre un espacio al diálogo entre conservadores y liberales.

La supuesta defensa de cierto conservadurismo -tercera reacción de nuestro mapa- merece un comentario a propósito de las reflexiones que hiciera Valentina Verbal, columnista muy querida, en este mismo medio acerca de lo que ella denominó el “totalitarismo con rostro humano” del Partido Republicano. Evidentemente, no es posible en este espacio responder a todos sus argumentos, pero sí podemos reflexionar sobre una “humanidad totalitaria” que, resumiendo, dejaría fuera del espectro de tipos de vida permitidos en la sociedad a un sinnúmero de personas por no compartir ciertas creencias, hábitos o ideales. Lo que en nuestra lectura la columnista está vinculando al totalitarismo es la exclusión que, efectivamente, los regímenes totalitarios han transformado en una de sus herramientas predilectas en sus dos versiones, comunista y nacionalsocialista. Pero, ¿basta con la exclusión para hablar de totalitarismo? Desde Hannah Arendt el totalitarismo es un fenómeno más complejo. Un régimen es totalitario en la medida que hace uso del poder coercitivo para eliminar toda diferencia entre las personas, imponer la ley del terror y fundar una legislación que responde a los caprichos del líder de turno, bajo cuyas normas nadie sabe cuándo ni quién será la próxima víctima.

También ayudaría a nuestro propósito de acabar con el Estado cultural la venta de TVN, que ha servido para la promoción de la perspectiva dominante en distintos momentos de su historia.

Es en los límites al uso del poder coercitivo del Estado donde se abre un espacio al diálogo entre conservadores y liberales. De hecho, recordemos que este diálogo ha sido posible gracias a la victoria liberal en la disolución del vínculo Iglesia-Estado que servía a la imposición de un tipo de vida a los ciudadanos. En el caso de la derecha chilena, hasta el momento no vemos que entre los principios de ningún partido se promocione la captura del Estado con el fin de destruir la diversidad haciendo uso de la coerción estatal. Sin embargo, desde diversos frentes, el peligro acecha y en ese sentido Verbal tiene razón. ¿Cómo resolver esta tensión entre las distintas voces de la derecha? Pensamos que lo más lógico sería terminar con lo que Nietzsche llama el “Estado cultural”. En este punto, conservadores y liberales debiésemos estar de acuerdo: el fortalecimiento de la democracia, del mercado y la libertad requiere de una influencia limitada del Estado en las vidas de las personas, empezando por eliminar todo rol que, haciendo uso de una coerción que se financia con la plata de todos los chilenos, impone por la fuerza un tipo de vida, unas veces de las mayorías a las minorías, otras, de las minorías a las mayorías.

En resumen: no más ministerio de la cultura que promueve desde siempre un solo ideario, ni educación pública cuyas aulas sirven al adoctrinamiento de los estudiantes. No más uso de recursos públicos en favor de ciertas formas de vida que se imponen a quienes, en su rol de contribuyentes, terminan pagando políticas públicas que van en contra de sus valores y preferencias. Por el otro costado, todas las voces de la derecha pueden decir juntas que sí a los vouchers para los que no pueden pagarse su educación y a una rebaja de impuestos que beneficie a quienes hagan donaciones que promuevan las distintas perspectivas culturales que emergen en la sociedad civil. También ayudaría a nuestro propósito de acabar con el Estado cultural la venta de TVN, que ha servido para la promoción de la perspectiva dominante en distintos momentos de su historia. Con ese dinero podríamos pagar a nuestros profesores al menos parte de la deuda e impulsar su realización profesional en el mundo de la educación privada, lejos de la violencia que caracteriza las lógicas fascistas en que se encuentra capturados hoy y que se resumen en el lema: “el profe facho no es colega”.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: