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Publicado el 04 de septiembre, 2017

Todo sigue igual

El ministro Rodríguez Grossi quiere dar una señal a los inversionistas, decirles que hay esperanza; pero se equivoca, la única esperanza es que cambie el gobierno. Hasta entonces todo seguirá igual, aunque cambien todos los ministros.
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En la conocida novela de Lampedusa El Gatopardo aparece el concepto, frecuentemente citado, “que todo cambie para que todo quede igual”. Eso es precisamente lo que recordé al ver las públicas contradicciones entre el ministro de Medioambiente y el recientemente nombrado secretario de Economía, respecto del proyecto minero Dominga.  El primero sostuvo que se trata de un tema cerrado y el segundo afirmó todo lo contrario, esto es, que el proyecto no está muerto.

En términos teatrales podríamos decir que cambiaron los actores —algunos— pero la obra sigue exactamente el mismo libreto. Razón tenía entonces el ex Presidente Piñera cuando dijo que nada se resolvería con el cambio de gabinete, por cuanto lo que se necesita es un cambio de gobierno.

Todo el episodio Dominga ha terminado siendo extraordinariamente dañino para el país, porque ha quedado en evidencia la falta total de conducción en el gobierno y, lo que es peor, es que esa falta de conducción es un problema estructural, cambian las personas y no cambia nada.  El equipo económico, desde que se fue el ministro Arenas, se ha enfrentado una y otra vez con los titulares de carteras sectoriales y, una y otra vez, ha sido derrotado por estos últimos.

Se puede decir, curiosamente, que la gestión de Arenas fue exitosa en cuanto logró hacer las reformas que quería; la del ministro Valdés, en cambio, no tuvo éxito, porque perdió todas las batallas. En ambos casos el perjudicado fue el país, porque las reformas del primero fueron malas y las que no pudo evitar el segundo, también.

La conclusión es bastante obvia, el problema está en la Presidencia. Así de simple, porque la constante que se mantiene en la ecuación es ella y porque sistemáticamente ha expresado su visión contraria a la disciplina que impone la economía para generar las condiciones que permiten el crecimiento.

Su voluntarismo y prejuicios son evidentes. Es ella la que ha impulsado las reformas que han golpeado la competitividad de nuestra economía, que han castigado el ahorro y la inversión, que han aumentado el costo del trabajo más allá de los incrementos de productividad y que, finalmente, ha permitido que primen criterios políticos —en el mal sentido de la expresión— por sobre los técnicos para rechazar un proyecto tan vital para la Región de Coquimbo como es Dominga.

He escuchado a algunos periodistas y analistas que sostienen, como si fuera un progreso, que ya los equipos económicos no tienen la preponderancia que tuvieron antes al interior del gobierno. Quienes afirman esto pareciera que pensaran que nos hemos “liberado” de la opresión de economistas que no tienen sentimientos y que, al decir de la Presidenta, piensan más en los números que en las personas.

Los  ministros de Hacienda —los buenos, por cierto— saben que las prestaciones que da el Estado tienen un costo que se debe financiar y para financiarlo es imprescindible que el Estado tenga ingresos suficientes, lo que no ocurre si la economía del país no crece. También saben que ningún país, como ninguna familia, puede endeudarse indefinidamente, llega un momento en que se acaba la fiesta y hay que pagarla. Nuestros vecinos trasandinos son un buen ejemplo de ello.

De manera que esa responsabilidad fiscal, esa preocupación por generar condiciones para la inversión, no es frialdad, ni falta de sensibilidad por las necesidades de las personas más desfavorecidas. Todo lo contrario, es la mayor y mejor sensibilidad: la que va acompañada de responsabilidad.

Pero, lamentablemente, eso no está claro en el nivel que es más importante que lo esté. O sea, en la Presidencia. Por eso siguen los desencuentros entre los ministros del área económica y los sectoriales que no se preocupan del financiamiento de los programas, sólo piden recursos para ejecutarlos.

El ministro Rodríguez Grossi quiere dar una señal a los inversionistas, quiere decirles que hay esperanza; pero está equivocado, la única esperanza es que cambie el gobierno. Hasta entonces, como en la novela de Lampedusa, todo seguirá igual, aunque cambien todos los ministros.

 

Gonzalo Cordero, #ForoLíbero

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR /AGENCIAUNO

 

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