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Publicado el 19 de octubre, 2018

Vanessa Kaiser: Democracia torcida

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

Si en algo parece fallar nuestra democracia, generando una peligrosa desafección y resentimiento, es en el ejercicio de la representación por parte de nuestra clase política. Son demasiadas las leyes que atentan contra las grandes mayorías; muchas las que se dictan en favor de pequeñas minorías y pocas las que realmente consolidan los aspectos positivos que compartimos en la vida común.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma
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“Hola, mi nombre es María Luz Pierantoni, tengo 18 años, soy hija de profesores, vivo en Santiago de Chile y estoy diagnosticada de distrofia muscular congénita por déficit total de merosina […]” Así comienza el relato contado en las redes sociales por esta joven que, a pesar de no poder caminar y de depender de otros para enfrentar su vida cotidiana, tiene promedio 6,8 y se prepara para dar la PSU este año. Una pensaría que con todas esas dificultades y viviendo en un país con alta sensibilidad frente a situaciones de grave impedimento como la que le afecta, su entorno tendería a facilitarle las cosas. Pero no. Resulta que, habiendo conseguido una silla de ruedas gratis en Italia, no puede ingresarla al país porque el Estado de Chile le cobra un IVA que su familia no puede costear. Y como si fuera poco, al propio estilo de las burocracias kafkianas, amenazan a sus padres con embargarles la casa si no pagan. No por suerte, sino por libre voluntad humana, esta historia tiene un final feliz gracias a que uno de esos “perversos capitalistas” con inclinaciones filantrópicas decide ir en su ayuda.

 

Son varias las lecciones que podemos aprender de un caso como el de María Luz. Empezando por la precariedad de los sueldos de los profesores en un país que alardea con la calidad de la educación sin decidirse a invertir en ella (asumiendo por supuesto que ello implica reducir el gasto en otros ítems), hasta la necesidad que tiene toda sociedad civil de mujeres y hombres dados a la filantropía y preocupados por el bien común. Pero a mí me gustaría invitar a una reflexión diferente cuyo origen es la decepción que, como profesora de filosofía política, me toca enfrentar cotidianamente en las salas de clases con estudiantes de diferentes edades y procedencias socioeconómicas. Hablo de la decepción que veo en ellos cuando cito a la diosa Atenea quien, según cuenta la leyenda, dijera a los ciudadanos de la antigua Grecia que entre la anarquía y la tiranía sólo existe la democracia, “alabad el término medio, os lo imploro”. Y he ahí que surge la decepción, justo en el instante en que los alumnos tratan de imaginar los argumentos que esgrimirían para alabar y defender nuestra democracia.

 

¿Qué tiene que ver esa decepción con la historia de María Luz? Creo que mucho. Una podría empezar por preguntarse: ¿cuándo fue que los ciudadanos votamos para que existan aranceles de importación o impuestos a las sillas de ruedas o cualquier otro objeto similar? Claro, ustedes me van a decir que los ciudadanos no vamos al congreso, que para eso tenemos representantes y con eso habremos llegado al fondo del asunto: la debilidad del principio de representación.

 

Maquiavelo decía que el humano tiende a corromperse y lo mismo hace con las instituciones; de ello estaban convencidos los padres fundadores en EE.UU. y por eso inventaron el sistema de los check and balances que ninguno de nuestros países latinoamericanos ha podido emular correctamente. Pues bien, si en algo parece fallar nuestra democracia, generando una peligrosa desafección y resentimiento, es en el ejercicio de la representación por parte de nuestra clase política. Son demasiadas las leyes que atentan contra las grandes mayorías; muchas las que se dictan en favor de pequeñas minorías y pocas las que realmente consolidan los aspectos positivos que compartimos en la vida común. No vamos a entrar en el detalle; diremos que en María Luz encontramos una mejor representante que en muchos de nuestros legisladores e intentaremos responder a la pregunta de fondo: ¿por qué nuestro principio de representación se encuentra en una situación tan lamentable?

 

Desde la calle el sentido común nos dice que no debe ser fácil representar a las mayorías cuando se es parte de un grupo minoritario cuyos altos ingresos eximen de muchas de las vicisitudes que afectan a los ciudadanos. Es el viejo cuento de las diferencias entre ricos y pobres que dio inicio a un cambio en nuestra forma moderna de comprender la igualdad: ya no reclamamos la igualdad política que Hannah Arendt entiende como <<igual libertad>>, sino una igualdad de condiciones materiales que legitima intervenciones en el mercado tan aberrantes como los impuestos a la silla de ruedas de María Luz. Así el problema es que hoy en día ya no es la democracia a través de la política pública el vehículo que alivia los padecimientos de las mayorías, sino el tormento de muchos. Entre los afectados se cuentan empresarios, sus trabajadores y las familias, los sostenedores de colegios, sus administrativos y profesores, el personal de hospitales católicos que ya no puede atender a la población femenina y un largo etcétera de chilenos que contamos con un transporte público más caro e ineficiente que el anterior, y una promesa de gratuidad universitaria que, sin reformas, pinta un cuadro futuro de muchas sombras y más decepción.

 

A la implementación de la política pública, la total falta de estudios sobre sus efectos y prolongación de programas mal evaluados, se suma el hecho de que, como advirtiera Milton Friedman, si la plata es suya y lo que va a comprar con ella es para usted, se preocupará de tomarse el tiempo para invertirla bien. Pero si el dinero no es suyo y usted no se beneficia con su gasto, entonces las decisiones que tome serán, naturalmente, mucho más descuidadas e ineficientes. ¿Por qué debiera de importarnos? Así es como llegamos al caso de María Luz, cuyos padres deben pagar impuestos exorbitantes para contribuir a una política pública ineficiente que, desde el paternalismo, incrementa la decepción de sus beneficiarios. Dicha decepción se produce porque la naturaleza de los bienes que se entregan gratis es que nunca son suficientes. La pregunta final es a quién representan nuestros representantes.

 

Nuevamente es Carl Schmitt quien nos ofrece la respuesta. El jurista del Tercer Reich enseña que la labor de los políticos consiste en tomar aquellos temas que se encuentran en la sociedad, descubrir su sentido polémico y manipularlos para desarrollar una rivalidad concreta que pueda agrupar a la clase política en colectivos antagónicos. Es en este tipo de praxis donde la fe de los ciudadanos en su democracia termina por horadarse, puesto que sus representantes, en lugar de avanzar temas que afectan a las grandes mayorías de modo constructivo, constituyendo alianzas en pos del bien común, exacerban las diferencias y entran en luchas que importan a muy pocos, desafectando la política de la vida real de las personas. El problema es que mientras ellos juegan a ser gladiadores frente a las cámaras, una niña, que representa a tantos, debe ser salvada. ¿Por quién? Por un empresario que, a su vez, representa a otra parte de nuestro país, también víctima de una clase política que lo ha demonizado. Y es que en nuestra cultura política el sueño compartido por las burocracias y sus legisladores- que viven de nuestros impuestos- consiste en gobernar sin la competencia de un mercado que permita al ciudadano independizarse de las prebendas y favores estatales. Es entonces cuando la democracia se ha torcido puesto que ya no sirve al bien común, sino que al despliegue del incontrarrestable poder estatal en favor de la extracción y gasto del dinero de sus serviles “ciudadanos”.

 

 

FOTO:CRISTIAN OPAZO/AGENCIAUNO

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