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Publicado el 14 de febrero, 2020

Una breve, brevísima, historia de Chile

Así llegamos al presente, cuando estamos en las vísperas de iniciar unos de nuestros entretenimientos favoritos, a falta ahora de los religiosos: cambiar la Constitución. Porque cambiar a los chilenos, que es lo que se necesita, ya no sería tan entretenido.

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Así es como pasaron las cosas:

Primero vino el conquistador don Diego de Almagro. Vino y se fue. Como conquistador fue un fiasco. Vino y no conquistó nada, si descontamos un resfrío monumental que agarró al cruzar los Andes.

Después apareció por el Cuzco el capitán don Pedro de Valdivia. Apareció en la misma época en que apareció por allá la viuda doña Inés de Suárez. ¿Qué andaba haciendo la viuda por allá? Ni la más remota idea. Aunque parece que se conocían desde Venezuela. Don Pedro, siglos antes de que su coterráneo Camilo Sesto cantara “¿Quieres ser mi amante?” se lo propuso, así, sin tanta música, a doña Inés y ésta dijo que bueno y decidieron venirse a Chile a labrarse un mejor destino. Como no tenían un céntimo, pidieron un préstamo, como es de rigor en estos casos y contrataron 11 soldados, compraron víveres y caballos y un buen día de enero de 1540 se largaron a la conquista de Chile. Y como faltaban otros cuantos siglos para que se inventara la ley de género, la única mujer que venía en el grupo era doña Inés. El 12 de febrero de 1541 llegó a Santiago, que no se llamaba Santiago, y decidió fundarla y desde ahí que se llama Santiago. Se pasó 11 años fundando ciudades y reconstruyéndolas porque los araucanos, que habían llegado antes que él, se las destruían. Doña Inés, en una de esas, evitó que destruyeran Santiago con el simple expediente de decapitar a 7 caciques ella solita. Doña Inés era, literalmente, una mujer de armas a tomar.

Finalmente, Lautaro, un jefe araucano, mató a don Pedro asestándole valientemente un mazazo en la cabeza mientras don Pedro estaba atado. Después de esto Lautaro se convirtió en el gran jefe de los araucanos, pero le duró poco porque otros araucanos valientemente lo traicionaron entregándolo a los españoles.

Aquí hay que consignar que don Pedro nunca pagó del todo los préstamos que había conseguido y se tuvo que hacer cargo el Virreinato. Inaugurando una práctica que lleva 500 años en el país.

Después de don Pedro los españoles nombraron a García Hurtado de Mendoza como Gobernador. Este Gobernador no tendría ninguna importancia si no fuera porque trajo con él a don Alonso de Ercilla y Zúñiga, un poeta que estaba comisionado para cantar las hazañas del Gobernador. Pero como don Alonso era un poeta y éstos casi siempre entienden las cosas al revés, se puso a cantar las glorias y hazañas de sus enemigos, o sea, los araucanos, y le puso a su obra “La Araucana”. Don Alonso es el culpable que a los escolares chilenos desde hace 200 años se les torture con semejante mamotreto.

Pasaron 250 años en lo que se conoce como la Colonia donde los habitantes se mantuvieron muy entretenidos dedicándose a dos cosas: guerrear contra los araucanos y celebrar fiestas religiosas.

Mientras tanto, y para darle contexto a las cosas, los chinos estaban en China.

Tan entretenidos estaban los colonos con sus guerras y sus fiestas, que no acabaron de darse cuenta que en Europa había un tal Napoleón Bonaparte que estaba conquistando todo el continente y que en 1806 había puesto en cautiverio al muy querido rey de España Felipe VII y en su lugar a su hermano José. Cuando, finalmente se dieron cuenta, aquí en toda América les bajó la fiebre por hacer Juntas. Los chilenos hicimos una el 18 de septiembre de 1810 y nombramos Presidente de ella a don Mateo de Toro y Zambrano, que tenía 83 años o sea que duró poquísimo. Luego surgieron Carrera y O´Higgins, que se peleaban mucho entre ellos al tiempo que peleaban contra los realistas, por lo que anduvimos a los tumbos gran parte de la guerra de Independencia. Finalmente la ganaron los criollos en la gran batalla de Maipú. Esa batalla la dirigió el General San Martín, un argentino, porque O´Higgins estaba herido y además llegó tarde. Algo muy comprensible tratándose de un chileno.

Ya llevamos 200 años de Independencia donde hemos tenido varias Constituciones, guerras civiles, terremotos, golpes y Presidentes. Premios Nóbel y Copas América y Libertadores. Organizamos un Mundial de Fútbol y descubrimos a Leonel Sánchez. Incluso inventamos el Festival de Viña. Tuvimos una guerra con Perú y Bolivia que permitió, entre otras cosas, tener a Cobreloa en el Campeonato de fútbol Nacional. Aunque algunos dicen que no sólo hay que tomar en cuenta a Arturo Prat y al general Baquedano, sino que también a Carlos Condell que, si no hubiera sido por el cañoneo a la Independencia, el Santiago Wanderers estaría jugando en el fútbol nacional del Perú.

Así llegamos al presente, cuando estamos en las vísperas de iniciar unos de nuestros entretenimientos favoritos, a falta ahora de los religiosos: cambiar la Constitución. Porque cambiar a los chilenos, que es lo que se necesita, ya no sería tan entretenido.

Y mientras tanto, para darle contexto a las cosas, los chinos ya no están solamente en China.

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