Hiroshima y Nagasaki demuestran con claridad asombrosa, que la decisión de lanzar un artefacto nuclear sobre un blanco predeterminado es de naturaleza estrictamente política. Y es que el uso de estas armas en un conflicto armado es una cuestión casi abstracta. En la práctica, aunque suene curioso, las armas nucleares no se usan. El miedo a un holocausto y el deseo íntimo de preservar la especie invitan a ser comedidos y no andar, como ocurre con las convencionales, arrojándolas a diestra y siniestra.

Por eso se ha desplegado una narrativa global sobre la inconveniencia de la proliferación nuclear. La posesión de tales armas se concentra, por lo tanto, en una cuestión de prestigio. Es una especie de tarjeta de presentación al club más selecto del orbe, el de las naciones capaces de controlar el átomo. Se trata de un club de élite, donde no se admite a cualquiera. Hay cinco estados considerados tradicionales y otros tres cuya cualidad nuclear es de facto. También hay algunos -como la Sudáfrica del apartheid, la España de Franco, Norcorea, Irán y un largo etcétera- que han intentado trasgredir este status quo. Sin éxito.

El problema es que durante estas últimas semanas se ha comenzado a escuchar con preocupación la posibilidad que el conflicto en Ucrania tenga un desenlace nuclear, semejante al de Japón. Es como si de improviso, el Leviatán global, ese club con derecho a cierta tutela, se hubiese hecho añicos y brotan las advertencias, las amenazas de retaliación y las angustias. Se hace necesaria una reflexión, aunque sea a la pasada, sobre cuán distinto es el mundo de hoy a aquel de Hiroshima y Nagasaki.

Para ello se debe voltear brevemente la mirada hacia algunas décadas atrás y ponerse en el lugar del presidente Harry Truman (sin olvidar que pertenecía al Partido Demócrata) para tratar de asomarse a las circunstancias que lo llevaron a ser el único jefe de Estado en haber autorizado el uso de bombas nucleares. Hasta ahora.

¿Cuál habrá sido el proceso cognitivo que recorrió Truman desde que asumió en la Casa Blanca, el 12 de abril de 1945 hasta la mañana de ese 6 de agosto del mismo año cuando es lanzada la bomba sobre Hiroshima?, ¿quiénes acompañaron al mandatario en tales cavilaciones?, ¿qué se pensó con posterioridad al 9 de agosto, fecha del lanzamiento de una segunda bomba, esta vez sobre Nagasaki?, ¿fue ese reguero de muerte, destrucción y sangre realmente decisivo para la rendición japonesa ocurrida el 14 de agosto?

La mirada en retrospectiva deja atónito. Truman, pese a ser vicepresidente de Roosevelt, fue dejado aparte del proyecto Manhattan, como se denominaba el desarrollo de la primera bomba. Sobre su existencia se informó por boca del secretario de Estado, Henry Stimson, recién el día que falleció Roosevelt y sólo tras la primera sesión de su gabinete. Además, Truman se enteró de la llamada Prueba Trinity (la primera explosión experimental ejecutada en Almagordo, Nuevo México), cuando ya había llegado a la conferencia de Potsdam.

Allí se produjo la famosa conversación que tuvo con Stalin sobre esta materia y que Kissinger rescata en su libro Diplomacia. Al día siguiente del ensayo, Truman debía encontrarse con Stalin y le pidió unos minutos para conversar aparte y confidenciarle la existencia de “un arma colosal, capaz de hacer cenizas a cualquier adversario en cosa de segundos”, a lo cual el líder soviético contestó, casi sin inmutarse, “me alegra saberlo y espero que le den buen uso contra los japoneses”. Kissinger infiere que los soviéticos no sólo ya sabían (a través de sus espías), sino que tenían en fase avanzada su propia bomba atómica, ensayada muy pocos años después.

La mayoría de los testimonios apoyan la idea que Truman actuó bajo el imperativo moral de minimizar el número de víctimas. Ergo, las dos bombas nucleares, pese a haber causado casi 200 mil muertos e inmensos daños, habrían servido para salvar vidas estadounidenses.

Este imperativo moral se conoce como dilema del tranvía. En síntesis, éste plantea que un tren avanza descontrolado y se encuentra a punto de atropellar a 5 personas atrapadas en la vía, pero el conductor dispone de una palanca para desviarlo a otra vía, donde hay sólo una persona atrapada. Puesto ante tal dilema, Truman habría optado por tirar la palanca, evitando el sacrificio de miles de jóvenes estadounidenses, cuya muerte se suponía segura habida cuenta la carnicería en que se transformaron los últimos combates en suelo nipón.

Pero también existen otras versiones sobre estos complejos momentos previos.

Por ejemplo, la del almirante William Leahy, el más estrecho colaborador en cuestiones militares que tuvo Truman y quien escribió un libro de memorias en 1950, llamado I was there. Ahí señala que en su opinión el uso de esta arma no tuvo valor real en el desenlace de la guerra, pues los japoneses ya estaban derrotados y prontos a la rendición gracias al éxito del bloqueo naval y el intenso bombardeo con armas convencionales. Sostiene que el uso de la bomba sólo aceleró una rendición planificada. De hecho, dice, el asalto final de la infantería estadounidense iba a ocurrir el 1 de noviembre.

Luego, otro argumento que deja en el aire el criterio moral de salvar vidas se desprende de la repuesta dada por el premier japonés de la época, Kantaro Suzuki la solicitud de rendición inmediata exigida por los aliados durante la conferencia de Potsdam. Habría contestado con la palabra mokusatsu (que significaría algo así como desprecio silencioso). Aún más, hay quienes sostienen que Suzuki en realidad aceptó rendirse a condición de que el emperador Hirohito no fuese asesinado. O sea, la bomba habría sido arrojada, pese a las súplicas del derrotado.

¿Cuánto difiere esto de la situación en Ucrania?

Todo parece indicar que la guerra durará hasta que los ucranianos deseen seguir combatiendo. Por eso, habiendo derivado esto en una guerra de desgaste (Abnutzungskrieg – protracted war), la tentación a inclinar la balanza de manera definitiva (o para acelerar un desenlace previsible), podría crecer apelando al recurso nuclear. En tal caso, habría que considerar las cavilaciones de Truman, al igual que las de Putin hoy, en el contexto de un cambio estratégico, que precipite el desenlace buscado.

Por otro lado, los acontecimientos indican también que los rusos seguirán involucrados hasta agotar su paciencia. En esa escalada bien puede surgir la tentación a mostrarle poder a sus rivales tecnológicos (y no a todo el mundo). ¿No es el mismo criterio selectivo que impulsó a Truman a informarle en susurro y personalmente a Stalin la existencia de la bomba nuclear?

Es obvio, que algo flota en el ambiente. Los ucranianos construyen refugios antinucleares con la velocidad de un rayo. Los finlandeses y los suecos han agotado las existencias de yodo (que sirve de posible antídoto). Y la lista sigue.

No es un misterio, como bien apuntaba Carlos Escudé al analizar el programa nuclear de Irán hace algunos años, que la construcción de armas de destrucción masiva iba a llegar en cualquier momento. El elemento traccionador es muy evidente. Es el avance y la acumulación de la ciencia y la tecnología (una de las pocas constantes antropológicas de la historia). El ser humano casi nunca des-inventa algo. La Edad de Bronce dejó atrás las flechas y las lanzas de madera. La Edad de Hierro innovó cualitativamente y, desde 1945, se observa demasiado interés en dominar el átomo. Por eso, ya hay varias potencias nucleares fuera del selecto Consejo de Seguridad de la ONU.

Es muy probable que Putin y su staff más cercano se encuentren, en estos precisos momentos, tratando de encontrar respuestas adecuadas a estas y muchas otras dudas conexas. Las mismas que deben haber atormentado a Truman.

Por eso, sus momentos previos son tan instructivos. Hiroshima y Nagasaki no fueron gestos lúdicos ni menos demenciales. ¿Lo será cualquier ciudad ucraniana?

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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