El 25 de mayo de 2018 la Casa Central de la Universidad Católica fue objeto de una toma organizada por el Movimiento Autónomo Feminista Interseccional, un grupo de estudiantes liderado por mujeres que pedían el fin de una educación sexista y de los abusos y acosos sexuales. La manifestación estuvo marcada por la violencia y los disturbios, incluso hubo agresiones en contra de los alumnos que legítimamente querían ejercer su derecho a ir a clases. 

El hito representó el auge del “movimiento feminista” a nivel nacional, y cada año somos testigos de otros simbolismos a través de los cuales dicha idea se expresa, como la presentación de “Las Tesis” o la marcha que año a año se realiza en la Alameda por el Día de la Mujer. Por supuesto, todos estos símbolos son un factor decisivo en la promoción y aprobación de la ley de aborto en el país.

A cuatro años de esa fecha, es posible decir que las consignas que allí se promovieron y el feminismo que se ha instalado en las distintas universidades responden a una agenda ideologizada que no se ha hecho cargo de muchos problemas que de verdad afectan a la mayoría de las mujeres chilenas. 

El movimiento feminista, que en muchos casos es seguido en forma acrítica, no es de por sí representativo de todas las mujeres. Esto se debe a la excesiva ideologización de la mayoría de sus líderes y varios temas de su agenda, o por las acciones violentas contra creencias valiosas para muchos chilenos y chilenas –como la religión, las vandalizaciones de catedrales u otros lugares de culto– que se suma a la evidente instrumentalización por parte de agrupaciones políticas de partidos y organizaciones de izquierda radical. 

Ahora bien, es necesario un examen más crítico de los problemas que enfrentan hoy las mujeres en Chile –y en el mundo entero– a las que no contribuye el discurso de aborto libre, de victimismo y de odio contra los hombres por ser quienes son y no por lo que hacen. Obviamente, este diagnóstico debe hacerse sin minusvalorar la importancia que tiene para la mayoría luchar por el fin de la discriminación y falta de oportunidades que las han afectado por muchos años, las chilenas hoy necesitan respuesta a problemas más de fondo, que incluye también una agenda real de control de la violencia. 

Terminar con la pobreza que las afecta especialmente –una de cada cinco vive en situación de pobreza multidimensional –, promover la maternidad y dar apoyo a las madres con embarazos vulnerables –el 84,9% de los hogares monoparentales está a cargo de una mujer –, erradicar la violencia intrafamiliar y en otros espacios contra la mujer, promover la igualdad de oportunidades con los hombres e incentivar el desarrollo de liderazgos femeninos, son algunas de los desafíos que valen la pena afrontar por todas ellas. 

Es momento de dejar de lado el discurso de élite que no soluciona lo más urgente, y reemplazarlo por una agenda que realmente se haga cargo de las problemáticas que afectan a mujeres del campo y de la ciudad, de izquierda y de derecha, rubias y morenas, creyentes y no creyentes. Es momento de sincerar el discurso y asumir como propias las banderas por las que queremos trabajar, con el legítimo orgullo de ser mujeres. La mujer no es víctima, es capaz de tomar decisiones y puede desarrollarse en diversas áreas de la sociedad.

*Teresa Le Blanc, directora de Pensando Chile, Fundación ChileSiempre.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta