El siglo XXI y la tecnología han dado paso a distintos estilos de vida y formas de trabajo, y la idea de una legislación laboral que les aplique una única fórmula horaria sin considerar sus particularidades, necesidades y desafíos, resulta cada vez más obsoleta. Un Código del Trabajo moderno debe adaptarse a la diversidad de realidades que enfrentan los trabajadores y, con ello, ofrecer un mayor espacio para conciliar su vida personal y laboral. Estas cualidades son particularmente importantes en un contexto en que el valor del bienestar subjetivo es cada vez más reconocido, y en que ya no solo importa el nivel material de vida que ofrece un trabajo, sino también cómo permite dedicar tiempo al cuidado y desarrollo propio. Esto es lo que la Organización Internacional del Trabajo reconoce como “soberanía temporal”; un principio que está perfilando la legislación laboral del futuro y que Chile ha fallado en incorporar.

La necesidad de contar con mayor espacio de adaptabilidad es particularmente importante para grupos que históricamente han sido excluidos del mercado laboral: jóvenes que buscan compatibilizar los estudios con el trabajo o que simplemente han adoptado un nuevo paradigma cultural; o adultos mayores cercanos al retiro y que buscan formas menos intensas de trabajo. La Encuesta de Bienestar Social 2020 revela también que la adaptabilidad es esencial para las mujeres, quienes tradicionalmente han asumido el grueso de las labores domésticas al interior del hogar, y en comparación con los hombres, valoran el doble la posibilidad de contar con flexibilidad horaria en su trabajo.

Pese a ello, como suele suceder, la ley laboral va un paso atrás y carece de herramientas que entreguen a los trabajadores real control sobre cómo distribuir su carga laboral. Y si bien existen figuras de jornadas especiales, el procedimiento para acceder resulta aún engorroso y suponen una excepción. Al respecto, propuestas como el de una semana laboral de 40 horas tampoco se hacen cargo de este problema.

Por supuesto existen casos como el de la Unión Europea, a través de su Directiva de Balance de la Vida Laboral, en que se ha reconocido la importancia de entregar al trabajador mayor soberanía horaria. En esta línea, Irlanda ha aprobado recientemente una ley que permite a personas con menores a cargo la opción de acceder a esquemas de trabajo flexible. Por ejemplo, la posibilidad de tener una meta mensual de horas trabajadas que pueda ser repartida según los requerimientos del trabajador y de acuerdo a las posibilidades de la empresa.

La aplicación de este tipo de medidas en Chile es una oportunidad para incorporar a la fuerza laboral a aquellos grupos sistemáticamente excluidos que, si bien desean trabajar, consideran que es incompatible con su vida y responsabilidades personales como el estudio y el cuidado de familiares. También, una oportunidad para formalizar a aquellos que han visto en la informalidad una opción más flexible de trabajo y que han debido asumir la precariedad que significa. Es momento de adaptar nuestro Código del Trabajo a los desafíos del siglo XXI y reconocer que un mismo traje no le sirve a todos.

*Alfredo Maira Gajardo es investigador de Horizontal.

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