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Publicado el 02 de junio, 2015

Un proceso sin padre ni madre

Lo que queda de manifiesto en la crisis actual es que la NM, más allá de exigir igualitarismo, no plantea un relato inspirador que sea a la vez factible y viable.
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Visitando en el cementerio londinense de Highgate la tumba de Karl Marx, que destaca por la escultura de una enorme cabeza del filósofo y sus frases “Proletarios del mundo, uníos” y “Los filósofos no han hecho más que interpretar de modos diversos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, caí en la cuenta de que el proceso de reformas estructurales que dirige Michelle Bachelet carece de ideólogos, al menos en sentido explícito. Y con ideólogos, me refiero a pensadores reconocidos mundialmente, instalados en el panteón de los grandes, no a alguien local o pasajero, que puede caer en desgracia de la noche a la mañana.

Por más que busco en entrevistas y visiones estratégicas de los líderes de la Nueva Mayoría, con la excepción de Piketty, no encuentro menciones a filósofos, pensadores o economistas influyentes que los inspiren. Ni siquiera los dirigentes del Partido Comunista se acuerdan de Marx o Vladimir I. Lenin, aunque estos nutren su visión de mundo y son sus íconos más relevantes. ¿Será así o es sólo estrategia? Me temo que, al menos en lo explícito, el proceso no tiene madre ni padre. Se trata de un proceso huérfano ideológicamente, basado en lo fundamental en la exigencia de una igualdad social urgente y universal.

Los periodistas, que acostumbran a preguntar a los liberales en quiénes nos basamos –si en von Mises, Hayek, Popper, Berlin o Vargas Llosa-, no suelen preguntar a los líderes oficialistas en qué supuestos ideológicos o económicos profundos se basan. Por ejemplo, no hay consultas a los demócratas cristianos sobre Maritain y Mounier, o Adenauer y Erhard y su relación con la política que practican. A los socialdemócratas no les preguntan sobre Kelsen, Arendt o Giddens; y qué decir sobre los partidos de la izquierda dura que llevan la voz cantante en la coalición. Tampoco se consulta a la Mandataria sobre su formación ideológica y Weltanschauung, o sus filósofos predilectos. Tal vez la aparente orfandad de pensamiento estratégico y la escasa conciencia sobre las diferencias ideológicas insalvables entre los aliados son culpables de la desorientación que sufre el oficialismo.

¿Es una ventaja o desventaja carecer en política de referentes ideológicos sólidos? Consideramos que el ideologismo condujo a la polarización y la división nacional, que concluyó con la muerte de la democracia en 1973. ¿Será por eso que hoy son muy pocos los políticos que se identifican con algún ideólogo o filósofo? ¿O es simplemente un asunto de ignorancia? ¿Es esto bueno o malo para el país? ¿Tiene impacto positivo o negativo en la formación política de los jóvenes? ¿Se debe esta falta de referencias profundas a un déficit cultural de los partidos, o a estrategias conscientes, o simplemente a que la política se redujo en Chile a la lucha por el poder, prebendas y dinero, en donde, más que visiones de peso intelectual, se necesitan clises, simplificaciones, dogmas y consignas?

Desde hace decenios la centroderecha y la derecha han estado más ocupadas de los datos, las estadísticas y cómo administrar las cosas que de lo que se denomina el discurso o el relato en política. La situación es radicalmente distinta en la izquierda, que es rica e influyente en sueños utópicos. Nada ilustra mejor esta dicotomía que los gobiernos de Sebastián Piñera, que exhibió una gestión sólida, con crecimiento sostenido y reglas claras, pero sin relato; y la administración Bachelet, pródiga en promesas y utopías, pero con mucha improvisación y una deficiente gestión. Lo que queda de manifiesto en la crisis actual es que la Nueva Mayoría, más allá de exigir igualitarismo, no plantea un relato inspirador que sea a la vez factible y viable. En un marco de mezquino crecimiento económico e inquietante crisis política, ese desequilibrio agrava más la falta de liderazgo nacional.

Desconocemos quiénes son los pensadores que inspiran a la Nueva Mayoría, porque nadie los menciona en términos explícitos. Es ese silencio lo que induce a la especulación. ¿Se siente atraído el corazón de la Nueva Mayoría por el marxismo, por Gramsci o la socialdemocracia europea? ¿Por Venezuela, Francia, Argentina o Finlandia? ¿Miran aún con nostalgia a Cuba y Alemania del Este? ¿Idealizan el Chile entre 1970 y 1973? ¿Quiere la Nueva Mayoría “un nuevo Chile”, como lo declaran varios de sus partidos, uno con un estado con hegemonía en la educación, la economía y la cultura? ¿Desea el oficialismo echar por la borda el país que tenemos o sólo corregir algunos aspectos de su llamado modelo para hacerlo más participativo e inclusivo?

¿Qué convicciones abrigan y qué país desean construir aquellos influyentes izquierdistas y anti-pinochetistas que durante decenios se han financiado brindando asesorías a empresarios estrechamente vinculados con Pinochet? ¿Por qué confiar en ellos cuando afirman que quieren construir un Chile igualitario, justo e inclusivo? ¿Cómo se explica en términos humanos esa perversa contradicción entre discurso público y acción privada, que un connotado ex ministro de Bachelet justificó diciendo que para ciertas operaciones simplemente hay que apretar los dientes y cerrar los ojos?

Me alejo de la tumba de Marx, donde alguien ha dejado una corona de flores –tal vez un representante diplomático de Corea del Norte o Cuba- y me digo que si bien los chilenos no conocen a ciencia cierta la inspiración ideológica profunda del oficialismo, una amplia mayoría de ellos reprueba en las encuestas los resultados que arroja este proceso sin padre ni madre explícitos.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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