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Publicado el 15 de septiembre, 2019

[Reseña] Fabricando hombres de paja

Resulta decepcionante y poco seria la forma caricaturesca en que los autores de Liberalismo en tiempos de cólera representan tanto a la derecha chilena como al liberalismo no igualitario.

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El reciente libro de Andrés Velasco y Daniel Brieba, Liberalismo en tiempos de cólera, ha sido celebrado como un aporte al debate político en Chile. Sin embargo, y sólo considerando el segundo capítulo, resulta decepcionante la forma caricaturesca en que los autores representan tanto a la derecha chilena como al liberalismo no igualitario, especialmente en su explicación de figuras como Hayek y Nozick. En corto, la tesis de los autores es que esa derecha sería básicamente “Chicago-gremialista”; y que, como tal, seguiría una concepción reduccionista de la libertad, entendida como no interferencia. Esto último supondría rechazar —sostienen los autores— la idea de que esa misma libertad requiere de ciertas condiciones materiales para su ejercicio.

Dicen Velasco y Brieba que la derecha actual, y del último medio siglo, cabe definirla como “Chicago-gremialista”, es decir, basada en una suerte de síntesis entre el pensamiento de Jaime Guzmán y un liberalismo económico extremo, representado por la Escuela de Chicago (Milton Friedman, entre otros), por los chilensis “Chicago Boys” y por los pensadores arriba mencionados. Sin embargo, y además de que esta caracterización no resiste ningún análisis en términos históricos, los autores no aportan mayores antecedentes para justificarla. ¿Dónde quedaron las vertientes liberal y conservadora, que durante gran parte del siglo XX conformaron la derecha chilena? ¿Dónde sitúan al Partido Nacional, que constituyó una síntesis de estas dos vertientes? ¿Quién dijo que la adhesión a la libertad económica, por parte de la derecha, habría nacido con los Chicago Boys? ¿Han revisado los autores los documentos de los Partido Liberal, Conservador y Nacional, que se pueden descargar desde Internet? ¿Han consultado la obra de Sofía Correa, que justamente refuta esa tesis? ¿Dónde quedó el aporte a la transición a la democracia de RN y de su otrora “Patrulla juvenil”? ¿Acaso el mismo Presidente Piñera, el único gobernante de derecha desde Jorge Alessandri (¡y por partida doble!), puede seriamente ser calificado como Chicago-gremialista? ¿Sobre qué base puede sostenerse que la derecha chilena, incluso la más reciente, ha asumido una visión de la subsidiariedad como simple “dejar actuar” a los particulares? Esto no es cierto, para nada, a la luz de muchas fuentes doctrinarias, programáticas y, sobre todo, a la luz del actuar concreto de esta derecha, tanto en el parlamento como en los dos gobiernos de Piñera. Lo cierto es que los autores reducen la derecha chilena actual (y de los años recientes) a su peor versión, a la más extrema, representada por la UDI y, actualmente también, por el Partido Republicano de José Antonio Kast. Evópoli es mencionado únicamente en una nota al pie de página. Además, y esto daría para otra columna, hablan de la existencia de un “centro liberal” en la historia de Chile, sin aportar ningún antecedente que ayude a acreditar este hecho. ¿Cuáles, a la luz del pasado y del presente hoy en desarrollo, serían las condiciones de posibilidad para la emergencia del proyecto político que, a través de su libro, Velasco y Brieba le ofrecen al país? El triste espectáculo (en sus elecciones internas) y su rotundo fracaso (en las parlamentarias de 2017) de Ciudadanos no aporta, digamos, luces muy positivas al respecto.

Pero los autores del libro en comento no se conforman sólo con una caricaturización extrema de la derecha chilena, sino que también la amplían a los pensadores que (supuestamente) la habrían influido en términos intelectuales. Más allá de si es cierto o no —yo lo dudo— de que Hayek y Nozick hayan sido referentes para la derecha chilena, resulta tan decepcionante, por lo poco serio, la representación que Velasco y Brieba hacen de esos pensadores, que cabe dudar de si realmente los han leído, al menos más allá de algunas frases aisladas o sacadas de contexto.

Dicen los autores que Hayek y Nozick creen en una libertad como mera no interferencia, lo que —con matices— es cierto. Pero agregan que esto significaría que, por ejemplo, un náufrago, si quiere salvarse, se vería obligado a pactar “voluntariamente” su rescate a través de un pago en dinero. ¡Eso es rotundamente falso! Después de ofrecer esa versión caricaturesca, Velasco y Brieba justifican su propio planteamiento proponiendo la libertad como “no dominación”, que, a diferencia de la libertad como no interferencia, realmente atendería a las condiciones materiales que ayudarían al ejercicio efectivo de la libertad; o, para ser más precisos, del poder de negociación para cerrar acuerdos de manera mucho más simétrica en la sociedad civil y, específicamente, en el mercado.

Presentar en los términos referidos, como lo han hecho los autores de Liberalismo en tiempos de cólera, tanto a la derecha chilena como al liberalismo no igualitario, resulta del todo poco serio.

Sin embargo, la definición que dan de libertad como no dominación (siguiendo a Pettit) es prácticamente calcada a la que Hayek aporta en The Constitution of Liberty (1960) y que reitera en Law, Legislation and Liberty (1973). Después de definir la libertad como ausencia de coacción (no como “no interferencia”, lo que no es no es exacta y necesariamente lo mismo), Hayek dice que la coacción “tiene lugar cuando las acciones de un hombre están encaminadas a servir a la voluntad de otro; cuando las acciones del agente no tienden al cumplimiento de sus fines, sino al de los de otros”. Hayek no dice que la libertad se reduzca a la no interferencia, a la ausencia de violencia física, como aquella que podría afectar el libre desplazamiento de una persona en las calles (otro ejemplo que ponen Velasco y Brieba en su libro). Y, precisamente, además de otras muchas consideraciones, es a partir de esta noción de libertad (que no es la que indican los autores del libro comentado) que Hayek defiende la existencia de servicios sociales en el Estado, siempre y cuando vayan en ayuda de los más necesitados o vulnerables. Hayek, dedicando muchas páginas a tratar esta cuestión, defiende un Estado subsidiario o suficientarista, pero no en el sentido indicado por Velasco y Brieba.

Nozick, por su parte, que —a diferencia de Hayek— defiende la existencia de un Estado mínimo en Anarchy, State and Utopia (1974), hace suya la llamada “estipulación de Locke”, que precisamente haría que se aparte de la definición de libertad que Velasco y Brieba indican que él sostendría. Y justamente, para justificar esa estipulación, pone el ejemplo de un náufrago que llega a hacer costas en una isla, que ya posee dueño. Dice Nozick que el propietario de la isla no podría impedir que el náufrago haga tierra en la isla y haga uso de ella, porque el goce de la misma, por parte del dueño, no debe suponer el empeoramiento de la situación de los demás. Eso significa que el derecho de propiedad no puede nunca establecerse en perjuicio de terceros. Y, sobre todo, quiere decir que la caricatura de propietarios egoístas e indiferentes al destino del prójimo, que defenderían los liberales no igualitarios, no sería más que eso: una caricatura.  

Podría criticarse a Hayek por defender la existencia de un Estado subsidiario o suficientarista, o a Nozick por hacer lo propio con un Estado mínimo (no en el sentido indicado, para ambos casos, por los autores del libro en comento, valga reiterar). Pero ninguno de los dos tiene un concepto de libertad como el descrito por Velasco y Brieba, que llevaría a justificar que los náufragos se ahoguen en el mar (pudiendo ser rescatados), que las personas se mueran de sed en el desierto (habiendo un manantial disponible), o que los pobres de las ciudades se mueran de hambre en las calles (existiendo suficiente comida o riqueza). Tampoco es cierto que la derecha chilena —ni siquiera la llamada, por ellos, “Chicago-gremialista”— sostenga (y que lo haya sostenido alguna vez, si se observa su larga historia) que haya que cruzarse de brazos frente a estas crudas realidades. ¿Acaso no fue un liberal de derecha, Arturo Alessandri Palma, quién buscó dar una respuesta a la llamada, en ese entonces, cuestión social? Podrá discutirse esa respuesta, su calidad e intensidad, pero no la existencia de la misma.

Presentar en los términos referidos, como lo han hecho los autores de Liberalismo en tiempos de cólera, tanto a la derecha chilena como al liberalismo no igualitario, resulta del todo poco serio. Y, en términos políticos —el libro se define, legítimamente, como político más bien que académico— no aporta en nada a la generación de un debate constructivo entre los diversos proyectos partidistas que, en Chile, aspiran a conquistar las voluntades de los electores. Lo cierto es que no se puede debatir desde la fabricación a la carta de hombres de paja, y claramente destinados a ganar ese debate por secretaría.

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