Desde fines de febrero se nos muestran a diario imágenes de la invasión rusa a Ucrania. Vemos a mujeres y niños que han buscado refugio en países vecinos, otros protegidos en las profundidades del metro y muchos civiles intentando defenderse del invasor. Pero hay una historia más silenciosa y privada, y no por eso nos impacta menos. Esta se refiere a los numerosos niños que han nacido en Ucrania en un contexto de gestación subrogada y que han quedado allí olvidados, imposibilitados de ser recogidos por sus futuros padres.

En términos sencillos, existen portadoras gestacionales altruistas (por ejemplo, entre hermanas o madre-hija) o remuneradas. A su vez, pueden donar sus óvulos (por lo que, además de portadora gestacional, el embrión está genéticamente relacionado con ella) o puede recibir embriones no relacionados genéticamente. Esto ha permitido que mujeres sin útero o con condiciones médicas que hacen muy riesgosa la gestación, y que hombres solos o con pareja del mismo sexo, puedan hacer realidad su deseo de tener un hijo genéticamente relacionado.

Una serie de violaciones a los derechos humanos hicieron que algunos países cerraran las fronteras para acuerdos de subrogación con extranjeros, por lo que antes del estallido de la guerra, Ucrania concentraba el 25% de la subrogación a nivel mundial. Ucrania tiene un marco legal que reconoce a quienes solicitaron el servicio como los padres legales del niño y es de los pocos países que permite que extranjeros hagan estos acuerdos. Se estima que el costo del programa es de U$60.000, lo que incluye donación de óvulos, ciclos de fertilización asistida y posterior transferencia embrionaria, hasta alcanzar el nacimiento de un niño. Como suele suceder, muchas veces las agencias encargadas del servicio se quedan con un porcentaje muy alto de este pago.

En Ucrania ahora hay cerca de 500 mujeres con un embarazo por subrogación en curso y un número indeterminado que ya dieron a luz y se han visto imposibilitadas de entregar a los niños a sus padres, sin contar con los embriones en espera de ser transferidos. 

Para algunos, los acuerdos de subrogación, al igual como ocurre con otras esferas de la salud sexual y reproductiva de las personas, son en esencia aspectos de la vida privada. Los que tienen esta mirada sostienen que la gestación subrogada es un acuerdo entre adultos competentes, quienes libre y voluntariamente aceptan las condiciones inherentes a este tipo de tratos, por lo que la gestante recibe un pago justo que compensa las molestias. 

Desde mi punto de vista, en el contexto de portadora gestacional remunerada existe el riesgo cierto de explotación de mujeres vulnerables, para quienes no existe en realidad una elección libre. La evidencia muestra de manera sistemática que en estos acuerdos no existe tal “altruismo” ni “buenismo” de quienes aceptan llevar adelante un embarazo para entregar luego al recién nacido a aquellos que la contrataron. Muchas mujeres son dejadas sin reales opciones de elección cuando la alternativa que tienen es no poder alimentar a sus familias. Es por esto que todos los países, tal como lo hicieron en su momento India, Tailandia y Nepal, debieran prohibir la gestación subrogada pagada, especialmente para extranjeros, debido a consideraciones de derechos humanos y como una forma de proteger a los más vulnerables, las mujeres y sus hijos.

*Sofía Salas es académica del Centro de Bioética de la Facultad de Medicina de la Clínica Alemana, Universidad del Desarrollo.

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