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Publicado el 11 de agosto, 2015

Una Presidenta optimista

En períodos críticos se necesitan líderes que actúen con realismo y resiliencia, pues como decía Churchill “no hay peor error en el liderazgo público que infundir falsas esperanzas que pronto se disiparán”.

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La Presidenta Michelle Bachelet aseguró este domingo que la pérdida de popularidad que ha sufrido últimamente no la hará revisar su programa, porque ella contrasta las encuestas negativas con otras mediciones más personales. “Las personas siguen sacándose fotos y selfies conmigo. Los parlamentarios, los alcaldes, siguen expresándome mucho cariño”, dijo la Presidenta. A su juicio, la creciente oposición a su gobierno se debe principalmente a una mala comunicación y no a un programa de reformas mal diseñado y mal ejecutado: “No es un problema de las reformas”, concluyó.

En momentos en que la desaprobación presidencial se encarama al 70% y 6 de cada 10 chilenos cree que el gobierno va por la dirección equivocada, la Presidenta da muestras de exceso de auto-confianza, aunque hay que reconocer que esta es una característica que comparten muchos políticos y empresarios. No en vano, para el Premio Nobel de Economía Daniel Kahneman, los optimistas son “el motor del capitalismo”, pues sin ellos no habría emprendedores dispuestos a arriesgar su tiempo y su capital, sobre todo sabiendo que uno de cada tres negocios fracasa en Estados Unidos antes de cumplir cinco años. El fracaso es un asunto de los otros, no mío, suelen repetirse los empresarios que subestiman completamente los obstáculos, sufriendo así una ilusión de control. “Sus experiencias del éxito les han confirmado la fe que siempre han tenido en sus juicios y su capacidad para controlar acontecimientos”, concluye Kahneman. “La admiración de los demás refuerza su confianza en sí mismos”.

Como los optimistas suelen confiarse demasiado, asumen más riesgos, y muchas veces caen en lo que Kahneman y Tversky bautizaron como la falacia de la planificación, asumiendo compromisos incumplibles basados en planes y previsiones ideales, pero irrealizables en la práctica.

Un caso emblemático de over-confidence era el de Steve Jobs. Era tal su empeño por sacar adelante sus nuevos productos, que sencillamente desoía cualquier señal que contradijera sus metas. Según su biógrafo, Walter Isaacson, Jobs contaba con “un campo de distorsión de la realidad” como el que tenían los alienígenas de Star Trek, con el que creaban un mundo propio usando solo su fuerza mental.

Esa marcada característica le servía a Jobs para moldear la realidad a su antojo y convencer a sus socios y empleados de alcanzar objetivos casi irracionales. Era “una confusa mezcla de estilo retórico y carismático, una voluntad indomable y una disposición a adaptar cualquier dato que se adecuase al propósito perseguido”, escribe Isaacson. “Si una de sus argumentaciones no lograba convencerte, (Jobs) pasaba con gran destreza a la siguiente. En ocasiones era capaz de dejarte sin argumentos al adoptar de pronto tu misma postura como si fuera suya, sin reconocer en ningún momento que antes él había pensado de forma diferente”.

Al distinguir entre optimistas y pesimistas, la psicóloga social Heidi Grant Halvorson asegura que los primeros suelen ser más carismáticos y populares, pues son los aventureros, los entusiastas, los tomadores de riesgos y los que quiebran las reglas. Suelen ser más abiertos e innovadores, pero son menos cautos, pacientes  y detallistas, pues descuidan el micro-management. Como se aburren más rápidamente porque necesitan estar motivados, dejan muchos proyectos sin terminar y rara vez cuentan con planes de contingencia, pues, a diferencia de los preocupados, no piensan que las cosas vayan a salir mal. “No se preparan para los baches en el camino”, dice Halvorson. “Y no se preocuparán de conservar las ganancias obtenidas o cuidar el progreso que se ha alcanzado”. En buen chileno, los optimistas le echan pa’ delante no más, sin pensarlo demasiado. La parálisis por análisis no figura en su lista de defectos.

Según el profesor de psiquiatría de Tufts Nassir Ghaemi, en tiempos normales y sin sobresaltos los líderes optimistas pueden hacer un buen trabajo, pero como no están acostumbrados al fracaso ni a la adversidad, durante las crisis es mejor contar con líderes pesimistas o abiertamente depresivos, como Winston Churchill, Martin Luther King o Abraham Lincoln. Como estos son más realistas y negativos, evalúan mejor los riesgos. Como están más acostumbrados a que las cosas no les resulten, son más pragmáticos. Según Ghaemi, para períodos tumultuosos se necesitan líderes que actúen con realismo y resiliencia. Bien lo sabía el depresivo Winston Churchill cuando escribió su libro “El vuelco del destino”: “No hay peor error en el liderazgo público que infundir falsas esperanzas que pronto se disiparán”.

 

Ricardo Leiva, académico de la Universidad de los Andes.

 

 

FOTO: JOSE VALENZUELA CORTES/ AGENCIAUNO

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