De derrota en derrota hasta la victoria final

El mundo se ha hecho incomprensible para la izquierda más radicalizada. Lo que empezó con el estallido debió tener como continuidad natural la victoria en el plebiscito y, a estas alturas, respaldado por una definición contundente en las urnas, debería el gobierno estar dedicado a la implementación de su programa.

Lo que se esperaba no era que en el Parlamento se pasara mágicamente de minoría a mayoría. Se anticipaba algo menos tangible, pero igualmente efectivo: que la oposición y todas las fuerzas no oficialistas tuvieran que ceder al darse cuenta de que vivían sus últimos momentos con el grado de representación que han ostentado hasta ahora. Tenían que avenirse a ceder porque estaban siendo derrotados por un proceso histórico incontenible.

Nada de eso sucedió. Lo que no significa que la izquierda dura haya asimilado las nuevas circunstancias y haya variado su conducta en concordancia con las condiciones actuales, mucho más restrictivas.

De hecho, no ha podido adaptarse al nuevo escenario porque ello les significaría reconocer que ha errado de diagnóstico, de estrategia y de enfoque táctico. Asoció fuertemente su propia identidad al convencimiento de encontrarse a las puertas de un cambio revolucionario del cual ella misma era su vanguardia lúcida.

Renunciar al paraíso cuando se cree estar a sus puertas no es algo fácil para nadie. Al no cambiar de comportamiento, el riesgo que se corre es el de golpearse de frente con un muro, porque el voluntarismo es la peor receta por aplicar en tiempos de desengaños. No obstante, quedar a la deriva, en un escenario imprevisto, incentiva las demostraciones apegadas a ideologismos poco refinados.

Los anoréxicos no levantan pesas

Cuando se es minoría, adelantar iniciativas polémicas es lo mismo que perderlas o tener que retirarlas. En cualquiera de las dos circunstancias lo que se verifica es la imposibilidad de cumplir con el programa propuesto. La única alternativa razonable que se tiene a mano es la de producir grandes acuerdos, en particular con la oposición, para gobernar con un respaldo que tus propias fuerzas no te garantizan.

En estos días es esto lo que está ocurriendo en el caso del TPP11 y del proyecto de ley de aborto sin causales. Al predominar la mirada más ideológica por sobre las posibilidades de aprobación, lo que se consigue es verificar, una y otra vez, que los demás pueden conformar una mayoría que predomine sobre tu opinión.

Pero al llevar las cosas hasta el extremo de protagonizar la derrota, algo peor se consigue: la reiterada desacreditación de los objetivos de gobierno como inalcanzables. Es decir, la declaración pública de la inutilidad oficialista para conseguir sus metas, producto de su insistencia por desadaptarse de las demandas sociales efectivamente predominantes.

Nuevamente, lo que importa no es el contenido último en cada discusión en particular, sino el hecho de que no estás mostrando capacidad de presentar ante los demás una sola y misma estrategia. 

El Presidente Boric ha sido conciliador y ha llamado al diálogo en las materias que son declaradas prioritarias: acuerdo presupuestario, énfasis en seguridad ciudadana y negociación constitucional.

Cuando desde el propio gobierno se alteran las prioridades, y se prefiere presentar a contracorriente los aspectos programáticos más identitarios, pero a la vez más resistidos, quiere decir que alguien no está considerando a La Moneda como su referente principal.

El peor escenario para el gobierno es el tener que vérselas con iniciativas particulares de sus autoridades, dotadas de agendas propias y sin ningún interés por controlar las consecuencias que sus acciones deparan para el Ejecutivo. Es un mal de los que están menos adaptados para gobernar, y que continúan aplicando las permanentes reivindicaciones particulares de sus pequeños partidos.

Partimos con Amarillos y seguimos con otros colores

Lo que viene es un tiempo de acuerdos y un periodo en el que nacen y se fortalecen nuevos referentes políticos. Los consensos predominarán porque, tanto la derecha como la izquierda, quieren ver superado el debate acerca de la Constitución antes del inicio del periodo electoral. 

La responsabilidad del fracaso de las tratativas en curso le sería asignado a cada uno de ellos en caso de producirse. Nadie quiere eternizar los desencuentros institucionales, porque eso sería lo mismo que dejar programadas nuevas crisis y estallidos para el próximo gobierno.

De modo que consenso va a existir en las próximas semanas en el Parlamento y consistirá en establecer bases constitucionales acotadas, y un mecanismo para elegir a la sucesora de la Convención. Eso sí, ahora se tendrá cuidado en evitar las distorsiones provocadas por las listas de independientes y la sobrerrepresentación de los pueblos indígenas, sin considerar el número efectivo de votos que movilicen.

De igual manera, el amplio espectro de votos conseguidos por el Rechazo muestra el despertar de los grupos moderados, que se han hecho presentes sin seguir las instrucciones provenientes de los partidos tradicionales de la centroizquierda. 

Son muchos los que están reconcursando en este espacio político y eso dará pie a nuevas organizaciones partidarias y referentes. Amarillos por Chile es el primero, pero no será la última, ni mucho menos, de las agrupaciones que se constituirán.

Lo que se está buscando es llenar el espacio político de nuevo corte que se inaugura con casi 5 millones de nuevos electores, un gobierno que se está quedando con el respaldo que consiguió en primera vuelta y una derecha que no puede dejar de intentar crecer hacia el centro. O sea, lo que se busca son liderazgos individuales y colectivos de reemplazo. Las principales novedades de las próximas semanas serán pródigas al respecto.

*Víctor Maldonado es analista político.

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