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Publicado el 20 de marzo, 2020

Valentina Verbal: ¿Pueden los hombres ser feministas?

Tanto el feminismo liberal como el radical —a diferencia del socialista, que puso sus dardos principalmente en la lucha anticapitalista— se terminaron dando cuenta que las estructuras de subordinación debían ser desactivadas desde adentro, debían ellas ser deconstruidas. Las mujeres debían darse cuenta de que ellas mismas eran no sólo víctimas, sino también responsables de las causas de su dominación.

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Aunque el tema del momento sea el Coronavirus, “la vida sigue igual” y los debates públicos que han acompañado a la crisis de octubre volverán tarde o temprano, con mayor o menor intensidad. Uno de ellos, que se puso sobre el tapete a propósito del 8M, se refiere al sujeto político del feminismo. De hecho, las convocantes a la marcha de ese día insistieron en que sólo debían asistir mujeres. Lo mismo ocurrió en el “Mayo feminista” de 2018, que vedó el ingreso de hombres a las reuniones y marchas.

Se trata de una cuestión no menor, puesto que el feminismo es —al mismo tiempo— una teoría política y un movimiento social. De hecho, uno de los grandes debates entre las teóricas del feminismo guarda relación con la pregunta sobre el sujeto del mismo. ¿El feminismo está al servicio de quién? ¿Quién puede ser feminista? ¿Solamente las mujeres? ¿Pueden los hombres ser feministas? ¿Pueden serlo las personas LGBTI? Y si decimos que el sujeto principal del feminismo es la mujer, ¿dónde quedan las mujeres trans? ¿Podrían ellas también ser feministas?

Para responder a estas preguntas, el recurso de la historia puede resultar útil. Si se piensa en la época sufragista, la respuesta pareciera ser obvia. Eran las mujeres las principales demandantes de la igual libertad de la que estaban excluidas. Eran ellas las llamadas a protestar por el incumplimiento de la promesa ilustrada de la universalidad de los derechos. Sin embargo, las mujeres necesitaron de aliados en el mundo masculino. Feministas como Mary Wollstonecraft o Harriet Taylor, entre varias otras, los tuvieron en pensadores como Montesquieu, Condorcet y, sobre todo, en John Stuart Mill. Pero también tuvieron sus enemigos intelectuales: Rousseau y Schopenhauer, por referir sólo dos ejemplos.

Sin embargo, el punto a recalcar aquí es que, bajo la primera ola del feminismo, las mujeres no concebían su lucha sin la ayuda de los hombres o de, al menos, algunos de ellos. De partida, sin ese apoyo difícilmente hubiesen conseguido los votos necesarios para la aprobación de las leyes en favor del sufragio femenino. El caso es que si, además de teórico, el feminismo es político, mal podría concebirse sin acudir a “alianzas estratégicas” con algunos hombres. En este sentido, y al menos por consideraciones prácticas, el feminismo lejos estuvo de concebirse de una manera autárquica, o como una suerte de tribalismo.

Y pese a que, por otra parte, el feminismo de primera ola descartó de plano la existencia de una “naturaleza” femenina que permitiera justificar la subordinación de las mujeres a los hombres —o, para decirlo de manera más suave, su confinamiento en espacio doméstico—, no fue sino el feminismo de la segunda ola, una vez que ya se había conquistado el acceso al voto, el que comenzó a preguntarse sobre las raíces profundas de esa subordinación. Aquí entras los nombres de Simone de Beauvoir y Betty Friedan, en los años 50 y 60 del siglo pasado. Ninguna de las dos —matices mediante— concibió la lucha feminista como una “guerra de los sexos”, sino más bien como una “desactivación” de las estructuras sociales, culturales y legales que, no obstante el acceso al voto, seguían subordinando a las mujeres frente a los hombres. Por ejemplo, en materia patrimonial y de ejercicio profesional.

De la tercera ola del feminismo puede decirse otro tanto. Los conceptos de patriarcado y género, herramientas teóricas del feminismo desde los años 70, se asociaron precisamente a estructuras y discursos que apuntaban a justificar la dominación de las mujeres. Pero que esto ocurra no significa que los hombres como tales, individualmente considerados, o la totalidad de ellos, incluso, encarnen esas estructuras o discursos. ¿Acaso no han sido también muchas mujeres culpables o cómplices de la promoción de esos dispositivos? ¿Acaso no han sido también muchos hombres víctimas de los mismos? Y aunque pueda ser cierto que esos elementos se entendían como orientados a favorecer sistemáticamente a los hombres, no se pensaba que —siempre y necesariamente— eran ellos, en cuanto tales, los responsables de la desigualdad de las mujeres.

¿Qué hay de esa frase que decía que las mujeres son los “ángeles del hogar”? ¿Acaso fueron sólo los hombres los que afirmaban cosas semejantes? ¿Qué hay de las muchas revistas “femeninas”, dirigidas y compuestas por mujeres, orientadas a reproducir las estructuras de dominación, el patriarcado y los discursos de género?

Tanto el feminismo liberal como el radical —a diferencia del socialista, que puso sus dardos principalmente en la lucha anticapitalista— se terminaron dando cuenta que esas estructuras debían ser desactivadas desde adentro, debían ellas ser deconstruidas. No por nada, y ya desde los años 60, surgieron los llamados “grupos de autoconciencia”. Las mujeres debían darse cuenta de que ellas mismas eran no sólo víctimas, sino también responsables de las causas de su dominación. ¿Era ya necesario que compren o participen en revistas femeninas? ¿No resultaba más adecuada la “infiltración” en las masculinas? Y si se mantenían las primeras, ¿no había que resignificarlas, darles un giro, convertirlas en medios de autoconciencia?

Y si hay discursos de género que plantean que, para las mujeres, la biología es destino, ¿acaso lo mismo, al revés, no ocurre para el caso de los hombres? No sólo porque los niños no debían llorar, sino además por el hecho de no ser lo suficientemente viriles en sus juegos y preferencias. Y ¿qué decir de la personas LGBTI? ¿Acaso a los homosexuales no se les consideró, por más de un siglo, como “invertidos”, y luego derechamente como enfermos mentales? ¿Qué hay de la mujeres trans que, durante muchas décadas, estuvieron condenadas a ejercer la prostitución y a vivir en la más cruda marginalidad? ¿No estuvo el feminismo al servicio de todos ellos? ¿Podían ellos sentirse feministas y participar de este movimiento?

Para Judith Butler y la teoría queer, las sexualidades son básicamente performativas, son identidades de género. Y si, como dice Butler, “el sexo siempre fue género”, lo fue porque siempre, en torno a él, se ha trazado un destino para las mujeres y los hombres, pero también para las diversidades sexuales. O, dicho de otra forma, para las mujeres y hombres en cuanto debían ambos cumplir con lo que Adrienne Rich denomina “heterosexualidad obligatoria”.

Sin embargo, y ya en términos políticos, esa misma performatividad podía ser resignificada en favor de un antiesencialismo y en contra de un binarismo. Ni las mujeres ni los hombres tienen una naturaleza que les determine su destino. Ellas y ellos deberían ser los responsables principales de esa determinación. Y ni ellas ni ellos son dos mundos separados, totalmente diferentes, como el día y la noche. En materia de sexualidad hay un continuo. De ahí que el arcoíris LGBTI represente muy bien esta visión. El arcoíris es inclusivo. No por nada, en las marchas LGBTI participan muchas personas heterosexuales, incluyendo a familias con hijos.

Y entonces ¿cuál es el problema con el hecho de que los hombres sean feministas? ¿Por qué no pueden ellos ir a las marchas del 8M? Porque —en opinión de las últimas feministas, binaristas y neoconservadoras— resulta que el sujeto político del feminismo no es otro que la mujer, incluso dicho así en singular. Primero es la mujer, luego las mujeres, en todas sus variedades (indígenas, lesbianas, etc.). Y luego, añaden, es incorrecto afirmar que —caricatura mediante, para referirse a las personas trans— el género pueda determinar la biología, sino que es únicamente la biología la que determina el género. Pero ¿no fue siempre esta segunda versión de las cosas el gran enemigo a vencer en la historia del feminismo? Pareciera que ya no lo es. Pareciera que hoy sólo cabe reclamar un acceso a los mismos derechos, pero sin cuestionar las fuerzas que posibilitan la dominación.

Además, y de la mano del feminismo socialista, hoy se denuncia que el feminismo ha sido tomado por asalto por lo que se califica como un individualismo rampante, representado en el neoliberalismo. La búsqueda de la felicidad, dice el feminismo aquí descrito, no debería nunca ser individual, sino colectiva. En su concepto, son las mujeres, como miembros de una tribu, las llamadas a resignificarse y a cambiar las estructuras, especialmente las económicas. No es casualidad que la filósofa española Ana de Miguel sostenga, en su libro Neoliberalismo sexual, que el feminismo queer da cuenta de un matrimonio muy bien avenido con el capitalismo.

Quizás la mojigatería y el puritanismo de este nuevo feminismo —binarista, conservador e ingenuamente socialista— haga necesario reafirmar y defender la existencia de un feminismo “sin mujeres”. Precisamente, en los tiempos que corren, y a la luz de su larga historia, esta podría ser la gran contribución del feminismo a la humanidad. Un feminismo para todos, y no excluyente, podría —en otras palabras— volver a ser revolucionario, en el mejor y más profundo sentido de la palabra.

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