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Publicado el 18 de octubre, 2015

To be or not to be

No es tarea de ningún gobierno, ni de ningún político, ni de todos los sectores políticos, estar haciendo clases de educación cívica.
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En realidad es bastante pretencioso titular una columna en inglés, especialmente si su autor comparte con Tarzán el mismo nivel de dominio de dicha lengua, pero la genialidad de Shakespeare logró que esta frase (“ser o no ser”) se haya convertido en una expresión universal que, presumo, se comprende por sí misma y tiene sentido más allá de su propio idioma.

El cuestionamiento del príncipe de Dinamarca nos interpela a todos en algún momento de nuestra vida y hoy debieran recordarlo los dirigentes y partidos de oposición, porque la estrategia del gobierno para avanzar hacia una nueva constitución camina por un sendero que está plagado de puertas semiabiertas por las que se escuchan los seductores cantos de las sirenas, las mismas a las que temía Ulises, esas cuya suave voz conduce al naufragio. ¿Cruzará la oposición esas puertas?

Las dos puertas que hoy están en el camino convenientemente abiertas son: primero, el proyecto de reforma constitucional que sólo modifica las normas relativas precisamente al procedimiento de modificación de la constitución, bajando los quórums para dichos cambios; el segundo, es el programa de educación cívica. Vamos por partes.

El primero, parece un proyecto moderado, una suerte de invitación al diálogo y una forma de permitir que este Congreso “ilegítimo”, al decir de los partidarios de la asamblea constituyente, pueda contribuir a institucionalizar el camino hacia la nueva constitución. Escuché incluso que en la UDI se plantea que primero hay que conocer cuál es el proyecto de nueva constitución del gobierno para decidir si se suman con sus votos la rebaja de quórums.

No comparto esa lógica, porque las altas exigencias de aprobación que se requiere para los cambios constitucionales buscan precisamente que tras cualquier alteración en la carta fundamental haya un acuerdo transversal, de una amplia mayoría del país. Escuché recién hace pocos días, en la votación del nombre propuesto para nuevo Contralor, que varios senadores de oposición manifestaban que una autoridad de esa importancia no se podía aprobar por un voto, porque el constituyente al establecer un quórum alto había querido precisamente la concurrencia ojalá de consenso o, en su defecto, del más amplio espectro posible.

Si esa lógica es razonable para la designación de una autoridad, por importante que sea ¿cómo no va a ser aún más razonable que se aplique al pacto jurídico y político esencial que nos rige? El fundamento del quórum es permanente, no dice relación con el proyecto de reforma constitucional de la Nueva Mayoría únicamente. Si esa iniciativa fuera buena, moderada, razonable, asegurara de buena manera los derechos fundamentales y pusiera efectivos límites al ejercicio del poder del Estado, entonces tendrá un amplio respaldo y se aprobará con las mayorías necesarias.

En lo personal yo lo veo exactamente al revés, si la Presidenta Bachelet diera a conocer un buen proyecto de reforma constitucional, con mayor convicción aún apoyaría mantener los altos quórums que se exigen hoy para las modificaciones constitucionales, porque no tendría duda que ellos habrían contribuido a moderar los afanes reformistas del gobierno y, gracias a eso, intentar un cambio consensuado.

La segunda “tentación” para la oposición es el programa de educación/adoctrinamiento (elija usted estimado lector la expresión que lo identifique, para mí es la segunda, pero entiendo que para los partidarios de la NM es la primera), pues el gobierno intentará sumar a todos los partidos al proceso. Ofrecerá instancias de fiscalización, participación y control; es evidente la duda que surge: dirán los dirigentes de oposición, si nos quedamos fuera será peor, el gobierno hará lo que quiera y no podremos decir nada, porque nos ofrecieron participar.

Craso error, no es tarea de ningún gobierno, ni de ningún político, ni de todos los sectores políticos, estar haciendo clases de educación cívica. La instrucción académica se hace a través de sus cauces formales, los hacen los profesores respectivos en todos los niveles educacionales. Lo más evidente de la anormalidad que se pretende implementar, es que su ejecución se le entrega al Ministerio Secretaría de Gobierno, o sea, el más propiamente político de todos los Ministerios, el que tiene como misión diaria evidente la “campaña permanente” tan de moda en la política contemporánea.

La oposición ha dicho que esto es adoctrinamiento, punto de vista que comparto cien por ciento; lo importante es que no sólo es adoctrinamiento porque lo hace el gobierno de turno, en el marco de una iniciativa de cambio que es ideológica y partidista, en un plazo que no es realista para hacer algo serio. Es adoctrinamiento, además, porque lo impulsan y ejecutan áreas y personas del Ejecutivo cuyos cargos y competencias tienen que ver con la difusión de ideas políticas propiamente tales y no con formación académica. Esto no se resuelve porque se sumen más partidos políticos y más políticos, al contrario, empeora porque se pierde toda autoridad para denunciar y criticar una conducta que es reprochable per se.

Estos son los momentos en que no hay que confundirse, asumir primero las razones de fondo que justifican oponerse al proyecto de nueva constitución, y luego comportarse como oposición con toda la convicción posible. Si lo que está en juego hoy no es de principios, entonces no existen los principios en política.

¿Hay oposición o no hay oposición? To be or not to be, diría Shakespeare o, en buen chileno, como le diría un compadre a otro, mirando lo que fue una gran botella de vino: ¿somos o no somos cumpita?

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

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