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Publicado el 24 de junio, 2015

Sobre quienes nos proveen el pan de cada día

En los tiempos que corren, parecen haber caído en desgracia, porque son acusados de buscar ganancias o lucro.
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¿Se ha preguntado Ud. alguna vez respecto del origen de los bienes y servicios que normalmente consume o utiliza? ¿Quién los provee? ¿Cómo es posible que podamos optar a adquirir tal diversidad de productos y servicios, producidos por terceros desconocidos? ¿Cómo es que normalmente encontramos los tipos, cantidades, y calidades de productos que requerimos?

Pero no sólo encontramos normalmente lo que buscamos, también, y para una amplia gama de bienes, nos damos el lujo de cambiar de proveedor de un bien en particular, sin mayor misericordia ni consideración. Si una alternativa nos parece más conveniente, simplemente la ejercemos. Pese a nuestra crueldad, los proveedores hacen todo tipo de esfuerzos para captar nuestra atención y ganarse nuestra esquiva lealtad. Quienes no son escogidos ¡son eliminados! A quienes les gusta pensar en términos de votos, pareciera que nosotros los consumidores, estamos permanente y directamente votando (sin intermediarios), favoreciendo sólo a aquellos que satisfacen de mejor forma nuestros deseos. Pero ¿quiénes formarán tal casta de serviciales y abnegados, pero tan mal tratados, sujetos que nos proveen de casi todo aquello que requerimos en materia de bienes y servicios? ¿Qué los motivará?

En los tiempos que corren, parecen haber caído en desgracia, porque son acusados de buscar ganancias o lucro. Por lo mismo no es fácil conversar con ellos respecto de sus motivaciones. Hace poco sin embargo, tuve la oportunidad de escuchar un desgarrador relato de uno de ellos. Decía, aquel desafortunado, que había arriesgado el producto de su trabajo acumulado de años para instalar un negocio. Pensaba que había encontrado una forma novedosa de satisfacer una necesidad no bien resuelta de los consumidores. Había estudiado bien el proyecto. Tramitó los más diversos permisos, compró un terreno, lo equipó, contrató y entrenó personal. Luego de tramitar nuevos permisos para iniciar operaciones, pudo finalmente iniciar actividades con la esperanza que el servicio fuese efectivamente valorado por sus clientes, recuperar lo invertido y remunerar su idea, empuje y trabajo. Pero ahora la palabra ganancia era pecaminosa, porque es sinónimo de la palabra “lucro”. Se insinuaba una velada acusación: el empresario es poco solidario. ¡Horror! Me decía que ya no entendía nada. Según él, la famosa teoría del chorreo, aquella que dice que sólo lo que sobra del proceso de crecimiento beneficia a los más desposeídos, era en su opinión, una falacia. Que de hecho, el proceso era exactamente inverso a aquella interpretación o imagen. Afirmaba que en la realidad, el último en remunerarse era el empresario que emprendía. Porque, partía invirtiendo y arriesgando su patrimonio, contratando diversos insumos, convenciendo a los futuros trabajadores, a quienes, tiene que remunerar al menos con la mejor opción que tuviesen disponible. Sólo si quedaba algo, luego de compensar a todos demás, podría remunerarse el mismo. ¡En lo que a mi concierne, decía, yo soy el que estoy en el palo más bajo del gallinero!

Agregaba que es cierto que hay quienes engañan, o actúan de forma desprolija. Pero eso, sostenía, era una crítica a la naturaleza humana, y aplicable a todas las actividades. Lo que no se reconoce, sin embargo, es que en el giro empresarial, más a la corta que a la larga, el primero en sufrir las consecuencias de sus malas acciones o desaciertos es el mismo proveedor o empresario. Que si de falta de solidaridad se trataba, auténticamente escandaloso le parecía el abuso de las licencias médicas, el robo institucionalizado al Transantiago, el uso de datos fraudulentos para postular a los beneficios sociales (y que pagamos todos) etc., etc., etc. Con pesar indicaba que respecto de estos temas sin embargo, pareciera prevalecer un permisivo silencio. Y que a pesar de que hayamos perdido la capacidad de asombrarnos, bien sabemos que equivale a robar descaradamente a quienes pagamos los pasajes, a quienes cotizamos, y quienes pagamos impuestos. En contraste, sostenía tener muy claro que si todos los días y en todo momento, él no se preocupaba de innovar, no daba la cara y no se ganaba la preferencia y confianza de sus veleidosos clientes, a la postre, no comía. ¡Los nuevos y disímiles estándares de los tiempos que corren!, se lamentaba.

Finalmente, se volvió, nos miró fijamente a quienes estábamos presentes y dijo: ¡Desafío a cualquiera que me demuestre la existencia de una actividad de naturaleza voluntaria, que sea más solidaria, en sus resultados efectivos, que la empresarial! Pero también añadió: Por favor, y por mínima consistencia, no me consideren como auténticamente solidario ese retruécano de hacer la caridad con el esfuerzo y trabajo ajeno.

Silencio.

 

FOTO: AGENCIA UNO

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