Las imágenes de TV muestran al Presidente Gabriel Boric declarando a la prensa durante su visita a la región Arica-Parinacota: “Me sorprende mucho la geografía de nuestro país y nuestro continente”, señala con un tono reflexivo digno de un gran pensador. Pero, pese a su impecable lógica, el remate decepciona, porque incurre en la más evidente de las obviedades: “Pensar que estamos lo más al norte de nuestro país y solo unos metros más allá estamos al sur de otro”. La gaffe, convertida en video viral, se distribuye sin cesar por redes sociales. La ironía es clara: tratando de parecer profundo, el Presidente de la República ha hecho el ridículo.

No es primera vez. Su bochornosa acusación contra el rey de España por el retraso en la ceremonia de toma de posesión o la vergüenza que pasó al no reconocer a John Kerry sentado a un par de metros en la Cumbre de las Américas, son ejemplos de ese deseo por ser espontáneo que le juega malas pasadas al mandatario. Ocurrió de nuevo la semana pasada, cuando inauguró el año académico del Instituto de Chile, la solemne corporación integrada por seis academias (Historia, Ciencias, Lengua, Bellas Artes, Medicina y Ciencias Sociales, Políticas y Morales) que congrega a la más alta intelectualidad del país. Sin leer su discurso, que estaba “muy largo”, según dijo, prefirió ir consultándolo a ratos e improvisando en otros. Divagó así por cerca de 40 minutos, mezclando anécdotas, confesiones personales, muestras de ignorancia, análisis político. Un popurrí que no estuvo a la altura de la circunstancia y que ratificó una vez más la inclinación presidencial por la improvisación.

Espontaneidad versus ignorancia

Puede ser que el mandatario crea que posee un don y trate de explotarlo. En ese caso, sus asesores y cercanos deberían hacerle ver que carece de él. Que una cosa es que el presidente piense algunas cosas disparatadas, pero otra muy distinta es que las comunique con desvergüenza. Decir, por ejemplo, que el himno nacional tiene “cerca de diez estrofas, creo… ¿Más?” (son seis) y luego citar su letra equivocadamente no solo evidencia improvisación, sino una ignorancia inexcusable. Confesar que no sabía que O’Higgins contribuyó a la independencia de otros países de América (¿no había escuchado acerca de la primera escuadra nacional o del “empréstito de Irisarri”?) y que dudó sobre mantener el cuadro del prócer en su oficina sugiere una falta de conocimiento elemental sobre la historia del país que gobierna, y constituye asimismo una falta de respeto hacia quien lo dio todo por construir la nación y dotarla de autonomía. 

Es cierto que la figura de O’Higgins fue polémica en su época y luego entre los historiadores. Pero todos le reconocen méritos, incluso sus detractores. De O’Higgins escribió Miguel Luis Amunátegui, un crítico que no duda en calificar su gobierno de “dictadura”, que era “un joven circunspecto, bravo, amante de su tierra natal, lleno de modestia y de entusiasmo”, que “tenía muchas cualidades para granjearse las simpatías de un pueblo como el chileno, y llegar a ser uno de sus héroes. Su índole era muy propia para hacerse popular en su nación”, pues “resumía en sí un gran número de las dotes que caracterizan a los pobladores de esta tierra”. En el otro extremo, Julio Heise señala que O’Higgins fue el “forjador de una tradición democrática” en Chile y que “la grandiosa obra histórica del fundador de nuestra nacionalidad se realizó en un marco de legalidad admirable” si se considera el tamaño del desafío que enfrentaba: derrotar a España y crear una nueva estructura sobre los escombros del régimen colonial. “Todos los grandes libertadores de la América española –Bolívar, San Martín, Artigas— fracasaron en forma lamentable frente a estos dos problemas”, mientras que “O’Higgins les dio solución”, apunta Heise. Pero esto parece ignorarlo el presidente actual, que se confesó “sorprendido” por la generosidad del Padre de la Patria y tuvo que “averiguar” sobre él (como si fuera un desconocido) para adoptar la decisión de mantener su retrato en el despacho presidencial. Con Boric no se cumple aquello que le dijo San Martín a O’Higgins al verlo llegar herido al campo de batalla de Maipú: “¡General!, Chile no olvidará jamás el nombre del ilustre inválido que el día de hoy se presentó al campo de batalla en este estado”.

Mesianismo

Algunos atribuirán a la juventud del mandatario el escaso conocimiento que exhibe en ciertas materias. Como él mismo ha dicho, es un “millennial” en La Moneda. Pero O’Higgins tenía casi la edad de Boric cuando combatió en Rancagua; José Miguel Carrera y Manuel Rodríguez eran mucho menores que el actual presidente cuando intervinieron en la gesta independentista. Diego Portales tenía los mismos 36 años que Boric cuando rehusó la presidencia y asumió su primer ministerio. La bisoñez de nuestros próceres es tal, que el poeta Vicente Huidobro llegó a sostener que “todo lo grande que se ha hecho en América y, sobre todo en Chile, lo han hecho los jóvenes”.

Otra posible explicación para los continuos errores y gaffes del mandatario es que sea intelectualmente perezoso. El historiador Alfredo Jocelyn-Holt, quien fue su profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, ha cuestionado la capacidad académica del jefe de Estado, el hecho de que no haya terminado la carrera, y ha dicho de él que es “una persona poco estudiosa” y que “está muy mal formado”. Si esto es así, las improvisaciones de Boric representan un peligro obvio para su imagen pública y, de mantenerse, le continuarán haciendo un gran daño.

La hipótesis más plausible para explicar el descaro presidencial, sin embargo, se relaciona con la imagen de sí misma y del pasado que tiene la generación que emergió a la luz pública en las protestas de 2011, de la cual Boric es el máximo representante. El mesianismo del que han hecho gala sus miembros desde entonces los llevó a pensar que era posible refundar el país despreciando casi todo lo que los antecedió. No son casuales las antiguas imágenes de Boric flirteando con la violencia, saltando un torniquete en el Metro, mostrando sonriente una polera con el rostro baleado de Jaime Guzmán o gritándole en la cara a un uniformado; son la versión 1.0 de la “espontaneidad” actual del mandatario. Antes, expresaba así su desdén hacia las ataduras convencionales, pues estas obedecían a un pasado espurio que debía ser erradicado. Al mirar al pasado, Boric y su generación progresista veían errores, culpa, injusticia, dominación machista, discriminación, uniformidad, clasismo, desigualdad, abuso. Se sentían llamados a renovar y refundar una república podrida.  

Esa comezón mesiánica quedó expuesta con nitidez en un artículo crítico sobre la reconciliación nacional que escribió Boric en 2013. Allí se congratulaba del comienzo del fin de una era añeja y atisbaba el amanecer de una nueva. Recurría a una famosa cita de Antonio Gramsci para ilustrar el momento: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. El Boric veinteañero no tenía dudas. “Son esos monstruos los que combatimos hoy”, decía, apuntando sin nombrarlos a la transición a la democracia y sus liderazgos contemporizadores con el modelo de la dictadura militar, que “tratan de dar la apariencia de cambio, pero que abogan por mantener el antiguo orden”. Este, según Boric debía ser desmantelado. Por suerte para Chile, añadía, un nuevo aire refrescaba la política chilena para lavar la afrenta y sacudir al país de una historia de oprobio: “Afortunadamente, esta nueva generación pareciera no tener los miedos del pasado”. 

Revalorar el pasado

Boric parece estar empezando a comprender, con Edmund Burke, que “las gentes que nunca miran hacia atrás, a sus antepasados, no mirarán nunca hacia adelante, a su posteridad”. En sus divagaciones en el Instituto de Chile, Boric revalorizó los despreciados 30 años; si se le mira positivamente, en su tardío interés por la figura de O’Higgins o en su redescubrimiento del himno nacional (según declaró ante los, supongo, estupefactos miembros del Instituto, se ha sorprendido a sí mismo cantándolo mientras se ducha, pese a ser más inclinado al punk y al rock) puede desprenderse que el presidente ahora sabe que el pasado y sus próceres tienen algo que decirnos hasta el día de hoy. Además, ha elogiado a Patricio Aylwin y Ricardo Lagos. 

Quizás todo eso lo lleve a dejar de improvisar y a abandonar ese desdén orgulloso respecto de los que forjaron el país que hoy compartimos. A lo mejor entiende que su generación no necesariamente representa la primavera, sino algo menos ambicioso, pero más realista. Que, como afirmó el novelista inglés James Gordon Farrell –agudo narrador del declive del imperio británico— puede constituir un error contemplar las épocas pasadas como antesala de la nuestra, sino que más bien podría ser que la que vivimos sea apenas el crepúsculo de edades anteriores, incluso mejores. Comprender esa posibilidad, sin duda, haría de Gabriel Boric un mejor presidente. Al menos, uno más humilde y menos dado al desparpajo insolente.  

*Juan Ignacio Brito es periodista.

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