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Publicado el 02 de marzo, 2020

Vanessa Kaiser: Aterrorizados por la Campaña

Acádemica Universidad Autónoma Vanessa Kaiser

Hoy está en juego todo lo que conocíamos del 90’ en adelante como nuestro mundo común y no son pocos los sectores que desean destruirlo completamente. Lo curioso es que quienes tienen, por diversas razones, el impulso a conservar este mundo, son acusados de infundir el miedo por santos, filisteos y románticos utilitaristas de la vieja guardia. Para estos últimos, la muerte de unos cuántos y el padecimiento de muchos no les quita el sueño, bien vale la pena si es el costo en la lucha por el paraíso terrenal. Y es que, son fieles a los principios garabateados por la primera línea en los agotados muros de nuestra ciudad: “si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir.

Vanessa Kaiser Acádemica Universidad Autónoma

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Se acusa a quienes rechazamos una nueva Constitución de sembrar miedo y ser artífices de una campaña del terror. Ciertamente, hay en los seres humanos dos impulsos irreconciliables: uno hacia el cambio, el otro hacia la conservación. Podríamos decir que el punto medio es el del cambio paulatino que permite integrar la experiencia a las ideas y las ideas a la experiencia. Es así como la realidad se construye en tiempos razonables y las personas pueden no sólo adaptarse sino, además, contribuir a las transformaciones. Esta forma de hacer y deshacer es propia de las democracias constitucionales cuyas instituciones se mantienen en el tiempo de modo que las nuevas generaciones comparten con las anteriores un mundo común, forjando los lazos entre pasado, presente y futuro.

En este marco de interacción nadie puede arrogarse imponer un tipo de vida que destruya las libertades de los demás ciudadanos. De ahí que, en parte importante de las Constituciones que hoy rigen, existan los famosos quórums calificados que la izquierda chilena detesta. Muy distinto es lo que sucede bajo pseudodemocracias, regímenes totalitarios o en caso de caos total y enfrentamiento bélico. Para hacernos una idea podemos citar a Winston Churchill, quien recordando los tiempos de guerra señaló: “Prácticamente nada material o establecido por las leyes que me habían enseñado a creer era permanente o vital, perduró. Todo lo que daba por seguro que era imposible, terminó sucediendo.”

Volvamos a los dos motores de la actividad humana: el impulso a la conservación y el que conduce al cambio. Ninguno de ellos es malo o bueno en sí; dependerá de las circunstancias y la forma en que se lleven a cabo aquellas acciones que buscan conservar o cambiar. De modo que, si pensamos nuestra actual Constitución en estos términos, un cambio de la misma no tiene nada de malo, mientras cumpla con dos condiciones. La primera es que se haga de forma democrática– o sea que su inspiración no sea el miedo, sino el ánimo de avanzar en el diálogo y las formas pacíficas de llegar a acuerdos mayoritarios- y, la segunda, que conserve aquellos aspectos en que se sostiene nuestro mundo común, como el respeto a los derechos humanos de primera generación, las libertades básicas y la estructura institucional democrática.

¿Por qué? Porque las naciones no son una hoja en blanco en la que se pueda garabatear lo que se desee, por miedo a los grupos violentistas, sin conducir la vida humana al caos y a la consiguiente opresión. Eso bien lo saben los españoles que en el artículo 169 de su Constitución establecen:No podrá iniciarse la reforma constitucional en tiempo de guerra o de vigencia de alguno de los estados previstos en el artículo 116.” Estos son el estado de alarma, excepción y de sitio. La violencia que se desató desde octubre en adelante ameritaría, al menos, declarar estado de alarma, más aún cuando existen serias dudas sobre los orígenes de los eventos de mayor connotación. Planteado en otros términos, violencia y democracia son incompatibles. De ahí que toda persona con vocación democrática denuncie la violencia cuando se transforma en la ruta para la consecución de objetivos políticos.

Hablemos de la vida en democracia. Imaginemos por un momento que la discusión actual hubiese sido conducida en paz, bajo un gobierno democráticamente elegido que la hubiera propuesto en su programa, con los chilenos gozando de una economía saludable y un congreso sin representantes elegidos por minorías irrisorias. ¿Cree usted que se hubiese hablado de una hoja en blanco y que los ciudadanos estarían de acuerdo con una fórmula que pone en riesgo todos aquellos aspectos en que se sostiene su vida común? Yo creo que no. Basta revisar las encuestas de los últimos veinte años y ver la escasa o nula prioridad que la ciudadanía daba a una nueva Constitución para saber que la de hoy es una propuesta inaceptable en tiempos de normalidad. Incluso podemos decir, tras el sinnúmero de reformas hechas por los gobiernos democráticos, que los chilenos nos habíamos apropiado de nuestra Constitución, tal como lo hicieron los franceses con la que les legara De Gaulle. Sin embargo, en tiempos de crisis, cuando el buque se hunde, el impulso que prima entre los seres humanos es el de la autoconservación y su manifestación es el miedo.

“La bolsa o la vida”; sólo un desquiciado no entregaría la bolsa, su ropa y todo aquello que pueda salvarle la vida. De ahí que hoy tengamos un escenario tan adverso porque este proceso constituyente es el último salvavidas que mantiene a flote a una clase política que, muerta de miedo, entregó al asaltante todo lo que cree le salvará la vida. La otra opción era, como dijo nuestro honorable diputado, Florcita Motuda, “irnos todos para la casa”.

En otras palabras, este no es un proceso inspirado en el espíritu democrático que reúne a todo un país en torno a la reflexión sobre sus fundamentos, sino la manifestación del miedo ante la violencia desatada por un grupo de ciudadanos que, en menos de doscientos días, se ha arrogado el derecho a destruir la vida de los demás. Y lo peor es que han sido legitimados por filisteos que buscan resguardar sus intereses personales, carentes de todo principio moral, y por los que se creen santos, pues les lavan los pies en sus comentarios televisivos, exposiciones artísticas y shows multitudinarios.

Es esa línea de los primeros – primeros porque tienen derecho a quemar, destruir, agredir y violar los derechos fundamentales de los otros ciudadanos- la que nos ha mostrado lo que nadie quiere ver: nuestra vocación antidemocrática. Si no me cree vaya y pregunte a lo largo y ancho del espectro político si alguien piensa que las transformaciones en nuestro país se logran sin violencia. Se sorprenderá, porque en lugar de oír que los chilenos debimos votar por aquel candidato que tenía en su programa el cambio de Constitución -que sería coherente con una vocación democrática-, escuchará una justificación de la violencia que ha arrasado con ciudades, cobrado un par de decenas de muertos y destruido el mundo común en el que habita parte de los chilenos como la única forma de cambiar nuestra realidad. O sea que el despertar de este país depende de cuántas estaciones de metro quememos al año, qué cantidad de bombas molotov exploten en las manifestaciones, cuántos edificios se incendien y cuántos ciudadanos queden en condición de segunda línea sin los derechos a libre circulación, libertad de expresión, a su propiedad, a vivir en un ambiente de paz, a trabajar para sostener sus vidas, etc.

Así las cosas, con un proceso constituyente que nadie en un ambiente de paz apoyaba, la campaña del terror que comenzó el 18 de octubre ha hecho estragos y, en caso de ganar el Apruebo, el origen de la nueva Constitución será ese miedo que llevó a la clase política al extremo de transarlo todo en lugar de quitarle a los violentistas el derecho a destruir la vida de los demás y de hacer los cambios con los que se resuelven las demandas sociales.

Finalmente, decir que hoy está en juego todo lo que conocíamos del ’90 en adelante como nuestro mundo común y no son pocos los sectores que desean destruirlo completamente. Lo curioso es que quienes tienen, por diversas razones, el impulso a conservar este mundo y reformar razonablemente aquellos aspectos que lo requieran, o sea, quienes tienen vocación democrática, son acusados de infundir el miedo por santos, filisteos y románticos utilitaristas de la vieja guardia.

Para estos últimos, la muerte de unos cuántos y el padecimiento de muchos no les quita el sueño, bien vale la pena si es el costo en la lucha por el paraíso terrenal. Y es que, son fieles a los principios garabateados por la primera línea en los agotados muros de nuestra ciudad: “si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir.” (Pero la campaña del terror no es la de ellos… como para reflexionar).

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