“¿Qué vale más, el arte o la vida?”, preguntó Phoebe Plummer, la londinense de 21 años, quien vandalizó “Los girasoles” de Van Gogh, en la Galería Nacional de Londres. El lanzamiento de sopa de tomates, por parte del movimiento Just Stop Oil, contra el cuadro del holandés, fue el primero de una seguidilla de lamentables ataques contra obras de arte. Se le unieron el puré de papas contra “Los almiares” de Monet, en el Museo Barberini de Alemania, el tortazo a la figura de cera del rey Carlos III, en el museo Madame Tussauds de Londres, y el pegado de manos a los marcos de “La maja desnuda” y “La maja vestida” de Francisco de Goya, en el Museo del Prado de Madrid. 

El dilema de Plummer nos daría para responder de manera intuitiva que vale más la vida. Pero quizá caeríamos en un falso dilema. Mejor tomarnos el tiempo para analizar el contexto, evaluar cuánta vida nos da el arte, y así probablemente tener una respuesta distinta. El arte cumple con roles fundamentales para la cultura humana. Tiene la capacidad de transmitir emociones, resguardar la historia y compartir tradiciones. A través de este, las civilizaciones han logrado no sólo estructurarse, sino construir un capital cultural trascendental. Además, gracias a las grandes obras artísticas de la historia, múltiples sociedades han logrado solventar sus economías gracias al turismo. Este es un enorme aporte tanto para quienes se enriquecen del conocimiento y goce adquirido, como para quienes pueden construir una economía sustentable en torno a él, que beneficia el desarrollo de las comunidades asociadas. No estamos hablando de simple hedonismo, como quieren hacer entender. 

Algunos medios y simpatizantes de estas agrupaciones argumentan en redes sociales que, en el caso de los ataques a las pinturas, no se hizo daño a las obras ya que estaban cubiertas por un vidrio o protegidas de alguna forma. Que finalmente lo importante es entender el mensaje de estas organizaciones y el fondo por el cual quieren hacer el llamado. O sea que, porque no hubo daño, ¿justificamos que ataquen nuestro patrimonio? La respuesta debería ser que no. Probablemente a partir de estos hechos, los museos y otras instituciones culturales aumentarán los protocolos de seguridad, lo que disminuirá los accesos a las obras, aumentarán las filas de ingreso por revisión en la entrada, y reestructurarán las distancias de observación. ¿Quiénes salen perjudicados? Todos aquellos quienes buscan disfrutar de la belleza del arte y su contemplación, y por supuesto todos quienes viven de este ciclo positivo de creatividad y economía. Esto sin considerar que en un próximo ataque efectivamente se dañen las obras. No olvidemos que cuando los actos vandálicos no se frenan en su origen siguen creciendo. 

No sólo se trata del valor intrínseco de la cultura el que está en juego, sino que su valor económico. Para utilizar la misma argumentación de estas comunidades ambientalistas, es fundamental que consideremos a cuántas personas el arte les da el sustento de vida. Recurriendo a sus mismas justificaciones, ¿cuántos pueden vivir, comer y abrigarse gracias a su existencia? La presencia de museos, esculturas, teatros y arquitectura patrimonial ha sido primordial para el desarrollo de muchos países y sus comunidades. Según la OCDE al año 2020, en países como España el turismo corresponde al 12% de PIB y 13,5% al empleo. Alemania es 4% y 5%, Francia 7,5% en ambos campos, Italia 6% y 8,3%, Portugal 8% y 10%, y Reino Unido 3,7% y 4,7% respectivamente —sólo por nombrar algunos países atacados por los activistas—. El arte representa un importante elemento de valoración en el flujo turístico, por lo que es la base del sustento de cientos de miles de familias alrededor del mundo.

No existe virtuosismo en la destrucción. Los cambios provechosos tampoco se logran a través de la transgresión, sino que al igual que el arte, con la creación. No podemos defender un sustento de la humanidad atacando otro. Si queremos un mejor futuro para el planeta, hay que cuidar el arte, que es el ícono de nuestra trascendencia. Es relevante que como sociedad protejamos el patrimonio cultural de manera transversal. Justificar que cualquier descontento puede manifestarse como la acción violenta contra una persona o infraestructura debiese ser impensado, y más aún cuando se trata de patrimonio de toda la humanidad. 

*Mara Sedini es actriz, Licenciada en Arte y Directora de Asuntos Públicos de Fundación para el Progreso.

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