Por autodeterminación de las naciones se entiende

la formación de un Estado nacional independiente.

                                                                    Lenin 

No es el ayer, el pretérito, lo decisivo para

que una nación exista.

                                             José Ortega y Gasset

Cuando Vladimir Putin inició la invasión a Ucrania, adquirió un notorio parecido con  Hitler. En la precuela de la Segunda Guerra Mundial, éste dispuso la invasión de los Sudetes checoslovacos, porque allí había muchos germanoparlantes. Luego, cuando mentó su panoplia nuclear y mostró su poder hipersónico, su agresión lució como secuela del “equilibrio del terror” de la Guerra Fría.

Ambas percepciones ominosas tienen al  mundo en alerta roja. Los líderes democráticos, en especial, asumen que el presidente ruso -como antes los zares y los jerarcas comunistas- se autopercibe más como jefe de un gran imperio que como jefe de un “simple” Estado-nación. Desde ese imaginario y en nomenclatura geopolítica, Ucrania le sería indispensable para que Rusia recupere su “profundidad estratégica”.

En esto no debió haber sorpresa, exceptuando a los políticos de andar por casa. Los expertos sabían que la concepción imperial de los “grandes rusos” estaba viva en Putin. El politólogo alemán Alexander Rahr en su libro Vladimir Putin, el “alemán” en el Kremlin (2001), narra una intervención suya de 1994 como alcalde suplente de San Petersburgo en un foro de empresarios y expertos europeos. Allí aludió a los 25 millones de rusoparlantes que, tras  la implosión de la Unión Soviética, quedaron varados en los  países de su entorno. Según dijo, pasaron a vivir en territorios que históricamente pertenecieron a Rusia e incluso mencionó la Crimea ucraniana. Añadió, con desparpajo, que en  ningún  caso  se los podía  considerar “ocupantes”, pues también fueron víctimas del régimen comunista y tenían doble nacionalidad. Terminó con un colofón de miedo: “Para mantener la paz universal, la comunidad mundial también deberá respetar los intereses del Estado y del pueblo ruso que constituye, a pesar de todo, una «gran nación»”. 

Entrevistado para el National Interest en 2015, el siempre bien informado Henry Kissinger advirtió el peligro. No le parecía prudente avanzar las líneas de la OTAN hacia las fronteras de Rusia. Los Estados Unidos y la Unión Europea debían tomar sus ínfulas de gran potencia con seriedad, para lo cual “deberíamos explorar las posibilidades de un estatuto de agrupación no militar en el territorio entre Rusia y las fronteras existentes de la OTAN”.

Falsa soberanía

Exmiembro de la KGB y controlador de la Stasi -la policía de la ex República Democrática Alemana-, Putin sigue soslayando ese problema insoluble de sus jefes soviéticos: qué hacer para pasar desde el apoyo de Lenin a la autodeterminación de las naciones vecinas, durante el régimen zarista, a la inserción de esas naciones en el colchón geopolítico de la Unión Soviética, después de la revolución. 

Está claro que no se pudo. Aquellos jerarcas jamás consiguieron que la impronta nacional de las repúblicas periféricas se disolviera en “la patria del proletariado”. Debieron mantenerlas bajo control, con base en la “doctrina de la soberanía limitada”, la que justificó intervenciones militares en Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental y Afganistán.  

Hay tradición, entonces, en la aparente locura de “recuperar” Ucrania. Es la histórica cirugía rusa de la fuerza. Lo nuevo es que, esta vez, no hay resignación democrática en Europa ni excusas aislacionistas en los Estados Unidos, como sucediera con la invasión nazi a los Sudetes. La consigna tácita es que, si no pueden ayudar a Ucrania con fuerzas militares, por la lógica del equilibrio nuclear, sí pueden donarle armas y minar la fuerza de Rusia con sanciones económicas y el repudio diplomático de la gran mayoría de las naciones. 

En esto subyace un realismo cruel. En parte, porque implica el reconocimiento de que Kissinger tenía razón. No fue prudente avanzar las líneas de la OTAN hasta la periferia exsoviética. En parte, porque asume que Rusia podría optar por la mantequilla en vez de los cañones, sólo mediante un estallido interno que tumbe a Putin. 

En el fondo bulle una esperanza humilde: la heroica defensa del Estado-nación ucraniano, liderada por Volodymyr Zelenski. 

El fantasma regional

Si Putin trata de fragmentar un Estado-nación europeo por vía armada, los Estados latinoamericanos están en peligro de fragmentación, por adición no armada de naciones. Se trata del fantasma “plurinacional” que recorre la longitudinal andina, con base en la “refundación” de las repúblicas.

Aquí la palabra “refundación” es un eufemismo para soslayar la palabra “revolución”, que ya no es lo prestigiosa que era. Por ello, en lugar de tomas de los centros del poder político del Estado, ahora se ejecuta vía autodeterminación de los “pueblos y/o naciones internas” maltratadas. Desde esta perspectiva, se configura una distopía contrafactual, inspirada en el romanticismo rousseauniano del “buen salvaje”, “la leyenda negra” de los conquistadores españoles y la orwelliana “rebelión en la granja”.

Sinonimia para descolonizar

La contrafactualidad se explica porque, tras más de dos siglos de independencia republicana formal, los latinoamericanos aún seguiríamos en estado colonial. Para acceder a la independencia verdadera, debemos iniciar una “guerra social total”, con los pueblos originarios a la vanguardia.

Como primer paso táctico, los distópicos despliegan una aplanadora semántica, cuya función principal es homologar como “naciones” a las diversas comunidades que existen en cada Estado de la región: pueblos ancestrales, entes territoriales varios y agrupaciones identitarias muchas. La sinonimia admite, incluso, naciones reconocidas por ley. 

Poco importa que dichas “naciones” no tengan homogeneidad, territorios definidos ni proyectos de futuro común, que las haga viables fuera del Estado nacional vigente.

La estrategia

La  estrategia adivinable se desglosa en dos etapas. En la primera, las naciones incrustadas convierten a los Estados vigentes en lo que Lenin llamaba “Estados abigarrados”. En la segunda, las fuerzas centrífugas generadas colocan  a esos Estados entre la  espada del desmembramiento y la pared de la guerra de verdad. Desde esa espiral agónica, surgirá el Estado-región socialista  y comunitario, que es una suerte de placebo de la integración soñada por Bolívar y, luego, por los líderes republicanos de avanzada social. 

Animador autodesignado de esta empresa es el expresidente boliviano Evo Morales, quien parece percibirse como el sucesor en línea de Fidel Castro y Hugo Chávez. Sus ideólogos son marxistas renovados, que asumen el desprestigio de los partidos políticos, el fracaso del socialismo real, el maltrato republicano a los pueblos indígenas y, en especial, el fracaso de las tesis clásicas sobre la vanguardia social de las revoluciones. 

En esa línea de pensamiento, descartan como vanguardia refundadora a la  clase obrero-industrial de Marx, a la clase campesina militarizada de Mao y a la guerrilla clasemediera de Castro. Por default y en nombre de “la deuda histórica”, asignan esa misión a los pueblos originarios. Es decir, los que estaban en nuestros países antes de 1492. Glosando una formulación de Gramsci, estos pueblos encabezarán un bloque histórico de poder, junto con núcleos obreros y de clase media, sindicatos campesinos, movimientos sociales urbanos, organizaciones de estudiantes, comunidades identitarias  y revolucionarios resilientes. 

Todos con sus banderas propias, alternativas a los símbolos oficiales del obsoleto Estado-nación. 

Harakiri institucionalizado

De lo dicho se desprende que la unidad nacional de los Estados latinoamericanos, por conflictuada que esté, deja de ser un valor por el cual cortarse las venas. Por ende, las constituciones políticas vigentes dejan de ser  la base jurídica de la coexistencia democrática y  los derechos fundamentales de los ciudadanos. Ilustrando la necesidad de reemplazarlas, Hugo Chávez juró, en su momento, por “esta moribunda Constitución”. Álvaro García Linera, ideólogo de Evo Morales, sostiene, ahora, que “ninguna Constitución fue de consenso”. 

Lo más grave (gravísimo) es que la estrategia plurinacional con sus nuevas constituciones, contiene la despotenciación de nuestros países y de sus Estados, en lo interno y lo externo. Plurinacionalizarnos, entonces, es la manera más equivocada posible  de desarrollarnos, defendernos y reparar los indesmentibles errores y abusos republicanos respecto a  los pueblos originarios. 

Por añadidura, el debilitamiento de los Estados realmente existentes también debilitaría a sus eventuales “naciones internas”. En parte, porque homologa las que son demográficamente significativas con entes comunitarios que pueden ser minúsculos. En parte, porque induciría aventuras separatistas que, en ausencia de masa crítica y de recursos, no les permitiría insertarse ni competir en el mundo vecinal y global. 

Añádase que no estamos ante un peligro lejano. Ya tiene plataforma jurídica en las Constituciones de Bolivia y Ecuador y en el borrador de la Convención Constituyente de Chile, en desarrollo. Incluso tuvo un principio de ejecución, en diciembre pasado, con una aventura injerencista de Morales, en el Cusco, que fue desbaratada no por el gobierno, sino por prestigiados diplomáticos peruanos. 

Conclusión

Los latinoamericanos estamos buscando en la antropología la solución para los déficit del Estado actual y soslayando que las naciones prevalecen si sus líderes saben mirar al futuro, con base en el conocimiento y las tecnologías que les proporciona el presente. 

Como efecto previsible, estamos a punto de dispararnos a los pies.

*José Rodríguez Elizondo es escritor y Premio Nacional de Humanidades 2021.

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