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Publicado el 19 de mayo, 2015

Sobre los derechos y anti derechos sociales

¿Qué pasaría si quienes deben trabajar para hacer posible la asignación de los derechos deciden no hacerlo?
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Seguramente Ud. habrá escuchado hablar de los denominados “derechos” sociales o ciudadanos. Tales derechos permitirían a sus titulares o beneficiarios “exigir” al Estado que los provea de una determinada prestación, servicio o condición, y establecerían respecto de éste último «la obligación de otorgarla». Entre otros, típicamente se mencionan el “derecho” a la salud, a la educación, a la previsión, y por algunos, incluso a la felicidad. Normalmente el espíritu que subyace tras la creación y diseño de tales derechos es el de vincular su ejercicio, casi a la mera existencia de la persona, no dándole mayor importancia a la focalización del gasto público. Quizá el caso más emblemático que ilustra esta postura es la reciente iniciativa estrella de la autoridad; “Universidad gratis para todos”.

Sin entrar a discutir sobre el valor que para los ciudadanos pueda tener acceder a prestaciones como las señaladas, no dudo que Ud. compartirá conmigo cierta sospecha, o al menos curiosidad respecto del origen y fundamento, de tal tipo de “derechos”. ¿Cuán reales o espúreos serán? Después de todo, si fuese posible establecerlos tan fácil y graciosamente, ¿por qué limitarse sólo a los ya mencionados? Por qué no agregar entonces, el derecho a la primera y segunda vivienda, el primer y segundo automóvil y, suma y sigue.

En este contexto, probablemente más de un lector atento, inmediatamente advertirá que habrá un límite natural para tales derechos, atendida la circunstancia de que este tipo de bienes no se encuentra en forma natural y abundante en la naturaleza, y que en consecuencia, alguien debe necesariamente trabajar para proveerlos.

Pero aquí entonces emerge una curiosa paradoja. Una vez reconocido el hecho que en el mundo en el cuál vivimos los recursos son escasos, debemos también necesariamente asumir que algunos deban trabajar para que otros gocen de los mencionados derechos. Es decir ¿un supuesto derecho generaría un anti derecho?

Pero más directo y provocativo aún, ¿no será que la contrapartida del supuesto derecho social es una forma, encubierta, pero real de esclavitud para quienes deben forzosamente trabajar para hacerlo posible? Por supuesto, mientras más agresiva sea la política de los denominados derechos sociales, más se exacerba el efecto señalado.

Aún más, pero considerando ahora, no sin una cierta dosis de ironía, que la esclavitud está prohibida ¿qué pasaría si quienes deben trabajar para hacer posible la asignación de los derechos deciden no hacerlo? ¿Quién respondería por los derechos ya otorgados? Ni preguntarse sobre el caso de que quienes trabajaban se ponen a la cola para exigir también sus derechos.

Finalmente, y a propósito de todo lo anterior, para apreciar la gestación y desenlace de una situación similar a la aquí descrita, pero disfrutando de la lectura de una excelente y desafiante novela, y quizá atingente a estos tiempos, recomiendo con entusiasmo el libro “La Rebelión de Atlas” escrito por Ayn Rand.

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