El proceso constituyente nació con trampas, que fueron oportunamente denunciadas por la ciudadanía y ampliamente ignoradas por el mundo político. Luego, durante la elección, instalación y desarrollo de la Convención Constitucional el uso de las trampas de hizo recurrente. Algunas burdas, otras más sofisticadas, pero todas con el único objetivo de saltarse las reglas o de pasar la aplanadora. Poco a poco se empezó a confeccionar un traje a la medida para una mayoría dispuesta a cualquier cosa, con tal de imponer su modelo de Constitución.

Una de las primeras trampas se produjo después del plebiscito de entrada. Los chilenos fueron convocados a las urnas para pronunciarse sobre un proceso constituyente, que tenía unas reglas del juego definidas mediante una reforma constitucional, las que prontamente fueron modificadas a espaldas de la ciudadanía. En efecto, la clase política decidió, saltándose lo dispuesto en la propia Constitución, otorgar escaños reservados a los pueblos originarios, alterando por completo la representatividad del resto de los chilenos dentro de la Convención. Se rompía la regla básica de un ciudadano un voto.

A partir de entonces, la tentación por torcer el espíritu y letra del marco constitucional se apoderó de la Convención. Ya que las opciones de recurrir por ilegalidades y arbitrariedades ante la Corte Suprema estaban limitadas, la mayoría entendió que tenía el camino despejado para cometer todo tipo de trampas. A los intentos de desconocer la regla de los dos tercios, se sumaron los atropellos a la libertad de expresión de los convencionales. Durante este periodo de instalación, la mesa integrada por Loncon y Bassa se caracterizó por alentar y avalar estas arbitrariedades e ilegalidades. 

 El desarrollo del trabajo constituyente tampoco ha estado exento de trampas. Los mismos creativos de siempre buscaron la fórmula -torcida por cierto- de reponer indicaciones que eran rechazadas en el Pleno, presentándolas en otras comisiones de trabajo. Más recientemente, algunas indicaciones rechazadas se han repuesto en la Comisión de Normas Transitorias, como es el caso de la nacionalización de la minería chilena. Otros han pretendido que la Comisión de Armonización resuelva problemas o altere el texto en temas de fondo. Habrá que observar atentamente el proceso de maquillaje que están haciéndole al borrador para que no se convierta en una cirugía plástica.

Considerando que la tónica de la Convención ha sido saltarse las reglas aprobadas por la ciudadanía, la Constitución y ellos mismos, cabe preguntarse qué pasará si el texto es aprobado en el plebiscito de salida. No olvidemos que los convencionales eliminaron el Senado y debilitaron al Tribunal Constitucional, mientras que la Comisión de Normas Transitorias se encuentra elaborando un transantiago constitucional. A partir de su aprobación, queda el campo fértil para más trampas. ¿Y hay más trampas? Sí, claro. Un grupo de convencionales presentó una indicación para que el actual Congreso solo pueda reformar la nueva Constitución con quórum de dos tercios. Un verdadero candado. Ni la Constitución vigente se atrevió a tanto. 

El proyecto de nueva Constitución es tramposo por donde se le mire. Los convencionales nos han dado una lección sobre cómo no se hace un texto constitucional. Pero la culpa no es de ellos. La culpa es nuestra. Nosotros los elegimos y permitimos que nos engañaran. Sólo de nosotros depende que esta Constitución tramposa nunca nazca a la vida.

*Francisco Orrego es abogado.

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