La Convención Constitucional terminó su trabajo, y aunque su evaluación final dependerá en buena parte de lo que ocurra en el plebiscito del 4 de septiembre, ya hay elementos suficientes para hacer un juicio sobre su cometido.

La Convención tenía como objetivos ser un órgano verdaderamente; capitalizar el 78% del plebiscito de octubre de 2020; y, en el plazo de un año, proponer un texto que permitiera superar la crisis desatada en octubre de 2019, ofreciendo, por fin, la anhelada casa de todos. 

La elección de los convencionales se dio en circunstancias especiales, pero más especiales aún fueron las reglas de elección de sus miembros. Un sistema proporcional similar al de la elección de la Cámara de Diputados, pero con paridad, con escaños reservados y facilidades para la participación de independientes; generaron un órgano de composición inédita en la historia de Chile.

Transcurridos doce meses desde su instalación, existen tres impresiones bastante instaladas respecto del trabajo de la Convención. En primer lugar, que el texto propuesto no puede ser el que nos rija hacia el futuro por lo que, aun cuando en el plebiscito de salida gane la opción “apruebo”, se van a requerir reformas profundas para hacer el texto viable. La segunda impresión dice relación con aspectos estratégicos de la campaña y consiste en afirmar que la Convención es la principal enemiga del borrador, al punto que se espera que, una vez que salga de escena, el apruebo pueda mejorar su adhesión. Por último, a juzgar por el ambiente y las encuestas, es altamente probable que el resultado del plebiscito sea estrecho y, por lo tanto, terminemos tanto o más divididos que el 18 de octubre de 2019. 

Es decir, la Convención Constitucional fracasó en lo sustancial de sus objetivos y dilapidó las expectativas puestas en ella.

Son múltiples las posibles explicaciones para este resultado. Puede deberse a que los convencionales nunca entendieron que el objetivo era redactar un nuevo texto y no hacer un nuevo país. Puede explicarse por las votaciones en la ducha, el caso del convencional Rojas Vade, los desfiles de convencionales disfrazados de dinosaurio o de animaciones japonesas, y otras expresiones pintorescas.

Puede ser por la soberbia de algunos convencionales (los arrebatos periódicos de convencionales como Stingo o Baradit son ejemplos de manual), que fueron incapaces de entender realmente la oportunidad histórica.

Puede explicarse por las múltiples propuestas descabelladas que afortunadamente no fueron aprobadas, pero que pusieron el foco en discusiones alienantes para una población más razonable que aquella que la Convención decía representar, 

Puede ser por el micro clima que hizo a los convencionales preocuparse de hacer guiños excesivos a grupos identitarios o generar acuerdos exclusivamente entre las izquierdas, en vez de pensar en medidas que pudieran ser aceptables no sólo para el exiguo porcentaje de convencionales de Chile Vamos, sino que para esa población significativa del país que se identifica con las ideas de la libertad, la tradición republicana y la necesidad de crecimiento y seguridad.

La Convención no quiso o no supo atender las diferentes señales de que su trabajo no era el esperado. Prefirieron obviar las encuestas y el ánimo expresado en las últimas elecciones parlamentarias. Hasta el día de hoy hay muchos que se justifican señalando que la ciudadanía, ayer virtuosa y sabia al elegirlos, hoy es fácilmente engañada por las fake news.

No hay duda de que los convencionales trabajaron mucho. Tampoco se puede desconocer que muchas de las críticas no pueden extenderse a todos los miembros de la Convención. Hay muchos convencionales de diferentes colectivos que de buena fe se esforzaron por generar una instancia y un texto que permitiera dotar a Chile de una buena Constitución. Pero no fue suficiente. 

Por eso esta evaluación no es personal, es institucional.

Sigo pensando que el camino constitucional iniciado el 12 de noviembre fue el correcto para la crisis que enfrentábamos. Pero no era este el diseño institucional adecuado para acometer la tarea, y Chile y el mundo deben sacar lecciones de esta experiencia para concluir que la Convención Constitucional fue un mal experimento.

*Andrés Sotomayor es abogado.

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