“Pocos países son capaces de salir por un camino institucional después de haber vivido un estallido delincuencial dirigido y financiado por los narcos”, afirmó Pablo Longueira en su columna publicada esta semana por este mismo medio. ¡Cuánta razón tenía! Si hasta The Economist actualizó el indicador de democracia de Chile de “defectuosa” a “plena” argumentando, entre otras cosas, la salida institucional para la crisis que comenzó el 18 de octubre.

El punto de inflexión sucedió esa violenta noche de mediados de noviembre de 2019, cuando representantes de 10 colectividades y un candidato presidencial acordaron “una salida institucional que buscaba la paz y justicia social”. Chile marcó un hito en la democracia internacional y todos miran expectantes lo que pueda salir del proceso. Pero ¿qué pasa con esas instituciones cuando se enfrentan a una amenaza que se aprovecha de ellas?

Predatoria, parasitaria y simbiótica son las tres etapas que identifica Peter Lupsha a fines de los años 90 cuando estudiaba la relación entre crimen organizado y estado-nación. La primera, caracterizada por bandas sin conexión política ni capacidad de corromper a las instituciones, avanza hacia una etapa parasitaria, donde las bandas interactúan con el Estado pero no han logrado comprarlo. La etapa final o simbiótica es aquella donde las organizaciones se han apoderado del Estado.

Evitar la etapa simbiótica es clave. ¿Cómo lo hacemos?, la pregunta. Fortaleciendo las instituciones y nunca alejándonos de nuestra tradición democrática, la respuesta.

No hay nada más atractivo para quienes se dedican al narcotráfico que las debilidades que puedan tener las instituciones. Se necesita de un cierto grado de corrupción que permita a estos emprendedores ilegales manipular a las autoridades para obtener los beneficios que lleven a su negocio al éxito.

Hace dos meses visitó Chile Eduardo Gómez del Campo, experto mexicano en narcotráfico que vino a participar en un simposio para Gendarmería. En su paso por el país, se entrevistó con un medio de comunicación y su mensaje fue claro: “Si hubiese que ponerlo en una línea de tiempo comparativa, hoy Chile se encuentra como México en los 90. Ya en esos años, uno de mis maestros predijo que la policía se iba ver anulada por la delincuencia organizada”.

En este sentido, la situación actual no la podemos cambiar. El narcotráfico llegó a Chile. Pero si llegó para quedarse, es algo que depende de nosotros. El futuro no está escrito y son las decisiones que se tomen en el presente las que definirán su rumbo. De ahí que, los resultados de esa “salida institucional” a la que se refería Longueira, son tan importantes.

Un estado fuerte siempre es mejor que uno débil. Pero no hay que confundirse cuando se usa el término fuerte. Hay que entender esa fuerza como la fortaleza institucional de un estado consolidado que le permite avanzar hacia mejores niveles de desarrollo y enfrentar los infinitos desafíos no tradicionales que puede traer el futuro.

Es por eso, que el estado en su conjunto debe entregar respuestas. Desde los gobiernos locales hasta el nacional, pasando por los regionales e incluyendo al Poder Legislativo y Judicial, deben trabajar unidos para construir las fundaciones sólidas de nuestras instituciones.

Algunos proponen fortalecer las policías. Ese es un punto de partida. Gracias a su trabajo silencioso los chilenos gozamos de estabilidad para perseguir nuestras metas. Pero, además requerimos de una legislación que se adapte rápidamente al cambio y pueda responder a una amenaza que se transforma constantemente.

¡Todos debemos trabajar unidos por una salida institucional al problema de las drogas!

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