Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 24 de octubre, 2019

Valentina Verbal: Lo que yo he visto, con el perdón de Plaza Ñuñoa

La única voz que realmente se ha escuchado en estos días —y de la manera más irresponsable que quepa imaginar— es la de una izquierda que, no habiendo aprendido nada de la historia —de las causas y consecuencias de su propio fracaso—, ha legitimado de manera abierta la vía insurreccional —el levantamiento popular en contra de las autoridades constituidas— como mecanismo de acción política. Y que, habiendo hecho esto, ha luego descartado la vía institucional: ganar elecciones para conseguir sus objetivos, deliberar en el Congreso, pactar con sus adversarios.

Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Lo siento, he hecho mi máximo esfuerzo, pero no puedo estar de acuerdo con el diagnóstico que la mayoría de los columnistas, periodistas, políticos, etc., ha emitido acerca de lo que Chile ha vivido durante los últimos días. Ese diagnóstico ha visto en el movimiento que comenzó con las evasiones masivas en el Metro de Santiago una expresión de la voluntad popular, que estaría profundamente descontenta con el actual modelo de desarrollo (“neoliberal”) y con las profundas desigualdades de que éste daría cuenta. Además, han entendido ese descontento como un llamado a efectuar reformas estructurales para superar el modelo (posición del PS, PC y FA) o, al menos, a construir una sociedad más igualitaria en términos materiales (posición de Chile Vamos, DC y PPD, en distintos grados). En términos generales, el referido diagnóstico ha hablado de unas elites que estarían despertando gracias a la “voz de la gente”.

Lo siento, lo he intentado, pero no me parece plausible la interpretación de lo acontecido que se ha tornado hegemónica. Lo que yo he visto es un movimiento muy organizado: un importante sector de estudiantes secundarios se puso de acuerdo para evadir masivamente el pago del Metro, es decir, para incumplir la ley; lo hicieron primero de manera sucesiva y luego de modo simultáneo en muchas estaciones; luego destruyeron todo a su paso: torniquetes, dispensadores y taquillas; y finalmente incendiaron una gran cantidad de estaciones, tanto de manera secuencial como simultánea (para esto último, probablemente, recibieron apoyo de otros grupos). Y mientras todo esto sucedía, ese movimiento no sólo recibió el apoyo más decidido de los partidos y líderes de la extrema izquierda (el PC y el FA), sino que además fue etiquetado bajo el rotulo de “desobediencia civil”. Todavía hoy, después de que todo lo anterior ha sucedido, esos partidos y líderes siguen apoyando con fuerza el movimiento, sin condenar los desmanes, o al menos justificándolos como una suerte de “mal necesario” al servicio del fin buscado: la renuncia del Presidente Piñera al gobierno y la consiguiente superación del modelo de desarrollo.

También, y pese a que he hecho mi máximo esfuerzo, no he podido sino ver que, producto del enorme caos generado en el Metro, el movimiento se terminó extendiendo al saqueo y/o incendio de más de cien supermercados, de una gran cantidad de pequeños comercios, y de otros múltiples lugares estratégicos. Por otra parte, y desde el momento que el gobierno no tuvo otra opción que la de decretar estado de emergencia, con la presencia de militares en las calles, he visto a una izquierda (PC y FA, especialmente) que no ha dejado de llamar a las masas a desobedecer a los militares que custodian el orden público. He visto a Daniel Jadue y Gabriel Boric gritándoles a soldados en su cara, y llamando a incrementar las protestas no autorizadas, no obstante estar el país bajo estado de excepción.

También he visto que esa izquierda ha condicionado su participación en los acuerdos con el gobierno al término de dicho estado. O que, en otras palabras, sigue valorando y fomentando el desorden en las calles para lograr el fin político, que ellos mismos han reconocido en diversos tuits y declaraciones: la caída del gobierno y la superación del modelo.   

No han sido esas protestas las que han despertado a las elites, sino el movimiento inicial, la evasión masiva y la destrucción del mobiliario público y privado a lo largo del país.

Por cierto, he visto también protestas pacíficas; “carnavalescas”, en los términos de Carlos Peña. Emblemáticas han sido las de Plaza Ñuñoa que, congregando a unas 25 mil personas en cada jornada, han bailado y caceroleado para celebrar el despertar de Chile: la voz del pueblo que ahora sí —de manera mucho más clara— le estaría gritando a las elites que es necesario superar el neoliberalismo que nos oprime, y avanzar hacia una sociedad más igualitaria. Han celebrado lúdicamente mientras ese pueblo, que habría hablado, se ha quedado sin Metro, sin trabajo, sin acceso a bienes básicos.

También he visto protestas en Plaza Italia y en diversos puntos del país. Todas ellas han sido posteriores y luego paralelas a los hechos de violencia arriba descritos. Sin embargo, no han sido esas protestas las que han despertado a las elites, sino el movimiento inicial, la evasión masiva y la destrucción del mobiliario público y privado a lo largo del país.  

El diagnóstico del gobierno y de los partidos de Chile Vamos no difiere en lo esencial del de la izquierda: que el pueblo se habría pronunciado en contra de un modelo injusto y opresivo.

Los “hippies” de Plaza Ñuñoa han acusado recibo, han acogido esa expresión de la voluntad popular. Quizás en esos hippies puede sintetizarse —simbólicamente— el diagnóstico con el que, pese a que lo he intentado, no puedo estar de acuerdo. Por eso, no puedo sino decir lo que he dicho, con el perdón de Plaza Ñuñoa, y de todos quienes han protestado pacíficamente, mientras se atenta contra el Estado de derecho, la democracia representativa, y mientras el país se incendia y destruye a más no poder.

Y, por último, he visto también a un gobierno que, incapaz de controlar el orden público —Cecilia Morel no se equivocó al decir que estaban sobrepasados—, ha optado por subirse al carro del diagnóstico con el que, pese a que lo he intentado (he pasado noches enteras en vela), no puedo sino estar en el más completo desacuerdo. Probablemente, el gobierno ha actuado de manera estratégica: para distender el ambiente, para recibir algo de apoyo del sector más moderado de la oposición, para dejar como mezquinos a los dirigentes del PS, PC y FA. Quizás no ha tenido otra opción, lo comprendo. Pero no puedo dejar de decir que lo que yo he visto es que el diagnóstico del gobierno y de los partidos de Chile Vamos no difiere en lo esencial del de la izquierda: que el pueblo se habría pronunciado en contra de un modelo injusto y opresivo.  

Porque, pese a que creo que el Estado debe ayudar a los más necesitados, garantizando las condiciones materiales mínimas para el ejercicio de la libertad, no me puedo comprar la tesis de que el país ha escuchado la “voz de la gente”, que clamaría por cambios profundos al modelo.

Para decirlo de manera clara, lo que yo he visto es que la única voz que realmente se ha escuchado en estos días —y de la manera más irresponsable que quepa imaginar— es la de una izquierda que, no habiendo aprendido nada de la historia —de las causas y consecuencias de su propio fracaso—, ha legitimado de manera abierta la vía insurreccional —el levantamiento popular en contra de las autoridades constituidas— como mecanismo de acción política. Y que, habiendo hecho esto, ha luego descartado la vía institucional: ganar elecciones para conseguir sus objetivos, deliberar en el congreso, pactar con sus adversarios, etc.

Lo que yo he visto, alejándome de las “fuerzas vivas” de Plaza Ñuñoa, es que las elites se han rendido frente a la estrategia asumida por esa izquierda. Y aunque por supuesto no he podido verlo, sí he sido capaz de imaginar las risas y alzamientos de copas de los dirigentes del PC y del FA, que han celebrado no sólo su victoria en las calles, sino sobre todo su triunfo cultural en las elites de este país, incluyendo a las de derecha.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: