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Publicado el 10 de junio, 2017

Universidad y rebelión generacional en los años 60

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco
La capacidad de convocatoria y movilización de los jóvenes, la unidad propia de la universidad y el ambiente de la década -proclive a los cambios y rebelde ante el sistema- facilitaron enormemente la protesta estudiantil.
Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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No cabe duda que la década de 1960 tuvo una connotación “mítica” y “utópica” que se proyectó por mucho tiempo. ¡Fueron tantos los sueños y esperanzas, las victorias y derrotas, los amores y abandonos! Quizá uno de los lugares donde se expresó con más claridad el espíritu de la época fue en las universidades, expresión de la formación de una élite, de la reunión de los jóvenes, y que fueron escenarios de algunas de las rebeliones más recordadas de aquellos tiempos.

Quizá el epicentro del movimiento generacional fue el que ocurrió en París en mayo de 1968. Fueron días de protesta -contra el general de Gaulle, contra el orden vigente, contra los “mayores de 30 años”- que por momentos pusieron en jaque a una sociedad donde las revoluciones han sido recurrentes desde fines del siglo XVIII. Pero en realidad se trató de un proceso mucho más amplio, que se proyectó en Europa, en Estados Unidos y en América Latina. Y no está de más recordar que, en el caso de Chile, la rebelión juvenil precedió a otras latitudes, como pudo apreciarse en los movimientos sucesivos de la Universidad Católica de Valparaíso y la Universidad Católica de Chile, en la capital.

¿Qué tenían en común Berkeley y París, Roma y Berlín, Santiago de Chile y Madrid? ¿Por qué ciertos fenómenos locales se repetían en ciudades distintas y con realidades tan diversas? ¿Por qué jóvenes que apenas superaban los veinte años lograban poner en jaque a gobernantes experimentados, sistemas políticos consolidados, sociedades con larga trayectoria o a sus propias instituciones universitarias?

En su valioso estudio Estudiantes universitarios y política en el Tercer Mundo (Montevideo, Editorial Alfa, 1965), Seymour Martin Lipset entrega algunas claves del asunto que comenzaba a ser estudiado en paralelo a la evolución de los movimientos estudiantiles. Si bien distinguía la realidad de naciones diversas, Lipset explica que en las sociedades subdesarrolladas los universitarios serían parte de las élites dirigentes, pero además podían desempeñar “un papel significativo en la vida política de sus países aún durante el período de estudios”. A esto se sumaba la conciencia de gozar de cierta inmunidad por sus actividades dentro de sus instituciones, que se mezclaba con el ambiente propio de la época, de agitación, de transformaciones revolucionarias y de rebelión contra el sistema.

Debemos agregar a este análisis un par de aspectos prácticos y algunas condiciones históricas determinadas. En lo primero, era muy clara la capacidad de convocatoria y movilización de los jóvenes, capaces de sumar a cientos de estudiantes universitarios a las protestas, paros y marchas por diversas causas. A ello se puede sumar la unidad propia de la universidad -en un campus, por ejemplo-, que facilita las comunicaciones, las reuniones y las prácticas de sociabilidad. Esos aspectos, mezclados con el ambiente de la década -proclive a los cambios y rebelde ante el sistema- facilitaron enormemente la protesta estudiantil. Adicionalmente, al ser un proceso internacional y que aparecía en la prensa de los distintos países, generó un efecto dominó que contagió a los jóvenes de otras latitudes por causas análogas a las que se daban en otras sociedades.

De esta manera, en Estados Unidos hubo dos condiciones que facilitaron la protesta estudiantil. Una fue de ellas la lucha por la igualdad de derechos cívicos, en circunstancias que las personas de “raza negra” no disfrutaban de los mismos derechos que tenían otros miembros de la misma sociedad, pero de “raza blanca”. El otro gran tema de aquellos años fue la movilización contra la guerra de Vietnam, que luchaba por la paz o por la no intervención armada de la gran potencia del norte (aunque en ocasiones encubriera una adhesión ideológica y práctica hacia el régimen comunista de Ho Chi Minh).

En el caso de España, aparecía en los años 60 en un contexto en el cual el régimen de Francisco Franco combinaba el crecimiento económico del país con su otoño político. En su hermoso libro Olor a hierba seca. Memorias (Madrid, Ediciones Encuentro, 2008), el filósofo Alejandro Llano nos recrea parte de la situación, cuando afirma que “la ruptura se hizo total cuando estalló la protesta estudiantil con toda su virulencia política y su carácter revolucionario”. La razón habría estado en la persecución política contra algunos profesores de la Universidad de Madrid, lo que motivó al propio Llano a postular a un cargo de representación estudiantil y a participar en los agitados debates de las asambleas que se repetían con singular habitualidad. En una de esas reuniones denunció “la manipulación ideológica de la que el movimiento estudiantil estaba siendo objeto”, lo que en esos días parecía una mezcla de herejía y traición.

El caso de México es mucho más dramático y comenzó como un movimiento estudiantil que reclamaba autonomía universitaria, mientras las fuerzas del ejército mexicano ingresaban a las dependencias de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). La situación política comenzó a polarizarse, y en la jornada del 2 de octubre miles de manifestantes se reunieron en una plaza de Tlatelolco, bajo la vigilancia militar. A las pocas horas se produjo la desgracia, con los disparos contra los manifestantes, mientras muchos procuraban escapar. El resultado fue lamentable: hubo numerosos muertos, aunque las cifras se discuten desde entonces, en un acontecimiento que posteriormente ha sido recreado por la literatura y el cine.

Ese mismo año había ocurrido el Mayo francés y también la Primavera de Praga en Checoslovaquia, aunque la situación del mundo comunista en aquellos años merece una reflexión separada. Para el caso occidental, y refiriéndose a las revueltas estudiantiles de entonces, Tony Judt reflexionaba: “El año 1968 es crucial, porque estaba emergiendo una nueva generación para quien todas las viejas lecciones parecían irrelevantes. Precisamente porque los liberales habían ganado, sus hijos no tenían ni idea de qué era lo que había estado en juego. Aron en Francia, Hook en Estados Unidos, el teórico político Jürgen Habermas en Alemania, todos adoptaron una visión muy similar: el principal activo del liberalismo occidental no era su atractivo intelectual, sino sus estructurales institucionales” (en Pensar el siglo XX, Madrid, Taurus, 2012).

Quizá por eso la historia marchó en un camino diferente al que se proyectó en aquellos años. Camino a cumplirse medio siglo de aquellos acontecimientos, bien vale la pena volver a reflexionar sobre ellos.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)

 

 

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