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Publicado el 03 de febrero, 2017

Trump y Merkel frente a la historia

Hoy Alemania surge como símbolo de la Europa unida y su canciller como la única capaz de montar una alianza que sea el último bastión de los valores democráticos.
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Con el desatino que acostumbra, Donald Trump -poco antes de asumir como Presidente de Estados Unidos- atacó con gruesos calificativos a la canciller Angela Merkel, acusándola de haber cometido “un error catastrófico” con su política de refugiados: “Haber dejado entrar en el país a todos esos ilegales”. La líder alemana -diplomáticamente- eludió una respuesta, aunque autoridades en Berlín insinuaron que el proteccionismo de Trump iba a dañar a los Estados Unidos.

Pero, cuando el norteamericano celebró el brexit, vaticinó que “más países van a abandonar la UE” porque “la gente quiere su propia identidad”, y reiteró que EE.UU. necesitaba fronteras fuertes para evitar “el desastre” que tenía Europa, Merkel respondió categóricamente: “El futuro de la UE está en manos de los europeos”. Por otro lado, y como si hubieran recibido una orden, los movimientos populistas de ultraderecha en Europa (con Le Pen, Wilder, Petry y los demás) se han dedicado a concentrar sus críticas en la persona de la jefa de gobierno alemana.

Lo anterior podría pasar desapercibido si no fuera porque contiene algunos signos de crisis históricas pasadas que podrían volver a penarnos.

 

La ola proteccionista

Los exabruptos de Trump parecieran reflejar un intento por hundir el libre comercio que tanto pregonó el liberalismo estadounidense (NAFTA, TPP y ALC bilaterales), lo que debilitaría a las potencias exportadoras y competidoras por excelencia (China, Alemania, México). Ello, porque las corrientes neo-populistas actuales, como también el renaciente nacionalismo en el mundo desarrollado, son respuestas equivocadas ante problemáticas económicas y de desarraigo social sin resolver.

La explicación fácil (populista) es que la culpa del desempleo y de las estrecheces económicas la tienen las grandes corporaciones, las multinacionales (ojo que Trump es empresario), los monopolios, el dumping  y los especuladores financieros; en fin, la globalización. Para muchos que la vivieron, la Gran Depresión de 1929 habría resultado de los excesos del capitalismo. Es más, los antisemitas en Alemania responsabilizaron a los judíos de su derrota en la Primera Guerra Mundial, así como de ser unos usureros y acaparadores de riqueza durante el caos económico de los años treinta. Lo que nadie discute hoy es que esa tremenda depresión fue fuente de inspiración para el fascismo y el nazismo, fenómenos que llevaron después a la fratricida Segunda Guerra Mundial.

La recesión financiera de 2008-2013, a su vez, gatilló la reacción de los indignados contra el sistema político imperante (democracia directa vs. democracia tradicional), cuya expresión en el campo económico era la antiglobalización.

Hoy el proteccionismo de Trump pone en riesgo el sistema multilateral y plantea la amenaza de generar guerras comerciales con más fuerza que nunca.

 

El populismo subversivo

Pero el populismo, tanto de derecha como de izquierda, no sólo está provocando un aumento del proteccionismo en todas partes, sino que se empeña también en destruir las bases de la democracia. Líderes mesiánicos buscan debilitar las instituciones para aferrarse al poder y hacer desaparecer a sus opositores. Así lo han demostrado los Chávez-Maduro, Ortega y Evo en América Latina. La demagogia de las principales organizaciones de la izquierda radical europea, Podemos (España),  Syriza (Grecia) y Die Linke (Alemania), está apuntando a hacer desaparecer a los partidos tradicionales (liberalismo y socialdemocracia). La ultraderecha y el neofascismo, desde Francia hasta Europa Central y Oriental, por su parte, han hecho resurgir el nacionalismo y el racismo.

Además, el nacionalismo euroescéptico (rechazo de la UE) se aproxima a personajes tales como Putin y Erdogan, ambos claros adversarios de Merkel: el jerarca del Kremlin busca la expansión rusa a costa de la desintegración política de Europa y el dictador turco pretende una nueva edición del imperio otomano, contrariando los principios de la UE. Ahora, Trump se suma al dueto anti-Merkel.

En fin, si los liberales ingleses abandonan la integración europea (brexit) o los socialistas franceses no se levantan del suelo, es Alemania la que surge como símbolo de la Europa unida y su canciller la única capaz de montar una alianza que se posicione como el último bastión de los valores democráticos.

En ese contexto general, las críticas de Trump a Merkel, la UE y la OTAN ponen en riesgo la seguridad europea y la estabilidad internacional. Y lo que es peor, reflejan la emergencia de un autoritarismo sin parangón en los Estados Unidos, lo que puede terminar siendo una influencia muy negativa para el resto del mundo.

 

La historia se repite, pero con roles invertidos

La sucesión de eventos catastróficos mundiales —como la Gran Depresión, el nacionalsocialismo, las guerras mundiales y el totalitarismo— pareciera perseguirnos. Ayer Churchill y Roosevelt se enfrentaron a Hitler; 75 años después vemos que el “arsenal de la democracia” está renegando de su pasado para incorporarse aparentemente al bando del revisionismo.

Tanto el aislacionismo norteamericano como su cara inversa (internacionalismo antidemocrático), son políticas peligrosas para el sistema internacional. La gran ironía es que hoy vemos con preocupación los futuros pasos de Estados Unidos bajo Trump, mientras que apostamos a la Alemania de Merkel.

 

Juan Salazar Sparks, cientista político, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

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