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Publicado el 07 de diciembre, 2019

Valentina Verbal: Democracia orgánica

Para la extrema izquierda, la verdadera democracia no equivale a un ciudadano-un voto, sino a la participación, ojalá de la manera más constante y sistemática posible, de órganos que cumplirían las distintas funciones de la sociedad.

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¡Era de esperar! Resultaba evidente que la extrema izquierda, hoy hegemónica, iba a trabar el acuerdo constitucional a partir de su rechazo a la democracia representativa, basada en el voto individual y en los partidos políticos. Para esa izquierda, lo importante son las organizaciones sociales, entendidas como “fuerzas vivas” o “estructuras naturales” de la sociedad. Así, la verdadera democracia no equivale a un ciudadano-un voto, sino a la participación, ojalá de la manera más constante y sistemática posible, de órganos que cumplirían las distintas funciones de la sociedad.

Está tan asentada esta visión en esa izquierda que la misma palabra Asamblea Constituyente se tiende inmediatamente a asociar a un cuerpo deliberante, integrado por dichas organizaciones: los dirigentes de los trabajadores, de los estudiantes, de mujeres, de comunidades indígenas, incluso de adolescentes. Todos ellos deberían ser los constituyentes “naturales” de una nueva Constitución en Chile. Esta visión, que tuvo cierta importancia en la derecha chilena del siglo XX (aunque a un nivel intelectual más que político, hay que decirlo), ha llegado para quedarse en nuestra izquierda revolucionaria.

No por nada, esa izquierda ha celebrado con tanta fuerza la realización de cabildos “espontáneos”, que darían cuenta de la sociedad como un cuerpo viviente, cuyo corazón palpitaría y sus distintos órganos estarían cumpliendo los roles a los que naturalmente estarían llamados. La calle, por otra parte, sería también expresión de esa visión. Incluso un conocido intelectual de derecha —funcional, para estos efectos, a los intereses de la izquierda— ha escrito muchísimas columnas aludiendo a lo que llama “pulsiones y anhelos populares”. Así, el pueblo sería una entidad orgánica; con cuerpo, pero también con alma. El pueblo expresaría “una” voz, a la que es necesario escuchar y responder.

Nada de lo anterior, como algún lector desprevenido podría pensar, es caricatura. Todo esto está hoy pasando en Chile. Por algo el historiador Gabriel Salazar, uno de los más connotados intelectuales de izquierda y uno de quiénes más ha abogado por una Asamblea Constituyente, ha sostenido que una verdadera democracia debería prescindir del voto individual y de las listas de partidos. Dichas instituciones ayudarían a fortalecer el individualismo “neoliberal” del que Chile tendría que escapar. Para Salazar, una AC realmente democrática debería basarse en “mandatos” colectivos, de abajo hacia arriba. Así, las asambleas populares de base deliberarían sobre el contenido de la nueva Constitución, que se subiría a los mandatarios de la AC nacional.

La superación del neoliberalismo pasaría, de manera principal, por la superación de nuestra democracia: de una democracia liberal debería pasarse a una democracia orgánica. Francisco Franco, quien fuera sacado hace pocas semanas del Valle de los Caídos, quizás se revuelque en su tumba por el hecho de que la izquierda chilena ha acogido un concepto que él popularizó. O quizás, en la confusión de los tiempos postmodernos, aplaudiría el tránsito de la izquierda chilena hacia el fascismo.

Y aunque no toda la izquierda actual comparta esa visión de la democracia, sí se ha tornado hegemónica. Incluso sectores de la ex Concertación tienden a creer que hay más y mejor democracia cuando son los cuerpos intermedios de la sociedad —expresión tan cara para Jaime Guzmán— los que deciden sobre la identidad de la sociedad. A nadie, la verdad sea dicha, le importa mucho si este poder decisorio terminará afectando los derechos de los individuos, o de las minorías.

No es necesario ser guzmaniano, y creer en la “democracia protegida”, para sostener que la democracia es liberal o simplemente no es democracia. Al menos, no lo es al servicio de las libertades, incluso de la misma libertad política. Y aunque algunos digan que la democracia no debería tener apellido, es necesario recordar que, frente a la confusión conceptual que todo proceso de crisis acarrea, los apellidos ayudan. ¿Acaso no se acuerda el lector que los países de la órbita soviética hablaban de “democracias populares”?

Y pese a que no pueda afirmarse con seriedad que la izquierda chilena actual tenga como modelo a esos países, sí cree que la verdadera democracia debería ser la expresión del país, como si éste tuviese cabeza, cuerpo y extremidades. Vox populi, vox dei” es el eslogan del momento. Tan fuerte ha sido, que incluso la derecha (gobierno y partidos) ha buscado escuchar y responder a la “voz de la gente”. El gobierno lo hizo desde el día uno. No sólo se compró el discurso de que luchar contra la desigualdad es más importante que hacerlo contra la pobreza. También se compró el discurso de la democracia orgánica.

Aunque, en el marco de una democracia liberal, las mayorías deben responder a las minorías, tampoco las segundas deben decidir en contra de las primeras. Pero en el Chile actual dos millones de personas valen más que las quince millones restantes. ¿Por qué? Porque la democracia liberal está sucumbiendo frente a la democracia orgánica. ¿Podrá salvarse la democracia liberal? Imposible saberlo. Pero, al menos, no hay que bajar los brazos en su defensa. ¿Existirá alguien que se sume a esta voz de minoría?

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