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Publicado el 13 de diciembre, 2016

Un país sin bálsamo

En toda discusión pública, indistintamente del tema que se aborde, se ha instalado un tono de trinchera, carente de matices, en que todo es blanco o negro.
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Toscos, rígidos, intransigentes. Así nos hemos puesto los chilenos de un tiempo a esta parte; ciudadanos incapaces de debatir en serio, con profundidad y sin denostar a otros cuando exponen sus puntos de vista. En toda discusión pública, indistintamente del tema que se aborde, se ha instalado un tono de trinchera, carente de matices, en que todo es blanco o negro, y donde la beligerancia es la protagonista, cuyo manto de reproche impide el debate sensato de las ideas.

Actitud que en muchos casos se ve amplificada por las redes sociales, sobre todo por parte de aquellos que actúan desde el anonimato para lanzar su ponzoña si algo no les parece bien o no está en línea con lo que piensan.

Este ambiente de sospecha permanente que se ha instalado en el país –que algunos intentan disfrazar como parte de un “espíritu crítico”, cuando son cosas diametralmente distintas–, es alimentado en gran medida por los medios de comunicación. En forma cada vez más reiterada, cierta prensa se hace eco de esta animosidad, ya sea como actor directo en los contenidos que publica y el lenguaje que utiliza, u otorgando espacio para que terceros se expresen con invectivas y sin mayores argumentos.

Un ejemplo palmario de esto ocurre con el tema de los inmigrantes. Lejos de debatir el fondo del asunto, gran parte de la discusión se ha centrado en si se debe o no dejar ingresar a extranjeros con antecedentes penales, o expulsar a aquellos que hayan cometido algún delito en nuestro país. Los termocéfalos de siempre no tardaron en acusar de discriminación a quienes están por regular esta materia.

No cabe duda de que el asunto es más profundo de lo que se ha debatido hasta aquí, ya que efectivamente el contexto de la inmigración cambió en los últimos años, con un ingreso creciente de extranjeros a Chile, lo cual supone al menos revisar nuestra política migratoria y determinar si la ley actual –en la medida que se aplique– regula de manera adecuada la situación presente.

Pero parece más simple quedarse en las diatribas que hacerse cargo del problema. Así se ve reflejado también en la postura que adopta un número importante de autoridades, que tienden a caer en esta dinámica de la refriega, de la política chica y mezquina, en que finalmente vociferan mucho, pero resuelven poco. Si analizamos nuestra evolución como sociedad en las últimas décadas, se puede observar un cierto grado de bipolaridad en nuestro comportamiento. Pasamos de ser una comunidad inerme y hasta resignada en los 90, a convertirnos en una especie de tribunal de la Inquisición en el último lustro.

En resumen, nos terminamos transformando en un país sin bálsamo, intolerante (incluso entre quienes se dicen defensores de la diversidad y el pluralismo), donde pocos están dispuestos a valorar, respetar, y reconocer las ideas de otros, mucho menos consensuarlas o abdicar de las propias cuando se está equivocado.

Si pretendemos realmente ser un país desarrollado, inclusivo y justo debemos modificar nuestra torcida forma actual de pensar y aproximarnos a los temas, y de convivir con los demás. Estamos inmersos en una lógica de suma cero. Es de esperar que la próxima campaña presidencial sea el punto de partida para comenzar a cambiar esta nociva inclinación a despotricar y anularnos como ciudadanos.

 

Carlos Cuadrado, periodista

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI /AGENCIAUNO

 

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