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Publicado el 19 de julio, 2017

Tenemos que ser claros con Bolivia

Chile no ha sido lo suficientemente claro y tajante para transmitir a su contraparte boliviana, a lo largo del tiempo, que aun con la mejor disposición para llegar a un entendimiento bilateral, jamás hará cesión de territorios.
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Conversando el otro día con amigos, me di cuenta de cómo la propaganda de Evo Morales ha hecho mella en ciertos círculos nacionales, incluso entre los bien informados. Agotados por la persistente campaña altiplánica, les preocupa un posible fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) adverso a Chile, o bien, imbuidos de un sincero espíritu americanista, consideran que nuestro país debe hacer un nuevo esfuerzo por negociar con Bolivia una solución a su “problema marítimo”.

Por cierto, ninguno de los contertulios ofreció una fórmula tan concreta como la del iluso precandidato del Frente Amplio, pero igual se hablaron de alternativas como un corredor soberano (sin especificar mucho dónde y cómo) o algún tipo de enclave. El argumento de fondo detrás de la iniciativa era que teníamos que pensar en el futuro de la región y ser más solidarios con nuestro (pobre) vecino, y que no podíamos seguir postergando una negociación ad eternum.

Tanta es la ingenuidad reinante, que he llegado a pensar que la diplomacia pública chilena ha fallado rotundamente en este tema, primero con nuestros compatriotas (pocos conocen de nuestra historia con Bolivia) y segundo con nuestros vecinos.

 

El problema de fondo: propaganda y falsas expectativas

Bolivia tiene una posición geopolítica privilegiada como ‘eje soldador’ del Cono Sur americano. Sin embargo, no la ha aprovechado y es uno de los países más atrasados de la región. No vamos a entrar a fundamentar las causas de ello por falta de espacio, pero sí parece oportuno desmitificar algunos aspectos de la propaganda boliviana: el subdesarrollo en que vive nuestro vecino no es el resultado de su mediterraneidad; tampoco se trata de un país que sufre de un enclaustramiento y que se encuentra asfixiado por sus vecinos; ni siquiera tiene problemas mayores de conectividad física, gracias al más amplio libre tránsito que le ofrece Chile a través de sus puertos en el Pacífico (Arica, Iquique y Antofagasta). Por último, tampoco es responsabilidad chilena que La Paz no haya aprovechado las alternativas ofrecidas por Perú en Ilo o la utilización de Puerto Busch en el río Paraguay para la salida al Océano Atlántico, ni las concesiones portuarias y zonas francas de Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay en el Paraná.

Visto lo anterior, Bolivia no está buscando mejorar su conexión al mar, sino que, en el fondo, alimenta toda una reivindicación marítima, lo que implica la modificación del Tratado de 1904 con Chile para la recuperación de territorios y su supuesta “condición marítima”. Dicho sea de paso, Charcas, el Alto Perú, y Bolivia siempre tuvieron una “condición altiplánica”, nunca una marítima. De allí que la posición maximalista que mantiene hoy Bolivia no tiene asidero en la realidad. Es más bien una cuestión emocional que el irredentismo y la propaganda han impregnado en el pueblo boliviano. Ningún tribunal u organismo internacional hoy fallará a favor de la revisión de los tratados, como tampoco lo hizo la Sociedad de las Naciones ayer.

Para complicar más las cosas, Chile no ha sido lo suficientemente claro y tajante para transmitir a su contraparte boliviana, a lo largo del tiempo, que aun con toda la buena disposición que muestre para llegar a un entendimiento bilateral, jamás hará cesión de territorios.

 

La estrategia altiplánica

No obstante este punto fundamental, Bolivia ha persistido en su objetivo de reivindicacionista, empleando una estrategia (sobre todo Evo Morales) que busca ganarse el apoyo de la opinión pública mundial y de los organismos internacionales, así como el concurso de determinados sectores chilenos que le son favorables (ingenuos, americanistas, populistas e izquierdistas bolivarianos). Para Bolivia, todas las armas para presionar a Chile son válidas, desde la solidaridad ideológica (ALBA) y la compasión del Papa Francisco, hasta los fallos de tribunales internacionales, empleando para ello la propaganda y la desinformación, como también los artilugios jurídicos y las distorsiones históricas.

La estrategia boliviana pretende sacar partido de la ‘relación asimétrica’ con Chile. Por ello, su propaganda muestra al país como una nación pobre, pacífica y pequeña, en tanto que al nuestro como un mal vecino, un Estado expansionista y belicoso que usurpó injustamente su litoral. Analistas altiplánicos reconocen que en esa estrategia se explotan tanto la lógica pedigüeña y lastimera como las constantes provocaciones e insultos para que Chile reaccione con fuerza frente al débil. Por otro lado, existiría una tendencia sociológica entre los bolivianos a creer que las normas son siempre flexibles y, por lo tanto, que se pueden pasar por alto sin más. Por lo mismo, todos los tratados de límites con Bolivia han tenido que ser revisados (1866 y 1874) y, a juicio de La Paz, el de 1904 no debiera escapar a esa regla general.

 

Convencimiento boliviano y dudas chilenas

Después de cien años de irredentismo y de la espuria campaña reciente de Evo Morales, la realidad histórica y la fantasía emocional se entremezclan en ese país. El pueblo boliviano siente que su causa es justa y repite la retórica gubernamental: Bolivia y Chile tendrán que sentarse —tarde o temprano— a negociar sobre la soberanía en cuestión. El hecho de que en diversas oportunidades los Gobiernos chilenos hayan exhibido una disposición favorable al diálogo demostraría que es cosa de tiempo para alcanzar una solución y que hay que mantener la presión para que Chile ceda al final.

Pero por otro lado, el tema marítimo es una cuestión de catarsis nacional, una forma de justificar todos los conflictos internos del pasado. El nacionalismo boliviano, junto con el concepto del ‘Estado Plurinacional’, esconden lo que nuestro vecino precisamente no es (un Estado-Nación), con todas las contradicciones e inseguridades que ello acarrea.

Del lado chileno, las señales que hemos dado a Bolivia en este tema han sido contradictorias. Por un lado, está la ‘política boliviana’ de Domingo San María, a partir de la cual se buscaron fórmulas para resolver las históricas aspiraciones bolivianas de salida al mar por Arica (¿partiendo, de paso, el eje Lima-La Paz?). Por otra parte, está el Tratado de Lima y su Protocolo Complementario (1929), que puso fin al problema de Tacna y Arica, y cuyo espíritu procura el entendimiento chileno-peruano (‘política peruana’).

No cabe duda de que esta segunda alternativa es la política que más conviene al interés nacional chileno, porque queremos seguir manteniendo nuestra frontera con el Perú, de manera de consolidar la integración física y económica tanto bilateral como regional.

 

Soberanía vs. Integración

En virtud de lo anterior, debemos ser muy claros en nuestro mensaje a los bolivianos. Nuestro vecino está anclado en una utopía del pasado, en las disputas de soberanía del siglo XIX, y no ha querido encarar los desafíos del siglo XXI. No consigue comprender que su atraso y subdesarrollo —o bien, sus demonios de antaño— no se solucionan con una mera reivindicación territorial. Una Bolivia moderna y avanzada, que desarrolle todo su potencial como ‘eje soldador’ del Cono Sur americano, sólo podrá ser posible en la medida que se integre física, económica y culturalmente con sus vecinos a través de un polo de desarrollo en la región. Chile y Perú han iniciado ya ese camino.

 

Juan Salazar Sparks, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO

 

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