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Publicado el 23 de agosto, 2015

Un anestésico llamado gradualidad

Consultor de empresas Jaime Jankelevich
La receta que se nos ofrece para sanar el malestar general es un anestésico llamado gradualidad, como si la gradualidad para imponer malas reformas terminaran evitando sus malos efectos.
Jaime Jankelevich Consultor de empresas

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Corría 1974. El país venía saliendo del desastre del experimento de la vía chilena al socialismo con empanadas y vino tinto y para alguien como yo, recién recibido y con solo un título en la mano, lograr encontrar un lugar para iniciarnos en la vida laboral era prácticamente imposible. El ingreso per cápita alcanzaba los 1.656 dólares y el PIB tan solo 17 billones.

Después de un largo tiempo, se nos presentó una oportunidad en la universidad que nos ocupaba gran parte del día, pero como no alcanzaba para tener una vida mínimamente adecuada, suplíamos los bajos ingresos con tres jornadas extras repartidas entre la hora de almuerzo, al final del día y los fines de semana, asesorando empresas que requerían del conocimiento que uno podía brindar.

Y hasta que el país logró salir a flote, fueron años muy difíciles; años en que se nos pidió ajustarnos el cinturón para que Chile pudiera salir adelante; años donde hasta conseguir un lugar para vivir era escaso y algo tan simple como conseguir un teléfono requería de largos meses de espera. Fueron años en que toda una generación tuvo que asumir el costo de las consecuencias del fracaso del gobierno de la Unidad Popular. Años en que tener un trabajo estable y bien remunerado era un privilegio.

El resto de la historia es conocido. En el país surgió una mística que contagió a toda una generación, haciéndonos creer que éramos capaces de cualquier logro; que éramos los jaguares de América Latina y que podíamos salir a conquistar el mundo. Años después volvió la democracia y en base al mismo modelo de economía de mercado, más las reformas consensuadas entre los distintos gobiernos y la oposición, Chile vivió años dorados, a los cuales el país se acostumbró, creyendo erróneamente que iban a durar para siempre y que el modelo que lo había permitido, estaba asumido por todos como algo irrenunciable.

Lamentablemente los que así pensaron estaban equivocados y hoy nos encontramos viviendo una situación en que a ese mismo modelo exitoso se le han introducido y se le seguirán introduciendo reformas ideológicamente estructuradas, mal pensadas y que lejos de mejorar la vida de los chilenos, han logrado crear un clima de incertidumbre, rechazo y desconfianza, que tiene al país sumido en un gran frenazo.

Si a las malas reformas le agregamos la falta de certeza en cuanto al rumbo que tomará la conducción del país, no se le puede exigir a nadie que se embarque en tomar decisiones de inversión, emprendimiento y generación de empleos, cuando los supuestos en que podrían basarse esas decisiones se podrían ver afectados radicalmente por las reformas en trámite y las que se anuncian hacia adelante.

Frente a esto, la receta que hoy se nos ofrece para sanar el malestar general es un anestésico llamado gradualidad, como si la gradualidad para imponer malas reformas terminaran evitando sus malos efectos. Entonces cuidado, porque cuesta despertar de cualquier anestesia, por lo que resulta más recomendable permanecer despiertos y no dormirnos creyendo que al despertar todo será mejor.

Muchos años de largos sacrificios de toda una generación valieron la pena. Entre todos hicimos de Chile un mejor país en todo sentido. Pero así como fueron muchos los años de ardua labor para llegar a ser la joya de América Latina, echarlo todo a perder cuesta muy poco. Nuestra responsabilidad es no permitirlo, por el bien de Chile y sus nuevas generaciones.

 

Jaime Jankelevich, consultor de empresas.

 

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO

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