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Publicado el 22 de septiembre, 2015

Terremotos, aluviones, incendios, erupciones y tsunamis

Las comunidades estremecidas no ceden su soberanía y ya no aceptan que llegue alguna autoridad a decirles lo que es bueno para ellas.
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Atrapados entre ríos de fuego, oleadas de tierra y montañas de agua, pareciera que la naturaleza más cruda, la que hemos perdido de vista, se levanta bajo nuestros pies para profetizar su propio retorno. Ya no necesitamos apostar a un calentamiento lejano para llamarla entre nosotros. Ella se presenta por sí misma en la dignidad que le es propia, imprevisible, desconsiderada e indomable. En una nueva lección de maternidad, la naturaleza se nos revela como la que da y quita la vida. No hay la una sin la otra.

Tal vez Chile sea efímero y está condenado a desaparecer o a reducirse al ancho entre Los Andes y Quillota. Esa posibilidad no nos puede apartar de nuestros afanes pero podría inclinarnos a hacer cambios en nuestra convivencia. Lo probable es que estemos sujetos a un ritmo nuevo de desastres intermitentes y localizados. Lo nuevo de esta secuencia es que nos necesitamos todos, con urgencia.

El tiempo se ha salido de su eje y los elementos se han vuelto locos, el fuego, la tierra y el agua nos han golpeado mientras el aire, asesino silencioso, prepara su sorpresa. La modernidad no da tiempo para llorar. Ser modernos es tener respuestas instantáneas, una actitud combativa y plazos implacables para el barrido. Nuestra eficiencia y nuestra grandeza se miden en la velocidad para desenterrar los muertos y enterrarlos sin pausa.

El terremoto es una forma de regionalización dictada por la naturaleza a la política. En el epicentro, los que han perdido sus bienes y la vida de sus parientes y amigos, ordenan las prioridades del gobierno y del país, al menos por un instante. Y ese momento queda clavado en el pecho del país como una decoración y un recordatorio de la arbitrariedad de las jerarquías y las prioridades de la política.

Las instituciones han aprendido en los desastres lo que olvidan en la normalidad; en el temblor, su función es permitir y facilitar que la gente se organice, defina prioridades, plazos y maneras de abordar el desastre. Las comunidades estremecidas no ceden su soberanía y ya no aceptan que llegue alguna autoridad a decirles lo que es bueno para ellas.

Nos falta aprender a compartir, a aliviar y a lavarnos el cuerpo en estas tragedias. La condición es ponernos más exigentes con la lógica del espectáculo. Exigir reportajes conscientes del pudor y del morbo, menos repetitivos y sin desprecio por la inteligencia de los entrevistados y del público. Los resortes del sentimentalismo que nos inunda desde el aire deberían castigarse con el ostracismo.

Temblamos y es importante mantenernos abiertos al temblor. Dejar que las cosas caigan y que los juicios vacilen. Mantener abierta la herida nos ayudará a abordar encarnadamente nuestros problemas comunes. Abandonar la costumbre de cerrarlos antes de tiempo y aprender a ser fieles al acontecimiento; abrirnos a ser vulnerados y cambiados por él.

¿Qué más podemos aprender? Ni resignación ni distancia; compasión y amor propio. ¿Qué hacer en la espera de las catástrofes por venir? Aprender a bailar entre los saltos de la cueca y los cuidados de la resbalosa para vivir la conmoción.

 

Fernando Balcells, sociólogo.

 

 

FOTO:VICTOR PEREZ/AGENCIAUNO

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